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Alexandra Ames / La agenda invisible sigue a la espera

Es un lugar común sostener que la pandemia vino a desnudar una realidad que no queríamos ver. También se reflexionó mucho durante la pandemia que estábamos llenos de problemas estructurales que agravaron y que hicieron más agudos los efectos del confinamiento. Sin embargo, a pesar de ello, el mensaje no ha logrado posicionarse claramente en la agenda pública a tal punto que no se han logrado implementar políticas públicas que atiendan esa realidad que quedó desnuda frente a la crisis.


Los indicadores macroeconómicos vienen recuperándose después del confinamiento, pero aún seguimos desnudos en términos de protección social. Esto significa que no hemos aprendido nada de esta crisis y que en una futura volveremos a sufrir las terribles consecuencias de la inacción en tiempos de recuperación.


En primer lugar, es importante comprender que la capacidad de respuesta y las vulnerabilidades con las que se topó la crisis son dos caras de una misma moneda. Eso quiere decir que una buena gestión de una crisis puede estar en el equilibrio entre el nivel de vulnerabilidad que un líder encuentra previamente y la capacidad de respuesta que un equipo puede dar frente a esos problemas estructurales que agravan la crisis. En otras palabras, culpar a los problemas estructurales por los efectos negativos posteriores a una crisis es no tener capacidad de gestión.


Pero, por otro lado, esto también quiere decir que existe una gran responsabilidad de los líderes y los hacedores de políticas que tienen capacidad de decisión cuando la crisis ya pasó. Hoy seguimos viviendo las secuelas del Covid-19 y del confinamiento y estamos esperando que estas pasen por sí solas, olvidando que existe un Estado que es el responsable de construir resiliencia después de haber vivido un gran golpe por culpa de nuestras vulnerabilidades.


¿Cuáles son las lecciones que nos deja el Covid-19? ¿Qué estamos haciendo para que no nos vuelva a pasar? Diversos autores expertos en manejo de crisis sostienen que un buen manejo de esta no solo está relacionada con un bajo número de víctimas, sino con cuántas decisiones se pueden tomar para hacer los cambios pertinentes que permitan agenciar mejor un futuro desastre. En el 2019 ya estábamos advertidos de que algo así podría pasar. No precisamente con un virus pandémico, pero sí con algún desastre que golpee muy duro a los hogares peruanos. No hemos aprendido nada desde entonces.


Este fin de semana, Ica ha tenido constantes movimientos sísmicos. ¿Qué cambios importantes están haciendo los tres niveles de Gobierno del país para construir resiliencia y mejor capacidad de respuesta?


Urgen apuntar a tener un sistema de protección social que, como su nombre lo indica, proteja a las familias ante cualquier eventualidad. No podemos seguir legislando para un tercio de los trabajadores solo porque estos son formales. El reto y la obligación moral y política están en atender a esos dos tercios a los cuales el Estado aún no sabe llegar.


Hoy la atención está concentrada en una agenda monotemática que es la crisis política, ignorando ingenuamente que solo una adecuada capacidad de atención a los ciudadanos a través de sus diversas políticas públicas es lo que necesitamos para recuperar la confianza y renovar el pacto social. Desde esta columna he repetido en reiteradas ocasiones que la salida a una crisis política como la que tenemos merece una salida distinta. Si centráramos la atención en lo que es realmente importante y necesario para asegurar la calidad de vida de la gente, podríamos canalizar este esfuerzo en que se tomen mejores decisiones dentro del Estado para cerrar aquellas brechas que se agudizaron en la pandemia. Pero mientras sigamos teniendo una gran desigualdad, altos niveles de corrupción, la desajenación ciudadana seguirá eligiendo a los peores para reforzar este bucle maligno en el que nos encontramos.


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