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Fernando Cillóniz / ¿Escasez hidrológica o sequía ideológica?


El tema preferido de los ideólogos que se oponen a la agricultura empresarial en nuestro país es la sequía. Conozco a varios “especialistas” – llenos de maestrías y doctorados, eso sí – que despotrican en contra de las empresas agroexportadoras, porque – según ellos – consumen mucha agua; tanta que el recurso se torna insostenible en el tiempo; y que por ellas los campesinos y los pueblos no tienen agua.


Efectivamente, hacen más de 20 años que vengo escuchando que Ica – y medio Perú – se quedará sin agua por la sobre explotación de los acuíferos por parte de las empresas agroexportadoras.


Sin embargo, luego de los anuncios agoreros, no solo no aparece la sequía, sino todo lo contrario; los ríos se cargan de bote a bote – inclusive algunos se desbordan – y los agricultores brindamos por ello.


A los hechos me remito. Desde diciembre pasado – como todos los años, desde toda la vida – todos nuestros ríos están a tope. Hoy – quincena de marzo – en Ica y en todo el país, mucha agua dulce se está perdiendo en el mar. De eso no se oye padre. Más aún, muchos críticos – seguramente por temas de soroche – no ven, o no quieren ver la belleza de las lagunas altoandinas llenas de agua, las pasturas de la Sierra verdes y frondosas, y el ganado sano y bien alimentado. Además ¡qué grato resulta medir la recuperación de los acuíferos subterráneos de la Costa, luego de meses de abundancia de aguas de avenida!


El problema es que pronto – acabada la temporada de lluvias – entraremos al estiaje. Y ahí sí, a partir de mayo o junio, muchos se lamentarán por la falta de agua en nuestros ríos. Pregunto: ¿qué hicieron para retener parte de las abundantes aguas de lluvias que tuvieron frente a sus narices y que se perdieron en el mar? La respuesta es, nada.


Entonces, en vez de quejarse y criticar – más bien – hay que actuar como corresponde. Desde las cabezadas de nuestras cuencas – en hermandad entre la Costa y la Sierra, tal como lo hicimos entre Ica, Huancavelica y Ayacucho en el período 2015 / 2018 – hasta las desembocaduras de nuestros ríos en el mar, debemos llevar a cabo lo que se denomina la “Siembra y Cosecha de Agua”.


Arriba – donde llueve – debemos construir muchos reservorios; pequeños, medianos, y grandes. Incluso, en las partes medias y bajas de nuestras cuencas. No hay reservorios malos. Todos valen. No importa el tamaño, sino el volumen de agua almacenable por todos los reservorios en conjunto. De eso se trata; de guardar la mayor cantidad de aguas de lluvias posible, para disponer de ellas en los estiajes.


También debemos reforestar y revegetar todas las cabezadas y quebradas. La tala indiscriminada de los últimos años ha dejado a nuestros cerros pelados, lo cual – ante cualquier lluvia, por más pequeña que sea – deviene en mortíferos huaicos que arrasan con todo lo que encuentran en su camino. La vegetación compuesta de bosques y pastizales se constituiría así en una gigantesca esponja natural, que retendría el agua de lluvias, y evitaría la erosión de nuestras quebradas.


La agricultura de secano debe cederle el paso a la agricultura bajo riego. Y el riego en sí, debe tecnificarse a todo nivel. Hay que instalar aspersores de agua en las planicies y quebradas altoandinas, y riego por goteo en las partes medias y bajas de nuestros valles.


Los acuíferos deben manejarse sosteniblemente. En efecto, el subsuelo también sirve para almacenar grandes cantidades de agua. En ese sentido, los acuíferos se rellenan naturalmente; a través flujos de aguas superficiales (ríos, acequias, surcos, etc.) y artificialmente; a través de procesos de infiltración inducida, tal como se está haciendo en Ica, con resultados muy favorables.


Pero el manejo eficiente del agua implica – también – acciones administrativas innovadoras, tales como tarifas diferenciadas, o lo que en su momento planteamos como “tomas libres”. ¿Qué significa eso? Pues que en épocas de abundancia – llámese, en las temporadas de lluvias, como la que está por acabar – casi no se debe cobrar por el agua. Y todas las compuertas deben abrirse para que el agua discurra libremente por todos los cauces y acequias.


En cambio, el agua regulada; aquella proveniente de reservorios y represas debe cobrarse a tarifas que cubran los costos de inversión y distribución. De esa forma, promovemos la infiltración de las aguas de avenida, para – precisamente – recargar al máximo los acuíferos, y hacer uso de las aguas subterráneas en los estiajes.


Dicho esto, quiero dar gracias a nuestra madre naturaleza, por la gran cantidad de agua de lluvias que nos brinda todos los años, entre los meses de diciembre y marzo. No obstante – al mismo tiempo – ruego a Dios y a todos los santos para que corrijan la sequía ideológica que padecen algunos científicos, filósofos, políticos, periodistas, y demás amargados que, en vez de sembrar y cosechar agua en nuestras cuencas para tener – todos – agua todo el año, sólo saben criticar y hablar por las heridas de la envidia.


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