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Fernando Cillóniz / ¡Precipicio a la vista!


El país es un desmadre. Cada uno hace lo que le da la gana. Los contagios y muertes por COVID 19 suben y suben sin parar. La economía, es decir, las ventas de las empresas y el empleo están en caída libre. Cientos de miles de micro y pequeñas empresas han quebrado. Y millones de peruanos –más de 6 millones, dicen algunos– han perdido su trabajo.


La pregunta es ¿alguien gana con todo este desmadre? ¿Cómo podría alguien ganar en medio de esta crisis? Pues bien, la respuesta es que sí hay ganadores. El narcotráfico y la corrupción ganan. Ganan la delincuencia y la agitación social. El terrorismo también gana. Incluso, la burocracia estatal gana. Los burócratas tienen su remuneración asegurada a pesar de la cuarentena. Y el populismo político ¡qué quieren que les diga! Los caudillos populistas –los caciques de la política– están en su garbanzal. Conclusión: no son pocos los que ganan con este desmadre.


Por eso tenemos que ser firmes en nuestras críticas al Gobierno. El manejo gubernamental de la pandemia es un fracaso. Un fracaso sanitario. Un fracaso económico. Y consecuentemente, un fracaso social. Ahora bien, así como debemos ser críticos con el Gobierno por el pésimo manejo de la pandemia, al mismo tiempo debemos estar firmemente comprometidos con la solución de la crisis.


La propuesta de Jaime de Althaus de conformar un comando COVID para Lima va en ese sentido. Pero yo lo extendería a todo el país. La situación de la pandemia en Ica es también dramática. Y lo mismo ocurre en varias otras regiones. Articular –desde la sociedad civil– todos los recursos existentes; públicos, privados, sociales y de la academia. Y coordinar con el Gobierno todo el manejo de la pandemia. Obviamente, previo consentimiento del Gobierno.


A ese respecto, el modelo a seguir es Uruguay. En vez de enfrentamiento políticos inoportunos y absurdos; en Uruguay, todos los actores claves confluyeron para atender y resolver la pandemia de manera integral.


El Presidente Lacalle de Uruguay –a diferencia del nuestro– supo rodearse de los más calificados científicos del país, sin afiliaciones políticas partidarias. En Uruguay se produjo un alineamiento sin precedentes entre el Gobierno, el sistema científico, la academia, el empresariado, y la ciudadanía en general. Así fueron capaces de detectar y rastrear el virus como ningún otro país lo pudo hacer.


La educación cívica y la participación ciudadana jugaron un papel clave. La gente se quedó –mayoritariamente– en casa, a pesar de que no hubo cuarentena obligatoria. Los que tenían que trabajar para ganarse el pan del día, lo hicieron sin sanción alguna de parte de las autoridades. Libertad con responsabilidad, esa fue la clave del éxito uruguayo frente a la pandemia.


Desde que se declaró la emergencia sanitaria el 13 de marzo pasado –hasta el día 22 de agosto– el país sudamericano apenas había registrado 1,485 positivos del virus y 40 muertes. Por otro lado, Uruguay es el primer país latinoamericano en poner en marcha la vuelta a las aulas, pese a la pandemia. ¡Envidiable y admirable!


Y volviendo al tema de los politiqueros, es increíble ver –y escuchar– a algunos atribuir al “modelo neoliberal” el fracaso del Gobierno frente a la pandemia. Expropiar todas las clínicas y farmacias privadas, proponen estos oportunistas de la política. Incluso, llegan a decir que el Gobierno está siendo manejado por grandes grupos empresariales. Y que por eso estamos como estamos.


Así es, aunque parezca mentira. La semana pasada participé en un debate –con Vladimir Cerrón– convocado por un grupo estupendo de estudiantes de la Universidad Nacional del Altiplano en Puno. Y lo vi y oí –vía zoom– con mis propios ojos y oídos. Aparte de las expropiaciones antes indicadas, el susodicho exigió seguir los modelos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.


A eso me refiero. Los caudillos populistas –los caciques de la política– están en su garbanzal. Ellos –junto con los corruptos, narcotraficantes, terroristas, agitadores sociales, y todos los demás– ganan con este desmadre.


Es –pues– hora de actuar. Es hora de sumar y colaborar. Es hora de corregir el rumbo. Porque estamos avisados: ¡precipicio a la vista!


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