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Alejandro Narváez / Guerra en Medio Oriente 

  • Foto del escritor: Alejandro Narváez
    Alejandro Narváez
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Guerra en Medio Oriente: Economía, sociedad y humanidad bajo el mismo fuego

La guerra vuelve a exhibir la vieja obscenidad del poder: los Estados hablan de seguridad, disuasión y superioridad estratégica, mientras los mercados se estremecen, las ciudades se vacían y los cuerpos de los más débiles pagan la factura. En marzo de 2026, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán dejó de dejado de ser una hipótesis de laboratorio geopolítico y ha entrado en una fase abierta de ataques, represalias y expansión regional, sin una ruta clara de salida. Reuters reporta que la guerra ha entrado en su segunda semana, con ataques estadounidenses e israelíes sobre territorio iraní y respuestas iraníes que afectaron no solo a Israel, sino también a otros países del Golfo.

 

Los efectos de la guerra

Desde la economía política, la primera verdad es brutal: la guerra no destruye por igual. Puede enriquecer a contratistas militares, especuladores energéticos y operadores financieros de corto plazo, pero deteriora el bienestar de hogares, trabajadores precarios, desplazados y niños. La Agencia Internacional de Energía (AIE, 2026) advirtió que, tras el inicio de la guerra en Medio Oriente, el Brent subió a US$100 por barril el 12 de marzo de 2026, alrededor de 65% por encima del inicio del año, impulsado por la caída de envíos a través del estrecho de Ormuz y por interrupciones de producción en la región.

 

No se trata de un detalle técnico. Ormuz no es una línea en el mapa, sino una arteria del sistema energético mundial. La propia AIE (2026) señala que en 2024 y el primer trimestre de 2025 por ese estrecho transitó más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de petróleo y derivados, además, cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado pasó también por esa ruta. Cuando se militariza Ormuz, no tiembla solo el Golfo Pérsico: tiembla Asia, tiembla Europa y América Latina, principalmente, Chile, Perú, importadores netos.

 

El impacto económico, por tanto, va mucho más allá del precio del petróleo. Un petróleo más caro encarece transporte, fertilizantes, electricidad, manufactura y logística, alimentos, etc. Es decir, golpea la inflación por múltiples canales. El problema es especialmente grave para países importadores netos de energía, porque el alza del barril se convierte en presión cambiaria, deterioro de balanza comercial y menor espacio fiscal. El Banco Mundial (2026) ya advertía, antes de esta guerra, que, aunque la región Medio Oriente y Norte de África mostraba una mejora de crecimiento, los riesgos bajistas seguían siendo altos ante una eventual reescalada de conflictos armados, mayores restricciones comerciales y endurecimiento de las condiciones financieras globales.

 

La guerra como impuesto regresivo

Aquí aparece la hipocresía de siempre. Los arquitectos del conflicto suelen hablar en nombre del orden internacional, pero la guerra real funciona como un impuesto regresivo mundial. El millonario con cobertura financiera no hace cola para comprar alimentos ni deja de medicarse por el alza del transporte. El pobre sí. La clase media endeudada también. En los países del Sur global, donde una mayor proporción del ingreso se destina a comida, energía y movilidad, cada shock bélico se siente en la mesa, en el empleo informal y en la angustia cotidiana. La guerra, por tanto, no solo mata: también abarata la vida de los pobres a ojos del sistema cruel.

 

En el plano social, el conflicto actúa como fábrica de desarraigo. ACNUR (2026) informa que más de 330.000 personas han sido desplazadas por las hostilidades recientes en Medio Oriente, mientras un reporte de situación del 12 de marzo mostraba decenas de miles de movimientos forzados adicionales vinculados a la crisis, incluyendo desplazamientos internos en Irán y personas alojadas en refugios colectivos en Líbano.

 

La estadística parece fría, pero detrás de ella hay un hecho elemental: cuando estalla la guerra, la primera institución que colapsa es la vida normal. El hogar deja de ser refugio, la escuela deja de educar, el hospital deja de curar y la calle deja de ser espacio civil para convertirse en zona de riesgo.

 

Los niños cargan la parte más infame de la tragedia. UNICEF (2026) informó que en Gaza más de 64.000 niños habían muerto o resultados heridos, y que más de 56.000 habían perdido a uno o ambos padres. Además, en la reciente escalada regional, la ONU reportó que más de 190 niños habían muerto, la gran mayoría en Irán, junto con menores víctimas también en Líbano e Israel. Una cifra así debería bastar para clausurar cualquier retórica triunfalista, pero no. En la gramática del poder, el niño muerto suele convertirse en “daño colateral”, como si la semántica pudiera absolver a la barbarie.

 

El sistema sanitario ofrece otra radiografía moral del desastre. La OMS (2026) sostiene que el sistema de salud en Gaza ha colapsado y proyecta que 132.000 niños menores de cinco años podrían sufrir malnutrición aguda hasta mediados de este año. Cuando la guerra destruye hospitales, bloquea suministros y corta rutas humanitarias, el mensaje político es transparente: ciertas vidas pueden esperar, ciertas vidas pueden sufrir, ciertas vidas pueden extinguirse sin alterar la arquitectura del poder global. Esa es la verdadera jerarquía de la civilización contemporánea.

 

Y todavía hay analistas que preguntan si la guerra “sirve” para reequilibrar la región. Sirve, sí, pero para lo peor: para endurecer nacionalismos, justificar autoritarismos, fascismos, ampliar presupuestos militares, profundizar odios y convertir la inseguridad en modelo de acumulación. Incluso aliados árabes de Washington han mostrado frustración porque la guerra ha dejado expuestos a países del Golfo, con ataques, vulnerabilidad de infraestructuras y riesgo directo sobre el flujo mundial de energía. La guerra se vende como solución táctica, pero en la práctica es una máquina de producir nuevos frentes, nuevos enemigos y nuevas ruinas.

 

Conclusiones

La guerra entre EE. UU., Israel e Irán confirma una lección que la historia enseña y las élites fingen ignorar: ningún misil distingue entre geopolítica y humanidad. El alza del petróleo, la inflación importada, el desplazamiento forzado, la orfandad infantil y el colapso sanitario prueban que los costos reales recaen, una vez más, sobre quienes no diseñaron la guerra ni se benefician de ella.

 

La supuesta racionalidad estratégica de los que se autoproclaman gendarmes del mundo esconde una profunda irracionalidad moral. Cuando la seguridad de unos se construye sobre el miedo, el hambre y la desposesión de otros, ya no estamos ante defensa: estamos ante la administración tecnocrática de la crueldad.

 

La humanidad no necesita más guerras “inteligentes”. Necesita, con urgencia, menos cinismo en los centros de poder y más valor político para detener la maquinaria que convierte a los débiles en combustible de la historia.


 

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