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Alejandro Narvaez / Xi Jinping en Washington 

Foto del escritor: Alejandro Narváez
Alejandro Narváez
hace 3 horas
5 min de lectura

Xi Jinping en Washington: progreso compartido en un mundo que ya cambió

El reciente discurso del presidente chino Xi Jinping en la Casa Blanca no debería leerse simplemente como una pieza protocolar de una visita de Estado. Se produce en un momento de profundas transformaciones: guerras, tensiones comerciales, revolución tecnológica, crisis del multilateralismo y una creciente disputa por el poder económico y político mundial.

 

Xi llegó a Washington con un mensaje deliberadamente distinto al lenguaje de confrontación que ha dominado buena parte de las relaciones entre China y Estados Unidos. Cooperación, progreso compartido, responsabilidad histórica de las grandes potencias y gobernanza compartida, han sido los ejes del discurso. Su planteamiento central puede resumirse en una idea sencilla, pero de gran calado para la humanidad: el progreso de un país no debe construirse sobre el retroceso ni la exclusión de otros países.

 

Es imposible no estar de acuerdo con el mensaje. Veamos por qué.

 

Progreso compartido frente al juego de suma cero

Durante años se ha instalado una interpretación peligrosa de las relaciones entre China y Estados Unidos: si China avanza, Estados Unidos necesariamente pierde; si una potencia gana espacio tecnológico, la otra debe impedirlo; si aparecen nuevos centros económicos, financieros o monetarios, los existentes tendrían que desaparecer. Es la lógica del juego de suma cero: para que uno gane, otro tiene que perder.

 

La visión del mundo presentada por el secretario general del Partido Comunista Chino y presidente del Gigante Asiático Xi Jinping es muy diferente a la que estamos habituados ver y escuchar: competencia, sí; confrontación inevitable, no. China y Estados Unidos - dos potencias mundiales - pueden defender sus intereses nacionales sin convertir necesariamente al otro en un enemigo permanente.

 

Esto no elimina las diferencias existentes en comercio, tecnología, seguridad, o política internacional. Pero cuestiona la idea de que el enfrentamiento sea el destino inevitable de dos grandes potencias.

 

Los datos muestran que el mundo económico ya cambió

 El discurso no puede entenderse correctamente sin observar cómo ha cambiado la economía mundial. Según el World Economic Outlook del FMI de abril de 2026, el PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo [2] —PPA— asciende aproximadamente a 222,8 billones de dólares. Las economías emergentes y en desarrollo representan ya cerca del 61% del PBI mundial en PPA, mientras las economías avanzadas explican alrededor del 39%.

 

China constituye aproximadamente una quinta parte de la economía mundial. Los datos del Banco Mundial para 2024 sitúan su PBI en PPA en unos 38,2 billones de dólares, frente a 29,2 billones de Estados Unidos. India alcanza 16,2 billones y Rusia 6,9 billones. Es decir, cuatro de las mayores economías mundiales medidas por PPA —China, India, Rusia y Estados Unidos— ilustran hasta qué punto se ha desplazado el centro de gravedad de la economía global.

 

El FMI estima que Estados Unidos representa actualmente cerca del 14,5% del PBI mundial en PPA. China, por su parte, se sitúa alrededor del 20%, según Rastreador de Datos del FMI (IMF DataMapper, 2026). La transformación es aún más evidente cuando se comparan bloques.

 

La contribución de los países desarrollado del G7, integrado por Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá, continúa concentrando una buena capacidad financiera, tecnológica e institucional. Sin embargo, su participación conjunta en el PBI mundial medido por PPA se sitúa actualmente en torno al 29%.

 

En cambio, los BRICS+ —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y los nuevos miembros incorporados al bloque— representan actualmente cerca del 40% del PBI mundial superando el 29% que concentra el G7.  No significa que los BRICS hayan sustituido al G7 en poder financiero, tecnológico o monetario. Significa algo distinto y probablemente más importante: la producción mundial se encuentra hoy mucho más distribuida que hace treinta o cuarenta años. La multipolaridad, por tanto, no es solamente un discurso político de Pekín. Tiene fundamentos económicos objetivos indiscutible.

 

Del mundo unipolar a una gobernanza compartida

Las instituciones internacionales creadas después de la Segunda Guerra Mundial de 1945, reflejaron la estructura económica de su época. La ONU, el FMI y el Banco Mundial, OMC, la OMS nacieron cuando Estados Unidos y Europa representaban una proporción mucho mayor de la economía global y hoy atraviesan una grave crisis de legitimidad y eficacia.

 

Esa realidad ha cambiado. China es actualmente la mayor economía del mundo medida por PPA. India es la tercera. Indonesia se encuentra ya entre las diez mayores. Brasil y Rusia mantienen posiciones relevantes y avanzan. Asia representa una proporción cada vez mayor de la producción, el comercio y la inversión mundial.

 

Por ello, resulta difícil sostener indefinidamente una arquitectura internacional diseñada para una distribución del poder económico que ya no existe. Ya fue.   En cualquier caso, la cuestión no debería plantearse en términos de: BRICS contra G7, ni como Oriente contra Occidente. El verdadero desafío consiste en construir instituciones que reflejen mejor la diversidad económica mundial y el peso específico que cada país tiene en el nuevo escenario geopolítico y económico mundial.

 

Tecnología al servicio de todos

La revolución tecnológica abre otro frente decisivo. Inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones, robótica, computación avanzada, monedas digitales y procesamiento de datos están modificando la economía mundial. Pero aparece una pregunta esencial: ¿para quién será esa tecnología?

 

Puede aumentar extraordinariamente la productividad y mejorar la salud, la educación y el bienestar. Pero también puede convertirse en un instrumento de concentración de poder económico y exclusión internacional.

 

Un progreso tecnológico reservado a unas pocas potencias, o a unas elites económicas y corporaciones difícilmente podrá calificarse como progreso universal. Por ello, el mensaje del presidente chino progreso compartido adquiere aquí especial relevancia: la innovación debería ampliar oportunidades y no crear nuevas formas de dependencia y exclusión.

 

Multipolaridad sin exclusiones

Un mundo multipolar no debería significar un planeta dividido en bloques hostiles. Éste es el otro eje del discurso del presidente Xi. La multipolaridad puede desembocar en cooperación, reforma institucional y coexistencia. Pero también puede generar sanciones permanentes, guerras comerciales, fragmentación tecnológica y sistemas financieros paralelos, como ya viene ocurriendo.

 

Nada garantiza que un mundo multipolar sea automáticamente mejor. La diferencia dependerá de cómo se construya. Por tanto, el reto del siglo XXI será permitir que nuevos países aumenten su peso económico sin que ello sea interpretado inevitablemente como una amenaza para quienes dominaron cerca de 80 años el sistema. Compartir poder será siempre más difícil que ejercerlo en solitario. Pero probablemente sea también más realista en el mundo que está emergiendo.

 

La responsabilidad de las grandes potencias

China y Estados Unidos concentran conjuntamente alrededor de un tercio del PBI mundial en PPA y poseen una influencia extraordinaria en comercio, finanzas, tecnología y seguridad internacional. Lo que hagan ambas potencias tendrá consecuencias para el resto del mundo. Muy importante tener en cuenta.

 

Por ello, su responsabilidad no puede medirse únicamente por sus discursos. Deberán demostrar si son capaces de competir sin destruir las reglas internacionales; innovar sin excluir; defender sus intereses sin paralizar el comercio; y resolver sus diferencias sin obligar al resto del mundo, a ese sur global a escoger permanentemente entre uno u otro bloque. Una mayor fragmentación geopolítica y nuevas tensiones comerciales constituyen riesgos relevantes para el crecimiento mundial.

 

Conclusiones

El reciente mensaje de Xi Jinping en Washington no significa que haya desaparecido la rivalidad entre China y Estados Unidos. Sería ingenuo interpretarlo así. Pero existe una realidad económica indiscutible: el mundo ya no tiene un único centro de gravedad.

 

China representa el 20% de la economía mundial en PPA; Estados Unidos el 14,5%; los BRICS ampliados se aproximan a 40% del PBI mundial y el G7 se sitúa alrededor del 28%-29%. Al mismo tiempo, las economías emergentes y en desarrollo generan ya más del 60% del producto mundial medido por PPA.

 

Estos datos no anuncian necesariamente el remplazo de una hegemonía por otra. Plantean una cuestión mucho más profunda: cómo gestionar una redistribución del poder económico mundial sin transformar esa transición en confrontación.

 

Allí resida el mensaje más importante del presiente Xi: el progreso verdaderamente sostenible no puede fundamentarse en la exclusión. En un mundo cada vez más interdependiente, prosperar a costa de los demás puede terminar siendo mucho más costoso que prosperar con los demás.


 

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