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César Ferradas / La Universidad y la Empresa


La Asamblea Nacional de Rectores (ANR) del Perú, (ahora SUNEDU) en su afán de “contribuir al desarrollo eficaz del país” creó una Dirección General Universidad Empresa. “Este nuevo organismo permitirá potenciar la labor de investigación científica y tecnológica y de formación profesional en concordancias con las necesidades socioeconómicas y productivas del Perú”. Buenas intenciones, que usaremos como referencia histórica, en el presente análisis.


Fue una saludable iniciativa para apoyar antiguas aspiraciones de acercamiento entre la academia y la empresa, tratando de cerrar una brecha que cada vez se hace más extensa y evidente. Los unos se acusan de teóricos y los otros de empíricos desde las orillas opuestas de sus desencuentros. Si realmente se desea lograr esta unión, aunque sea como “sirvinacuy” será necesario desmitificar muchas ideas-fuerza distorsionadas aún prevalecientes. Van algunas reflexiones sobre nuestra realidad nacional.


Que la universidad tiene como misión la creación de conocimientos es –en el Perú - una quimera que debería revisarse. Preguntarnos, ¿qué tipo de conocimiento estamos hablando, en que niveles o estadíos universitarios debe desarrollarse y con qué tipo de contenidos.?


Que las calificaciones y, sobre todo experiencias, requeridas de los profesores deban ser prioritariamente merecimientos teóricos “academic qualified” (AQ), nivel que tanto exigen -con gran nivel de desconocimiento de los factores locales- las acreditadoras foráneas, postergando a los profesionales “professional qualified” (PQ) con experiencia real tanto académica como laboral y descartando con un despectivo calificativo de “others” a quienes no poseen los grados, títulos, publicaciones y etcéteras de la parafernalia educativa de moda.


Que las tesis universitarias de pregrado, con pseudo contenido científico, sean un requisito obligatorio para graduarse, es un despropósito; ya que en muchos casos -para mejorar en los “rankings”- se convierten en “Tesinas” y hasta en Programas de Titulación con cursos regulares de corta duración y poca exigencia.


Esbocemos, entonces, algunos lineamientos de reorientación y cambio de los paradigmas actualmente en boga. Primero analicemos la evolución de la Universidad en el tiempo. Cuando recién emergieron, el título universitario era un reconocimiento del conocimiento en el más alto nivel educativo. Un graduado universitario era visto, y no sólo lo parecía sino realmente lo era, como una persona -docta, altamente educada, con formación humanista y valores éticos- respetable y respetada por la comunidad.


Con la proliferación masiva de los centros de estudio de nivel universitario, convertidos ahora en un “buen negocio”, por el Decreto Ley 882, se fue perdiendo la perspectiva del conocimiento para ser sustituida por el reconocimiento (un cartón) que, cual “patente de Corso”, similar eufemismo que el usado por Inglaterra para legalizar la piratería convirtiéndoles en corsarios, permitiera –indebidamente- al universitario acceder a mejores niveles de inserción laboral y social.


Fue necesario entonces, la aparición de nuevos niveles de capacitación y certificación, postgrados y doctorados que pudieran compensar la falta de calidad y exigencias que se había perdido. Los estudios doctorales, enjundiosos y orientados a la investigación científica son la verdadera opción para la creación de conocimientos. Ya sea como investigación “pura” o aplicada, desarrollada por catedráticos con calificaciones académicas doctorales (PhD, DBA).


Los postgrados, a nivel maestrías, son el complemento pragmático, practico y asertivo, de los conocimientos desarrollados a nivel doctoral, y deben estar orientados a la aplicación “aterrizada” (no necesariamente creación) de las teorías en proyectos de “Empresariazgo”, que conlleven a la creación de riqueza social. En otras palabras, los contenidos y exigencias curriculares de nivel investigación científica, deben migrar de los estadíos básicos universitarios hacia los niveles doctorales, manteniendo únicamente a nivel pre y postgrado universitario un curso propedéutico, como cultura académica, de Metodología de la Investigación.


Asimismo, la orientación de las Tesis, en estos niveles básicos debería dirigirse a Trabajos Monográficos de Integración (Capstone) de los conocimientos adquiridos en pregrado; y en la maestría a Proyectos de Investigación Aplicada (PIA), Planes de Negocios o Estudios de Factibilidad, que desemboquen, en su mayoría, en la formación de nuevos emprendimientos y potenciación de los actuales.


Es necesario también una actitud, pro tempore, activa del Empresariado, pero no esperemos que “motu propio” y sin percibir reales cambios de la otra orilla; sean ellos quienes se acerquen a la academia, sobre todo percibiendo que cada vez más los resultados históricos de esta convivencia no han sido en su gran mayoría exitosos y que la divergencia de sus intereses se sigue incrementando. Originando, en múltiples casos, la aparición de las universidades corporativas como un paliativo a las deficiencias que comentamos.


Recordemos, finalmente, que los alumnos no son los clientes de la educación, que los beneficiarios son las empresas y la sociedad a la cual debemos dirigir nuestros esfuerzos si queremos obtener realmente una fusión sinérgica y “energizante” de la universidad y la empresa.


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