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Alejandro Narváez / Ranking corrupción 2022 (2 de 2)


Ranking mundial de corrupción 2022 - Perú retrocede


Por citar dos casos de corrupción más conocidos en el Perú: “Lava Jato” y “Club de la Construcción”. Estos casos exhiben un esquema con patrones de corrupción de alcance nacional e internacional, involucrando actores con poder político y económico, como expresidentes de la República, exministros de gobierno, exgobernadores regionales, alcaldes, políticos de diversos partidos y tendencias, así como empresas privadas, conglomerados nacionales y extranjeros, y proyectos de gran envergadura económica e impacto social.


El caso más emblemático es el “Club de la Construcción”. Este caso hace referencia a un cartel de empresas constructoras que repartían en un orden, previamente acordado, las obras adjudicadas por el Ministerio de Transportes y Comunicaciones a través de Provías Nacional, a cambio de millonarios sobornos a un grupo de personas externas y funcionarios del Ministerio. Al 31 de diciembre de 2020, sólo en este caso, estaban incorporados al proceso penal 46 empresas (véase el Informe de Gestión y Resultados 2017-2020. Procuraduría Pública ad hoc para el caso Odebrecht y otras). Estos dos ejemplos, pintan de cuerpo entero la dimensión y la gravedad de la corrupción en el Perú. Atajarlo, no será fácil.


Ese lado oscuro y opaco de la economía, ha pervertido la política, la justicia, la realidad económica, las prácticas sociales, las acciones del gobierno, el mundo del trabajo, los fines y los modos de vida cotidiana de la gente, y a su vez ha engendrado una clase rica hecha en la penumbra y al margen de la ley, empeñada en controlar la política y los principales espacios de poder, poniendo en peligro la supervivencia de nuestra débil democracia.


Un país sólo puede prosperar sobre la base de la confianza mayoritaria de sus ciudadanos y de sus socios económicos y comerciales del exterior. La confianza es una condición esencial para que las instituciones funcionen adecuadamente. Es la única garantía que tenemos para que nuestro modo de vida no se escurra por las cloacas de la economía. La desconfianza no es rentable para el país. La “falta de moral”, en términos deportivos, no ya éticos, tiende a paralizar la economía, debilita su crecimiento, desmotiva la entrada de capitales foráneos al país y la participación de emprendedores locales. El propio Adam Smith, padre supremo del liberalismo, en el capítulo III de La riqueza de las naciones (1776), aconsejaba: “el comercio y las manufacturas solo pueden florecer en un Estado en que exista cierto grado de confianza en la justicia y el gobierno.”


Cada modelo o ideología económica conlleva ciertos valores éticos y, en ese sentido, propicia o dificulta determinadas conductas humanas. El modelo económico neoliberal, que magnifica la “mano invisible del mercado” y considera al Estado como un obstáculo a la libertad, se presta más para que las sociedades devalúen sus normas éticas. El culto al dinero, la codicia, el egoísmo la insolidaridad, etc., son algunos rasgos observables de un desarme moral de la sociedad actual. El viejo Keynes, hace más de ochenta años decía al respecto: “la avaricia es un vicio, la aplicación de la usura, una fechoría y el amor al dinero, detestable”.


Finalmente, no ha sido mi intención en este artículo hacer una proclama moralizante, porque ni están los tiempos para aguantar encima sermones, ni yo soy quién para darlos. Pero, después de estar vinculado más de 20 años a instituciones públicas y privadas y de haber asumido direcciones de relevancia, puedo decir con absoluta certeza, que si bien “la falta de moral”, las prácticas perversas y toxicas de ciertas personas, están ganando terreno peligrosamente, también es verdad que he visto y conocido funcionarios públicos, empresarios privados, ciudadanos de a pie, que se resisten a ser atrapados por la corrupción, la codicia, el afán de lucro, el dinero fácil y defienden con firmeza y orgullo sus principios y sus valores, aun a costa de quedarse sin empleo o perder su empresa.


Referencia:

El autor es Doctor en Ciencias Económicas por la UAM de Madrid y Profesor Principal de Economía Financiera en la UNMSM.


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