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  • Carlos Anderson

Carlos Anderson / La Economía del Futuro y la Educación

Anderson sin filtros


A poco de comenzar la tercera década del Siglo XXI, la economía internacional se encuentra envuelta en un verdadero torbellino de cambios. Las impresoras 3D, la Inteligencia Artificial (IA), la robótica, la automatización y el Internet de las Cosas” son conceptos que encuentran cada día mayor materialidad en la economía real. Se trata de verdaderos “disruptores” que están cambiando de manera radical la forma como se produce y se consume en el Siglo XXI.


Hay quienes llaman a este torbellino de cambios “la Cuarta Revolución Industrial”; otros la apodan “economía 4.0”. Nosotros preferimos llamarla simplemente “la Economía del Futuro”. La economía del futuro se encuentra mayoritariamente localizada en el hemisferio norte y también en partes de Asia, en particular la zona conocida desde antaño como “el lejano oriente”. En el resto del mundo—África, partes de Asia, y partes de América Latina—hay algunas “señales de Futuro”, pero en general sus economías responden a las formas básicas del capitalismo de los siglos XIX y XX.


En contraste, la economía del Futuro está aún en formación a través de un rápido y envolvente proceso de destrucción creativa, al mejor estilo Shumpeter. Su estructura está en formación, pero es posible ya atisbar sus contornos. ¿El principal de ellos? La calidad de la educación y el número de años efectivos de educación. Junto a la calidad de las instituciones, una educación que forme ciudadanos capaces de interactuar inteligentemente con la tecnología constituye factores claves para potenciar el capital humano y la “productividad total de los factores”, como enseña la Teoría Económica del Crecimiento.


Señalo estos factores—calidad de la educación y aumento del número de años efectivos de educación—porque en el Perú estamos imitando al cangrejo, caminando hacia atrás, con el agravante de que la pandemia—que en diversas partes del mundo ha forzado un salto adelante en materia de adopción de tecnología, pedagogías y metodologías educativas—en el Perú no ha significado cambio ni mejora alguna con respecto a la situación pre pandemia.


Peor aún, los dos últimos años no ha habido ni siquiera un intento por repensar la educación en términos de futuro. El Plan Educativo al 2036 sigue sin cambio alguno, como si no hubiera ocurrido la pandemia o como si no tuviéramos la necesidad de “correr” para no quedar a la cola en materia de competitividad educativa. La economía del futuro requiere ciudadanos con habilidades del Siglo XXI—capaces de sacar provecho a los avances tecnológicos—y esas habilidades solo se las puede dar una educación que tenga al alumno como motor y motivo de sus preocupaciones y esfuerzos. Dar un salto cuántico en materia de acceso y calidad educativa es la más urgente tarea que tenemos al frente. El futuro no espera.


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