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Fabiola Morales / El sueño del partido propio


En el Perú, actualmente, existen 18 partidos políticos inscritos, con derecho a presentar candidatos a las elecciones generales, más otros que están completando requisitos para acceder al Registro de Organizaciones Políticas (ROP), a lo cual se sumarían quienes han anunciado la fundación de un partido propio para llegar a la Presidencia de la República.


Hay, por tanto, una suerte de “partiditis” que está afectando a demasiados ciudadanos peruanos que se creen presidenciables, aspiran al poder y no ven otra alternativa más que el “partido propio”. Muchas de estas personas han iniciado ya una campaña en los medios o en la mesa de una cafetería donde se juntan para arreglar el mundo.


Los partidos políticos que inician así su vida institucional, no tienen ninguna vocación democrática, porque los líderes que pretenden acceder a las distintas candidaturas, deben ser elegidos por las bases y formarse en una línea de carrera. Los partidos no deben ser de quien los funda ni de quienes, eventualmente, los dirigen sino de todos aquellos que se inscriben, se capacitan y llevan a cabo un trabajo comunicacional, social y político.


El sistema democrático se inicia en los partidos políticos que, hasta ahora, son una asignatura pendiente en nuestro país; porque desde los años 90, se optó por un sistema político “pragmático” para solucionar los problemas urgentes, válido tal vez, en un momento en que vivíamos el ataque del terrorismo y de la ultra inflación; pero que, con el tiempo, nos ha demostrado que ese no es el camino.


Nuestra democracia es débil, al punto que hemos llegado a elegir a 6 presidentes al hilo, en un solo lustro; asunto que no es menor, porque nos está demostrando que estamos llegando a tocar piso en lo que se refiere a la “gestión del poder político” que, al fin y al cabo, es el que conduce el trasatlántico del país hacia un buen puerto o un mal destino.


Es urgente la institucionalización de los partidos políticos y su democratización. La comunicación virtual a la que se puede acceder ahora, facilita la formación de cuadros, mujeres y varones que se preparen para ejercer cargos de liderazgo público para lo cual hace falta conocimiento y talante para el manejo y gestión del diálogo social, basado más en entendimiento que en los conflictos.


Un mal perfilado concepto de “competitividad”, prestado del mundo de la empresa, nos puede estar llevando a valorar más la “individualidad”, antes que el trabajo en equipo y, por tanto, apostando por un “liderazgo de cartón piedra” en la política; un escenario perverso, que tiene como consecuencia la falta de unidad y de compromiso con unas ideas y un programa o plan de gobierno, con el cual los partidos se presentan a la ciudadanía para pedir el apoyo a través del voto.


Un escenario perverso que divide también a las personas que pertenecen a determinados espectros del pensamiento y la propuesta política, porque en lugar de hacer un esfuerzo serio por la “unidad”, se cae en el sueño del “partido propio” que, no se diferencia de otras colectividades políticas por sus principios; pero que un terco individualismo y sed de poder por el poder, pareciera que compensa el esfuerzo casi titánico, de fundar más partidos.


La atomización del actual Congreso no es casualidad, como tampoco lo es el transfuguismo, sino que se asienta en la prevalencia del individualismo de los egos y los intereses propios, antes que los de la “unidad”, difícil pero constructiva.


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