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Carlos Anderson / Para No Fracasar Como País

La búsqueda de la receta precisa para impulsar la creación de riqueza al nivel de las naciones es tan antigua como la ciencia económica misma. Hasta tiene fecha de nacimiento: 9 de marzo de 1776. Ese año, un profesor de la Universidad de Glasgow en Escocia, Adam Smith, dio a conocer su opus magnum: “”Una Investigación acerca de la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones”.


Noten que el profesor Smith se refiere a la “riqueza de las naciones” y no al PBI de las naciones. En su magna obra, Adam Smith identificó la división del trabajo, el mercado, el libre comercio y la propiedad privada como elementos claves para el crecimiento y desarrollo económico.


Solo que—desde entonces—son muy pocos los países que han logrado crear suficiente riqueza basados únicamente en estos elementos. Por esta razón, la búsqueda del desarrollo—o de la riqueza, en palabras del profesor Smith—ha continuado de la mano de diversos teóricos de la economía, filósofos, políticos, ideólogos y demás especialistas. En dicha búsqueda se ha puesto énfasis en diversos factores—la apertura al comercio internacional, la especialización laboral, la inversión pública y privada, la infraestructura, el capital humano, la educación, la tecnología, la innovación, etc.


Pero a pesar de todas estas adiciones a la receta original del profesor Smith, y en vista de que son pocas las naciones que nadan en riqueza y muchas las que se ahogan en pobreza, la pregunta sigue siendo válida: porqué algunas naciones son ricas y otras pobres?


En el 2012, los profesores Daren Acemoglu y James Robinson rescataron de la academia para el gran público una idea original de Douglas North: el papel de las instituciones. Y lo hicieron como lo hacen los grandes: apelando a imágenes inolvidables. Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) tienen la misma población, cultura y situación geográfica. Los divide un río y sin embargo una es rica y la otra pobre ¿Por qué ? La respuesta es potente. Los profesores Acemoglu y Robinson nos dicen que la prosperidad no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas dictaminadas por las instituciones de cada país.


A lo largo de sus 550 páginas, los autores agregan mayor verosimilitud a su teoría desarrollando una vasta casuística, de la que destaca—además de los Nogales—el caso de las dos Coreas: una pauperrima (Corea del Norte) y otra tremendamente exitosa (Corea del Sur).


Nos hablan de los círculos virtuosos que se generan cuando las instituciones políticas impulsan y dan soporte a instituciones económicas inclusivas y los círculos viciosos que surgen cuando las mismas instituciones políticas dan soporte a instituciones económicas extractivas.


Las instituciones económicas inclusivas tienden a la desconcentración de la riqueza y el poder, mientras que las instituciones económicas extractivas tienden a la concentración de la riqueza y el poder en pocas manos. Pero la clave está en la naturaleza y dinámica de la relación entre las instituciones políticas que instrumentalizan dichas instituciones económicas.


Y aquí está la madre del cordero. Las instituciones políticas en el Perú están en crisis. La institución del presidente de la República está devaluada y lo mismo sucede con la institución del Congreso de la República. Y ni qué decir de la institución del Poder Judicial y los nuevos cuestionamientos a la institución electoral.


Todas ellas están en crisis y por ello hace años que nos ahogamos en el círculo vicioso de una crisis política producto del enfrentamiento entre poderes (Congreso vs. Poder Ejecutivo) y su resultante: instituciones económicas que en lugar de impulsar la creación de riqueza reparten pobreza.


En el año del Bicentenario de la independencia, urge leer (o releer) a los profesores Acemoglu y Robinson con el firme propósito de evitar que el Perú fracase como país y, por el contrario, revierta la naturaleza del círculo y convierta lo vicioso en virtuoso. Palabra de maestro (Magister dixit).


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