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Fernando Villarán / La picadura del escorpión (4 de 7)


El congresista Peter DeFazio, presidente de la Comisión de Transporte del Congreso de Estados Unidos, lo explica muy bien: «La compañía Boeing por buena parte del siglo fue el mejor y más adelantado fabricante de aviones en el mundo, pero se vieron infectados. Ellos empezaron a ver a Wall Street. Empezaron a amarrar los bonos para sus ejecutivos a la performance de sus acciones en la bolsa. Fueron ejecutivos codiciosos los que se hicieron de la vista gorda para engrosar sus bolsillos» (12).


La debacle de Boeing empezó cuando en 1997 la empresa compró McDonnel Douglas, su principal competidora, por 14 billones de dólares, práctica impulsada por Welch y que continúa hasta ahora. Liderados por el CEO de esta empresa, Harry Stonecipher, uno de los alumnos predilectos de Welch, Boeing empezó su despiadado camino de empequeñecimiento (downsizing) e ingeniería financiera. La empresa mudó sus oficinas centrales a Chicago, alejándose de sus fábricas ubicadas en Seattle, aprovechando las ventajas tributarias y dejando claro que la prioridad era ahora las finanzas.


Despidieron a miles de trabajadores de sus fábricas, a cientos de ingenieros, a decenas de controladores de calidad, rebajaron los protocolos de seguridad para reducir costos y aumentar las ganancias. Para reducir costos y aumentar las ganancias decidieron mejorar el B-737, un avión viejo que había sido creado en 1967, en lugar de diseñar uno nuevo, según los más modernos materiales, aerodinámica, técnicas de fabricación y software digital. El resultado fue un arroz con mango. Antiguos empleados de Boeing, que eran testigos de este apresuramiento promovido por la codicia, intercambiaban mails entre ellos: «Por primera vez en mi vida estoy en duda si enviar a mi familia en un Boeing»; «Este aeroplano está diseñado por payasos supervisados por monos»; «Yo no confío en mucha gente de Boeing».


Podríamos dar mayores evidencias, pero estas son suficientes para demostrar que el modelo económico dominante, el neoliberal, genera por sí mismo «escorpiones», cuya codicia provoca desempleo, mayor pobreza, corrupción, quiebra de empresas y de países. Si las «ranas», es decir el Estado, del que todos formamos parte, no nos ponemos los pantalones y tomamos el control de nuestras vidas, los «escorpiones» van a terminar matándonos, aunque ellos también mueran.


Por si a alguien le queda alguna duda de la declinación de Estados Unidos, basta comparar su desempeño entre 1980 y nuestros días (años del predominio neoliberal) con el de China, su rival económico y político. Mientras que en ese período el crecimiento anual promedio del país asiático ha sido de 9%, Estados Unidos ha crecido 2.5% promedio anual. Es decir, de ser la primera potencia industrial, tecnológica y exportadora en 1980, ahora ocupa el segundo lugar en estos tres aspectos, habiendo sido superado ampliamente por su rival.


¿En qué momento la ganancia pasó a ser la principal variable económica y la codicia la principal motivación? No tengo dudas en afirmar que fue cuando la famosa tesis de Adam Smith, sobre el interés propio y la mano invisible, se convirtió en la ideología dominante.


En su libro La riqueza de las naciones, escrito en 1776, Adam Smith afirma lo siguiente: «Cada individuo necesariamente trabaja para rendir lo máximo que puede. En realidad, generalmente, no intenta promover el interés público ni conoce cuánto de esto está promoviendo. Él sólo busca su propia ganancia, y en esto está, como en muchos otros casos, guiado por una mano invisible para alcanzar un fin que no era parte de su intención. Persiguiendo su propio interés con frecuencia promueve con más efectividad lo que es bueno para la sociedad. Yo no he conocido mucho el bien hecho por aquellos que realizan el comercio para el bien público».


Como explico con detenimiento en el libro (capítulo 3, acápite: Las ideas de Adam Smith), esta tesis del autor, en realidad el corazón de su libro, es correcta en el contexto de fines del siglo XVIII en el que él vivió y escribió su libro. El mercado que Smith vio, estudió y al que se refirió fue un mercado de competencia perfecta, en el que todos los actores eran productores individuales y pequeñas empresas industriales, comerciales, agrícolas, de transporte, construcción, servicios. En esa época, los únicos monopolios eran los que habían sido creados por la monarquía, y por lo tanto no competían en los mercados libres que dieron lugar a la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII. Contra esos monopolios se pronunció Adam Smith, y todos fueron eliminados cuando cayó el absolutismo, por las buenas, como en Inglaterra, o por las malas, como en Francia.


En un contexto de mercado libre con competencia perfecta, la manera como el «interés privado» (ganancia propia) se convierte en «interés público» (bienestar general) es mediante las innovaciones tecnológicas. Tomemos como ejemplo el mercado de camisas: a principios del siglo XVIII la mayoría de camisas eran de lana de oveja (Inglaterra era un país ovejero) y, por supuesto, irritaban la piel, picaban. Guiados por su propio interés, algunos productores importaron algodón de Estados Unidos (producido con mano de obra esclava) y empezaron a fabricar y vender camisas de algodón, más ligeras, más baratas y que no picaban. Muchos de los productores comenzaron a hacer lo mismo, guiados también por su propio interés, porque si no lo hacían desaparecían del mercado. Luego de un tiempo la mayoría de los consumidores tenían camisas de mejor calidad y un poco más baratas. El interés individual se convirtió así en interés público, en bienestar general.


La segunda ronda vino cuando, unas pocas décadas después (en el mismo siglo XVIII), algunos productores de camisas, también guiados por su interés personal, comenzaron a inventar y/o adquirir las muy recientes máquinas de hilar y telares mecánicos con los cuales elevaron su productividad.


Con ello bajaron espectacularmente sus costos, sus precios y mejoraron la calidad de sus productos. Ellos comenzaron a vender más, a ocupar mayores porciones del mercado, y aumentaron sus ganancias. Los otros productores tuvieron que imitarlos, salir del mercado o buscar nuevos mercados (empezaron las exportaciones de telas y camisas inglesas). Los consumidores se beneficiaron con camisas de mejor calidad y mucho menor precio, y con la plata que les sobraba podían comprar otros productos, mejorando así su calidad de vida. Nuevamente, el interés individual se convirtió en interés público, o bienestar general, de la mano de las innovaciones tecnológicas. Luego vinieron otras rondas de un incesante proceso de innovación que fue el sustento de la Revolución Industrial. Se seguía cumpliendo la tesis de Adam Smith.


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