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Carlos Ginocchio / Poemario a Imperia: inéditos de López Albujar (2 de 4)


María Ignacia Helguero Seminario nació el 12 de diciembre de 1876, y falleció en 1966. Fue hija de don Francisco Eugenio Helguero y doña Jacoba Seminario Echeandía. Falleció soltera.



A IMPERIA


Soy la sombra que siguiendo va tus huellas

Pero tú no lo adivinas porque finjo indiferencia en la mirada,

Porque finjo indiferencia cuando más impulso siento,

De caer arrodillado y poner un beso en cada

Serpenteo de tu falda.

Soy una sombra

Que siguiendo va tus huellas, cuál la noche tras el alba,

Pero tú no lo adivinas

Porque crees que los mendigos del amor no tienen alma.


¡Ah, que horrible desaliento, ah, qué pena la que sienten

Los que adoran sin un rayo de esperanza!


Por la tarde,

A la hora en que tú sales a irradiar en la ventana,

Yo te miro como un astro,

Yo te miro como un astro

De otro cielo, que se asoma cuando el otro sol se apaga,

Es entonces cuando dejo de ser sombra,

De ser sombra errante y vaga,

Sacudida por vientos rudos

De no sé qué ansias extrañas

Pero al fin viene la noche.

Repentinamente cierras la novela que sostienes en la falda,

Luego dejas


Triste y sola, triste y sola la ventana

Y en mi mente se hace el caos,

Ni destellos, ni murmullos, ni sonrisas, ¡nada!, ¡nada!

Queda mi alma sola, sola,

Como náufrago en las aguas de un mar negro,

Como sombra errante y vaga,

Sacudida por los vientos rudos

De no sé que ansias extrañas.


¡Ah, qué horrible desaliento, ah, qué pena la que sienten,

La que sienten los que adoran sin un rayo de esperanza!


Luego

Me abandono, pensativo, por las calles solitarias,

Por las calles, sin más ruido

Que el monótono sonido de mis pasos,

Retumbante como el eco que en el monte causa el hacha,

Y ando y ando por las calles tristes,

Alumbradas solamente por las luces lánguidas

Que titilan en el cáliz de cristal de los faroles,

En el cáliz de cristal de los faroles

Que a lo lejos me parecen las dos alas,

Entreabiertas,

De dos filas funerarias,

De dos filas funerarias que, al pasar delante de ellas,

Un tedeum me salmodearan,

Un tedeum me salmodearan.


¡Ah, qué horrible desaliento, ah, qué pena la que sienten,

La que sienten los que adoran sin un rayo de esperanza!

Pero tú no lo adivinas, ¡Oh, Imperia,

Porque crees que los mendigos del amor no tienen alma!


Piura, 1901



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