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Carlos Anderson / La Parábola de Hermelinda

Florencia de Mora es uno de los distritos más pobres de la ciudad de Trujillo, la misma de la marinera y de la eterna primavera. Aquí está localizado el mercado central de Hermelinda, que con el mercado central de Mochequeque en el distrito chiclayano de Leonardo Ortiz se disputan no solo el título de más importante emporio comercial de la macro región norte, sino también el de zona comercial más convulsionada del país.


Convulsión producto de la “inseguridad ciudadana” y las mafias que las tienen sometidas a punta de cupos y demás medidas de extorsión a vista y paciencia de un Estado indolente, indiferente e incapaz. Pero hay diferencias entre una y otra. Diferencias que hemos de graficar en esta Parábola de Hermelinda.


La palabra parábola proviene del griego parabolé, que significa comparar. La conocemos gracias a la habilidad con la que Jesús las uso para predicar y dejarnos enseñanzas. En el caso del Mercado Central de Hermelinda nos deja una primera enseñanza: la capacidad de levantarse frente al infortunio y terminar siendo mejor en el intento.


En plena pandemia, los cerca de 5000 empresarios que coexisten en 1,300 puestos comerciales en el mercado de abasto Hermelinda decidieron poner manos a la obra y poner un poco de orden, comenzando por eliminar los montículos de basura y otros desperdicios que caracterizan a la inmensa mayoría de mercados mayoristas del país. Para agenciarse de agua, han hecho sus propios pozos tubulares, como si no existiera empresa de agua en la región.


Hoy la limpieza es lo primero que llama la atención. Y el orden con el que cada puesto expone su mercadería—frutas por aquí, carnes por allá, a la vuelta y en paralelo la sección de papas, etc., Y para estar a tono con el Perú pospandemia, el uso de medios digitales de pago hasta en los más pequeños emprendimientos.


Pero estos esfuerzos de los comerciantes de La Hermelinda, se hacen con la pesada carga de por lo menos dos rémoras: primero, la inseguridad ciudadana —y la violencia física y abuso verbal, pero sobretodo los cupos impuestos por bandas de extorsionadores. Y, segundo, por la rémora del burocratismo y excesiva formalidad que impide—por ejemplo—que cada establecimiento pueda pagar de manera individualizada por la energía eléctrica que consume.


Es decir, por un lado, el emprendedurismo creador de ciudadanos que no le piden nada a nadie sino la libertad para salir adelante producto de su esfuerzo—como la joven emprendedora que con entusiasmo nos vendió su café y, lo que es más importante, su “marca”, y— por otro lado, la esquizofrenia de un Estado que convive a la vez con la informalidad generalizada, pero que sucumbe ante el formalismo paralizante de la burocracia municipal, regional y nacional.


Me dirán que esta parábola no revela nada nuevo, que este es el estado de cosas en la gran mayoría de mercados mayoristas (y minoristas) del país. Y tal vez tengan razón. Excepto en un punto: que, puesto sobre la mesa, revelada en su real magnitud, a las autoridades involucradas no les queda más alternativa que trabajar por cambiar el estado de cosas.


La ciudadanía furiosa, expresada en su rechazo a la política y a los políticos no ha de tardar mucho en dirigir su frustración hacia lo poco que nos queda de institucionalidad en el país. Urge tomar el toro por las astas y comenzar a solucionar los problemas que verdaderamente concentran la atención de los ciudadanos. De lo contrario, no finjamos sorpresa cuando el grito ciudadano sea que nos vayamos todos—absolutamente todos los que de alguna forma ejercemos autoridad. Ni nos ofendamos si los especialistas en ciencia política nos llamen entonces “un Estado fallido”.



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