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Alejandro Narváez / Miente, miente, algo queda 

  • Foto del escritor: Alejandro Narváez
    Alejandro Narváez
  • 31 may
  • 5 min de lectura

Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad

En toda elección democrática debe existir debate, confrontación de ideas y disputa legítima por el poder. Esa es la esencia de la política cuando se practica con responsabilidad. Sin embargo, hay una frontera que ninguna fuerza política seria debería cruzar: convertir el miedo en programa, la mentira en método y la desinformación en estrategia electoral.

 

En esta segunda vuelta, determinados sectores del fujimorismo y de la derecha peruana, han optado por reemplazar el debate por una vieja receta de propaganda: repetir hasta el cansancio que “Roberto Sánchez es comunista”, que “la extrema izquierda nos quitará todo”, que “ la izquierda es empobrecedora, expropiadora”,  que  “no respeta la propiedad privada”, que “el Perú será otra Venezuela”, que “Julio Velarde se irá del BCRP” o que “las reservas internacionales terminarán en Cuba, Venezuela y Bolivia”. Estas frases no son argumentos. Son consignas de pánico. No buscan informar al ciudadano, sino asustarlo.

 

La pregunta de fondo no es si los peruanos son “tontos” para creer estas falsedades. La pregunta correcta es otra: ¿hasta cuándo una parte de la clase política seguirá tratando a los peruanos como si no tuvieran memoria, inteligencia ni capacidad crítica?

 

La fábrica del miedo

El fujimorismo y la derecha conoce bien la eficacia emocional del miedo. Sabe que, en un país golpeado por la pobreza, la informalidad, la inseguridad ciudadana y la precariedad institucional, basta instalar una amenaza imaginaria para que muchos votantes dejen de razonar y empiecen a votar con angustia. Por eso, en lugar de explicar cómo resolverá el desempleo, la pobreza, la crisis educativa, el deterioro de la salud pública, la corrupción enquistada en el Estado o el abandono de las regiones, prefiere repetir un libreto gastado: “viene el comunismo”.

 

 

 

El problema no es criticar a Roberto Sánchez ni a la izquierda. En democracia, toda propuesta debe ser examinada con severidad. El problema es inventar monstruos para no debatir programas. Una cosa es advertir sobre el peligro de la democracia y el futuro de la economía; otra muy distinta es afirmar, sin pruebas, que al día siguiente de la elección (si gana la izquierda) se confiscarán propiedades, se estatizará todo o se vaciarán las reservas internacionales del país. Ese tipo de discurso no informa: intoxica. No educa al ciudadano: lo empuja al resentimiento. No defiende la democracia: la empobrece.

 

“Nos quitarán todo”: la mentira como chantaje emocional

Una de las frases más repetidas por la campaña del miedo es que “los comunistas nos quitarán todo”. La afirmación es grave, pero sobre todo absurda cuando no se presenta una sola evidencia concreta. ¿Qué significa “todo”? ¿Las casas? ¿Los ahorros? ¿Los negocios? ¿Los autos? ¿Las cuentas bancarias? ¿Las pensiones? La frase no busca precisión; busca terror.

 

El mecanismo es elemental: se toma una etiqueta —“comunista”—, se la convierte en amenaza absoluta y luego se asocia al adversario con una catástrofe inevitable. Es una forma de manipulación política que explota los temores más básicos de la población. Nadie quiere perder lo que tiene. Nadie quiere que el Estado abuse de su poder. Nadie quiere vivir bajo autoritarismo de la derecha ni de la izquierda. Pero precisamente por eso, la discusión pública debe basarse en hechos y no en fantasmas.

 

Si un candidato plantea estatizaciones, confiscaciones o controles generalizados de la economía o restricciones al derecho de propiedad, corresponde mostrar el documento, la propuesta, el artículo, el mecanismo legal y la viabilidad jurídica. Si esa prueba no existe, lo demás es propaganda basada en el miedo.

 

“Seremos Venezuela”: el insulto a la inteligencia del ciudadano

Otra mentira recurrente es la comparación automática con Venezuela. Cada vez que una fuerza de izquierda llega a una segunda vuelta en el Perú, aparece el mismo libreto: “seremos Venezuela”. Ya no importan el contexto, el programa de gobierno, la correlación parlamentaria, la autonomía de las instituciones ni la realidad económica peruana. Todo se reduce a una caricatura.

 

El Perú tiene problemas enormes, pero también posee restricciones institucionales, constitucionales y económicas que impiden que un presidente gobierne como monarca. El Banco Central de Reserva del Perú tiene autonomía constitucional; administra las reservas internacionales y conduce la política monetaria dentro de un marco legal. Por tanto, afirmar que las reservas pueden ser enviadas alegremente a Cuba, Venezuela o Bolivia no solo es falso: revela ignorancia deliberada sobre cómo funciona el Estado peruano.

 

Las reservas internacionales no son una caja chica del presidente de turno. Son activos administrados por el BCRP. Convertirlas en material de propaganda electoral es una irresponsabilidad política.

 

Julio Velarde y el fetichismo del salvador único

También se ha instalado otra idea muy peligrosa: que, si Julio Velarde deja el BCRP, el Perú se hunde en la miseria automáticamente. Nadie discute el rol de Velarde. Su permanencia desde 2006 ha sido valorada por la continuidad técnica y la credibilidad del banco central. Pero convertir a una persona en la única garantía de estabilidad de un país es institucionalmente irresponsable y un insulto a los economistas peruanos.

 

 

Un banco central serio no puede depender de un solo nombre. Debe depender de reglas, cuadros técnicos, autonomía, transparencia y rendición de cuentas. Si toda la estabilidad monetaria peruana dependiera exclusivamente de Velarde, entonces el problema no sería la izquierda, sino la fragilidad de nuestras instituciones. Defender el BCRP no significa usar a Velarde como amuleto electoral, sino preservar su autonomía frente a cualquier gobierno, sea de izquierda, derecha o centro.

 

La mentira divide y degrada la democracia

La campaña del miedo tiene un efecto más profundo que ganar votos: destruye la confianza entre peruanos. Presenta al adversario no como competidor político, sino como enemigo de la patria. Divide al país entre “salvadores” y “comunistas”, entre “gente decente” y “amenaza roja”, entre “propietarios” y “expropiadores”. Ese lenguaje no es inocente. Siembra odio visceral entre peruanos.

 

Además, resulta profundamente ofensivo para la inteligencia de millones de peruanos. Los peruanos no necesitan que les griten consignas; necesitan que les expliquen propuestas. No necesitan videos alarmistas; necesitan cifras, programas, equipos técnicos, diagnósticos serios y soluciones factibles. No necesitan que les digan “te quitarán todo”; necesitan saber quién garantizará más empleo, seguridad, salud, educación, inversión, etc.

 

El verdadero desprecio al pueblo no está en que algunos ciudadanos puedan creer una mentira. El verdadero desprecio está en quienes fabrican esas mentiras creyendo que los peruanos son tontos e incapaces de pensar.

 

Conclusión

El Perú no necesita una campaña basada en el terror, insultos y caricaturas ideológicas. Necesita una elección seria. Roberto Sánchez debe ser evaluado críticamente, sin indulgencia, por sus propuestas, sus antecedentes, su equipo y su capacidad real de gobierno. Pero eso no autoriza al fujimorismo ni a sus voceros a intoxicar estas elecciones con mentiras fabricadas para asustar a la población.

 

Decir que “nos quitarán todo”, que “seremos Venezuela” o que “las reservas se irán a Cuba” no es análisis político: es manipulación emocional burda. Es tratar al ciudadano como un subnormal. Es sustituir la democracia por propaganda.

 

Los peruanos de bien no deben dejarse arrastrar por el miedo. Deben exigir pruebas, programas y argumentos. Porque una democracia madura no se construye repitiendo mentiras hasta que parezcan verdad, sino desmontándolas antes de que envenenen definitivamente la convivencia nacional.

 

 


 

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