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César Ferradas / Plata Coloidal (1 de 2)


Después del ordeño, la abuela escanciaba la leche fresca y sin hervir en unas cantinas de fierro. Luego tomaba una moneda de plata de nueve décimos, plata pura de las monedas de aquel entonces, y después de limpiarla prolijamente la introducía en las cantinas, operación que terminaba tapándolas cuidadosamente y colocándolas en la “banca lechera”, como le decíamos los críos, cuando nos servíamos a discreción los vasos respectivos.


Curiosamente ahora, pero normal “nomás” “in illo tempore”, no necesitaba refrigerarse, cosa que hubiera sido imposible en aquella hermosa chacra colindante con el fundo Tomabal, en los linderos del rio Virú, por los trujillos del norte peruano. El “Frigidaire”, que con el tiempo devino en un castellanizado “frigider”, era una marca, que como todos aquellos productos que crean una nueva categoría se convirtió en un “comodity” que por muchos años se usó para identificar a la muy útil refrigeradora.


Pero volviendo a la impoluta leche, conservada por tiempo indefinido, se mantenía sin deteriorarse gracias a la acción preservante de la plata. No podría dar fe del tiempo exacto, del fenómeno que describo, pues esta se ingería con avidez por los “muchachos” que disfrutábamos de un sabor fresco, sin hervir, pasteurizar, homogenizar y otras modernidades industriales. Baste decir que lo no consumido gástricamente pasaba por la magia de la abuela, para convertirse, por arte de “birlibirloque”, en mantequillas, quesillos o simplemente una nata pura rociada de azúcar impalpable que se convertía en deleite más preciado de los paladares.


Durante mucho tiempo la Plata, como coloide, se usaba como antibiótico natural e Inofensivo y era prescrito por los sabios médicos de entonces, escritos (si vale el término) en una receta indescifrable a los ojos de un lego, pero rápidamente descodificado por el boticario de la farmacia. Diestro y titulado Químico Farmacéutico, quien protegido por un mostrador de mármol y rodeado de enormes cantidades de frascos, preparaba la pócima curativa. Normalmente usada en gotas o gárgaras, ingeribles, para diferentes afecciones microbianas. Pues es muy efectiva contra gérmenes, bacterias e inclusive virus.


En ese entonces los virus eran como un cajón desastre para culparlos de cualquier dolencia poco conocida. Debe ser un virus, decían los doctos, y listo nadie se sorprendía ni reclamaba ante tan científico veredicto. También se usaba, y de esto también doy testimonio, para hacer “toques”, esos con un hisopo largo con su algodón más, convertido en Nitrato de Plata, para combatir amigdalitis, faringitis y otros “itis” con sanación garantizada. Solo cuidarse de abrir bien la boca, bajar la lengua con un “palito” tipo chupete, porque una gota te traspasaba la lengua y podía dejarte un forado hasta la barbilla.


Hago el recuento de la génesis curativa de la plata, pues fue muy usada hasta ser sustituida por otros fármacos más industriales, menos eficientes, más invasivos, pero mejor promocionados, ya sea por los vademécums o por los visitadores médicos, toda una legión de transmisión farmacéutica de marketing personal.


Recordando a Rose Bertain en aquello que “Lo único nuevo es lo que hemos olvidado” la plata ha vuelto a surgir, a pesar de ser desprestigiada y combatida por los negociantes de la salud, debido a la ineficiencia de los antibióticos industriales por la resistencia que desarrollan las nuevas cepas (ahora “variantes”) de los gérmenes.


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