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Fabiola Morales / Resurrección: de la muerte a la vida 



Hoy se celebra la fiesta más grande para los cristianos, la Pascua de la Resurrección, conmemorando la vuelta a la VIDA de Cristo, después de haber sido apresado, torturado, asesinado en una cruz y sepultado. Sin embargo, el mundo, aún el no creyente, celebra más bien, la Natividad de Jesús, como una fiesta de familia y de invocación a la paz y a la vivencia de los valores humanos más importantes como la generosidad, expresada en los regalos.

 

El nacimiento de Jesús, marcó nuestra historia en “un antes y un después de Cristo” y el mensaje de Jesús superó la justicia antigua del “ojo por ojo y el diente por diente” por la justicia de la misericordia del “amor y el perdón”, dando un vuelco copernicano a la actitud frente a las relaciones humanas y a la manera en que la convivencia debe desarrollarse en la familia, el trabajo y la sociedad.

 

Un mensaje que escandalizó a su época y que continúa rasgando las vestiduras de todo aquello que se puede calificar de “mundano” en todos los tiempos. Desde el final de la Edad Antigua hasta la Post Moderna, pasando por la llamada Edad Media, la Edad Moderna y Contemporánea; siempre por el terco alejamiento de las personas a su esencia más humana y sobrenatural que recuerda Cristo y que resume en “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar a los demás como a sí mismo”

 

Nuestra época es, de alguna manera, hija del pensamiento del filósofo alemán Friedrich Nietzsche que decretó la “muerte de Dios” y creó el “súper hombre” independizándolo de una divinidad todopoderosa limitante de su propio “poder y libertad”. Una concepción soberbia del ser humano, absolutamente ajena y de espaldas al Señor del Amor.

 

Una convivencia humana sin Dios, no reconoce al otro como hermano, no sería lógico. El sentimiento de hermandad se fundamenta en un padre, en una madre, común. Así la humanidad va perdiendo el sentido existencial. Son cada vez más las personas que ni siquiera se preguntan por el por qué y el para qué de su presencia en el mundo y, por tanto, en lugar de vivir, “sobreviven” entreteniéndose con juegos que, a diferencia de los de los niños, son un verdadero peligro para ellos y la humanidad: corrupción, violencia, narcotráfico, pornografía, trata de personas y una conciencia laxa para el mal.

 

La educación actual se vanagloria de ser “laica”, en alusión a que en sus programas no se incluyen asignaturas de Teología de ninguna clase, el “súper hombre” de Nietzsche se “construye” convirtiéndolo en un ignorante total, no solo de sus raíces religiosas, sino también, de su cultura humanística y, por tanto, del sentido de su vida.

 

Una persona así, se maneja sin rumbo o con un rumbo equivocado, donde todo y todos deben girar sobre el “falso sol” en que se le ha convertido, sin importarle pisar a los demás que solo son escalones para su propia asunción o la satisfacción de sus fantasías y caprichos en la familia, en el trabajo y la sociedad.

 

Pero, aun así, el vacío existencial le llega, lo angustia y atormenta, recordándole que es un ser humano que no se satisface sin encontrar el sentido de la trascendencia y es cuando, muchas veces se refugia en el movimiento “New Age” considerada una subcultura de la satisfacción espiritual o en cualquier espejo de feria que le devuelva su rostro, aunque sea desfigurado de su propio ser.

 

Hasta en Harvard University se busca ahora la FELICIDAD con investigaciones y clases magistrales y ni qué decir de la proliferación de los gurús y los libros de autoayuda. La solución es sencilla el “súper hombre” no es más que una fantasía de un bien muerto filósofo y Jesucristo, el Hijo de Dios, ha vuelto de la muerte a la VIDA para enseñarnos “el camino, la verdad y la vida”. ¡Felices Pascuas de Resurrección!

 

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