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Alejandro Narvaez / Será necesaria una economía de guerra (4 de 4)


Una vez ganada la guerra y se recupere cierta normalidad, la reconstrucción económica se debe basar en un fuerte impulso que ayude a reactivar lo antes posible el nivel del PBI que hubiéramos generado si no hubiera aparecido “el cisne negro”. Y eso requiere un plan bien diseñado de estímulo fiscal, plurianual, que promueva la inversión y el empleo tras la crisis. Cada país tiene necesidades y urgencias distintas, empero, hay políticas económicas de validez universal, como la inversión pública en educación, salud, transportes e investigación. En el Perú la inversión en los sectores señalados, es históricamente muy débil (educación de mala calidad, salud pública muy precaria, investigación casi nula. etc.). El coronavirus debe ser un buen pretexto para dotar de mayores recursos a esos sectores claves para el desarrollo del país. Nuevamente, estas decisiones requieren romper en el viejo tabú del mal entendido equilibrio financiero del presupuesto público. Estas inversiones proporcionan el mayor retorno por dólar invertido, aumentan el crecimiento potencial al elevar el nivel educativo de la fuerza laboral, reducen la desigualdad, etc. Con tasas de interés cero, no hay razón para no hacerlo. Hoy o nunca, es el gran dilema. Las guerras cuestan dinero y mucho, lo sabemos. Es el costo de la victoria, a cambio tendremos un país con mejores defensas ante futuros eventos no deseados. Más de lo mismo, no servirá. Con tasas de interés cero los burócratas del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) tienen que cambiar de reflejos. A la recesión económica ya no se le puede responder con más austeridad y ajustes inhumanos como en los viejos tiempos de dictado del FMI. Y el Fondo lo sabe. El gobierno debe invertir recursos en mejorar la eficiencia, la eficacia y la flexibilidad de la política fiscal para apoyar de manera preventiva y agresiva el crecimiento inclusivo que hace falta en país. Y la política de salud No sabemos con certeza cuándo podremos doblegar al coronavirus. Nadie lo sabe, por supuesto ni la OMS. Mientras tanto, el comando de la política de salud nacional debe ser liderado por el Ministerio de Salud con apoyo de otros sectores y los gobiernos regionales y locales, dotándola de todos los recursos económicos, materiales y humanos necesarios para combatir el virus y minimizar las víctimas. La clave es detener la expansión de contagios para evitar el colapso de nuestro sistema de salud pública empobrecido. Ello requiere distanciamiento social y que todos nos comportemos como si ya hubiéramos contraído el virus y no se lo quisiéramos pasar a nadie. Cumplamos las recomendaciones sanitarias a rajatabla y confiemos en nuestros profesionales de salud. Los terremotos generan destrucción y también nueva información sobre las capas más profundas de la tierra. Las pandemias también revelan quiénes somos como personas y como sociedad. ¿De qué madera estamos hechos? ¿Hay entre nosotros solidarios o egoístas? ¿Nos conviene tener un país abierto al mundo o fronteras más cerradas? ¿Qué debe guiar más nuestra conducta, las emociones o los datos de los profesionales? En fin, estas son algunas preguntas que debemos responder cuando pasa la tormenta. Lecciones aprendidas, que esperemos perduren Solemos decir, como consuelo, “no hay mal que por bien no venga”. El coronavirus ha puesto en evidencia que todos somos vecinos, aun siendo personas que viven en otros países o continentes. Por otro lado, el virus chino, creo que es capaz de influir sobre el modelo de gestión neoliberal de la economía mundial vigente desde hace 40 años. ¿Quién tiene la osadía de defender, que el sistema privado de salud podría afrontar con mínima solvencia una crisis como la actual? En su sano juicio, creo que nadie. Por tanto, someter la salud, la educación, la vivienda, el agua, la seguridad, los bienes de primera necesidad, a las leyes del mercado puro y duro, produciría una catástrofe humana monumental. El Presidente francés Emanuel Macron, acaba de “redescubrir” las bondades del bien público. Dijo el 12 de marzo último, que “subcontratar nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad y nuestro modo de vida” al sistema privado, “sería una locura”. Quiero decir, que esta crisis nos demuestra la necesidad urgente de mejorar, preservar y proteger, todo lo que tiene que ver con el bien común contra la mercantilización. Finalmente, en estas dolorosas circunstancias, la inacción no es prudente, sino peligrosa. Seamos valientes e invirtamos en un futuro más brillante que los peruanos demandan.

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