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José Torres Negrón / Inteligencia artificial y humanidad 

  • José Torres Negrón
  • 3 ago
  • 5 min de lectura

“Vivimos en una sociedad hiperconectada, pero solitaria; productiva, pero infeliz; exitosa, pero agotada” (Erich Fromm)

 

El Papa León XIV, en su primera y hasta hoy única encíclica suya, nos comenta que la Inteligencia artificial (IA) no es mala en sí misma; pero que tampoco es neutral. Detrás de ella están sus creadores y amplificadores y, junto a éstos, sus intereses, valores y propósito.

 

La IA es una herramienta y como tal está sujeta al uso que le den los que la invocan. Puede usarse para hacer el mal o dañar personas y eso no la hace mala o negativa. Si se utiliza mal o para el mal, culparla es tanto como si en un crimen quisiéramos llevar presa a la pistola. Ha de existir un comportamiento ético y orientado al bien, empezando por los creadores y continuando con todos los actores que intervengan en ese ecosistema. La tecnología debe acudir a preservar el bien común.

 

Abocarnos en un uso desmedido y dependiente de la IA conlleva peligros. Uno de sus grandes riesgos es que estemos “alquilando” conocimiento, que ya no lo poseamos y que eso nos haga enfrentarnos a la pérdida de sentido o pensamiento crítico. Cuando el conocimiento no es poseído -aprehendido, interiorizado-  no desarrollamos capacidad de retención y, por tanto, ello origina menos acumulación de experiencia. Nos volvemos cada vez más agentes del corto plazo, dependientes y sacrificamos el aprendizaje por la “consulta permanente”.

 

Además de ello, las personas no deben ser formados únicamente para responder a realidades del pasado, al mundo digital, a las redes sociales, a la inteligencia artificial y a la cultura de la inmediatez. Debemos siempre reaccionar y estar vigilantes para desarrollar una sana y siempre ética forma de manejarnos en esos ambientes y en nuestras relaciones con los demás, buscar la trascendencia en nuestro aprendizaje y en nuestros actos.

 

Es necesario entender también que antes de llegar a la IA existen tres condiciones previas que casi nunca se mencionan o se nombran de manera tangencial. No son conceptos independientes, son cuatro, incluida la IA, y en escala secuencial:

 

Cultura  Procesos  Datos  IA.

 

Muchos creen que la inteligencia artificial es el punto de partida. En realidad, es el último eslabón de una cadena. Primero se forma una cultura; esa cultura crea procesos; los procesos generan datos; y sólo entonces la herramienta puede aportar verdadero valor.

 

Cultura:

La cultura es el conjunto de hábitos, valores y comportamientos que compartimos. Es aquello que hace que una organización, una familia o una persona actúe de determinada manera aun cuando nadie la esté observando.

 

Si una cultura no aprecia el orden, la responsabilidad, el aprendizaje o la mejora continua, ninguna tecnología podrá reemplazar esas carencias. La IA puede responder preguntas, pero no puede crear disciplina donde nunca existió.

 

Procesos:

Cuando existe una buena cultura aparecen naturalmente los procesos. Los procesos no son papeles ni burocracia. Simplemente son una manera acordada de hacer las cosas para obtener siempre resultados parecidos.

 

Un proceso evita depender únicamente de la memoria o de la improvisación. Cuando cada persona trabaja de manera distinta cada día se produce información diferente y, muchas veces, contradictoria. Como toda actividad humana están sujetos a cambios y mejoras, generados o condicionados. Existe toda una dinámica en torno a ellos que debe orientarse a su enriquecimiento, al servicio propio y al de los demás.

 

Datos:

Los procesos generan datos y esos datos constituyen la memoria de una organización. Si los datos son incompletos, están desactualizados o contienen errores, ninguna inteligencia humana o artificial podrá hacer milagros. De allí la importancia de formarnos e informarnos debidamente, siendo curiosos y sanamente críticos.

 

Existe un principio muy conocido en informática que sigue plenamente vigente: "Si alimentamos un sistema con información mala, obtendremos resultados malos." La IA aprende de los datos que recibe, no distingue automáticamente entre la verdad y el error. Por eso la calidad de los datos termina siendo mucho más importante que el programa o el algoritmo.

 

IA

La inteligencia artificial aparece al final del camino. No es el punto de partida, es la consecuencia de haber construido correctamente todo lo anterior.

 

Puede acelerar procesos, descubrir patrones, resumir documentos y ayudar a tomar decisiones; pero no reemplaza el juicio humano. La IA propone y las personas deciden. De allí la importancia de la preparación, la formación de pensamiento crítico, tener integridad y pasión por la verdad. Se requieren factores racionales: inteligencia para buscar la verdad, voluntad para querer el bien.

 

Existen riesgos al no entender este ecosistema de causa-efecto, y no son sólo tecnológicos, también son culturales y humanos. Eso es más pernicioso. Precisamente sobre ello reflexiona Byung-Chul Han, el filósofo coreano, en su libro “La sociedad del cansancio”. Allí nos habla de cómo la sociedad está perdiendo valores y, por tanto, los relativiza frente al avance disruptivo y masivo de la tecnología y la información. Las sociedades van perdiendo sus sistemas inmunológicos de normas y valores, transformando a la persona en un “turista social: “…prueba, nada es bueno y nada es malo, explora”. Todo se vuelve subjetivo -hasta para la interpretación de cada persona- y eso es un peligro hoy y para las futuras generaciones.

 

Hay superproducción de información y no toda es correcta o válida. Se establecen hoy nuevas formas de relaciones humanas y surgen entonces términos como la “post-verdad”, que es un fenómeno político y social en el que las emociones y las creencias personales influyen más en la opinión pública que los hechos objetivos. Los datos reales pierden relevancia frente a los argumentos que apelan a sentimientos, prejuicios o deseos de la población. Se difunden medias verdades, se asignan citas a personajes que nunca dijeron lo que se les atribuye, se alienta la exploración social. Se da mucha manipulación y, acaso, mentiras en esas interacciones.

 

Mientras más sólida sea la cultura, mejores serán los procesos; mientras mejores sean los procesos, mejores serán los datos; y mientras mejores sean los datos, más útil y confiable será la inteligencia artificial. En otras palabras, la IA no sustituye los cimientos: se apoya en ellos.

 

El capitalismo moderno mundial no nos promete felicidad, sino consumo. La persona –vista como sujeto de rendimiento- es pesada, medida, contada todos los días y evaluada en esos términos; y eso es nocivo si sólo se detiene allí. Toda tecnología amplifica lo que somos y por eso el mayor desafío sigue siendo mejorar al ser humano y avanzar hacia el bien común. Difícilmente la IA podrá incorporar las relaciones humanas, las emociones y sentido de vida: auténticos, espontáneos. Son aspectos no programables de la humanidad.

 

Y la vida, al fin y al cabo, es la síntesis de todo lo anterior: formarnos y cultivarnos forjan nuestra cultura; los hábitos y las buenas prácticas consolidan nuestros procesos; la información y el conocimiento se construyen a partir de los datos. Lo que nunca debería ocurrir es delegar nuestro pensamiento crítico a la inteligencia artificial, porque cuando los medios desplazan a los fines dejamos de ser protagonistas de nuestro propio desarrollo. Y en ese caminar, cultivarnos y formarnos son exigencias que no deben ni pueden ser eludidas.

 

 

Referencia:

José Torres Negrón, Lic. Administrador de Empresas, PDD Universidad de Piura, ex Gerente Corporativo de Tecnologías en Grupo Romero, Asesor de Empresas.

 

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