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Fernando López Parra / La carrera por la vida

La carrera mundial por una vacuna contra el COVID-19 es, con toda probabilidad, una de las más decisivas y frenéticas de nuestro tiempo. En menos de un año, compañías farmacéuticas, Gobiernos, centros de investigación y empresas similares de todo el mundo se han unido y materializado inmunizadores capaces de contener infecciones y muertes y, de esta manera, tan pronto como sea posible, rescatar al mundo del aislamiento en el que nos hemos sumido para conservar la vida.


Esta carrera, como en toda competencia, deja a unos adelante, a otros atrás y a muchos muy atrás. La competencia velada por la vacuna dejará secuelas imborrables, quizás tan similares como la Gran Depresión de 1929 que afectó a todo el mundo. Ahora estamos inmersos en esta búsqueda de la vacuna para no tener, ante todo, más pérdidas de vidas de las que ya ha padecido la humanidad en este tiempo, sin dejar de mencionar la profunda afectación que ha sufrido la economía mundial. Se trata de una carrera contra el tiempo para que la población sea vacunada y con esto preservar la vida humana y recuperar la economía de los países.


Ahora las autoridades sanitarias de muchos Estados luchan por adquirir y administrar la mayor cantidad de dosis posible, surgen las advertencias de que la forma en que se distribuyen las vacunas representa otro grave peligro para la salud pública en todo el mundo, según apunta un estudio de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, la cual se convirtió en un referente en el tema de la distribución de la vacuna. Esto se debe a que los países más ricos ya han comprado la mayor cantidad de vacunas que se producirán este año, mientras que los más pobres no tendremos dosis para aplicar incluso en las poblaciones más vulnerables. Se estima que alrededor del 90% de las personas de casi 70 países de bajos ingresos tendrán pocas posibilidades de ser vacunadas durante el 2021.


De los 140 millones de dosis de vacunas administradas hasta el momento, más de tres cuartas partes se han aplicado en tan sólo 10 países, que representan el 60% del PIB mundial. A fecha de hoy, casi 130 países, con 2500 millones de habitantes, todavía no han administrado ni una sola dosis o han sido muy residuales. En América Latina son pocos los países que se destacan por llevar adelante procesos exitosos de vacunación de su población, como es el caso de Chile y Costa Rica, en tanto que los demás estamos supeditados a la ley de mercado, es decir, si hay recursos para comprar se obtendrán vacunas a la mayor prontitud o, caso contrario, tendremos que esperar a plazo indefinido.


Esta estrategia de inequidad promovida por los productores y por los países de mayor renta traerá consigo efectos contraproducentes para todos, pues implicará costos en vidas y afectación en medios de subsistencias, además de que dará al virus nuevas oportunidades para mutar y evadir las vacunas, lo cual socavará la recuperación deseada. Ante un problema mundial de estas proporciones se requiere de soluciones globales. Los organismos internacionales brillan por su ausencia y las alianzas entre países de menor renta no existe. Nos toca, una vez más, correr en solitario en medio del baratillo de ofertas electorales que nos hace perder de vista lo importante, como es la vida humana.


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