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Juan Escobar / El Perú que debemos construir 

Juan Escobar
hace 19 minutos
5 min de lectura

El Perú vive una paradoja profunda. Somos herederos de una de las experiencias civilizatorias más importantes de América y poseemos recursos naturales extraordinarios, diversidad cultural y geográfica, una ubicación estratégica frente al Pacífico y una población con gran capacidad de trabajo. Sin embargo, después de más de doscientos años de República, seguimos siendo un país desigual, territorialmente fragmentado, institucionalmente débil y dependiente de coyunturas externas.

 

No basta atribuir esta situación a la conquista, la dependencia internacional o las oportunidades históricas desaprovechadas. También existe una responsabilidad interna. Hemos atravesado ciclos de crecimiento y periodos de altos ingresos fiscales sin convertirlos en un proceso sostenido de transformación productiva, fortalecimiento institucional y desarrollo territorial.

 

La responsabilidad corresponde a quienes han gobernado, sean carentes de capacidades o mañosos de distintas variables y a una sociedad que muchas veces ha reducido la política a escoger entre opciones deficientes. El debate público continúa concentrado en candidatos y enfrentamientos, mientras se posterga la discusión fundamental: qué país queremos construir y cómo debemos prepararnos para un mundo cada vez más incierto.

 

Esta pregunta es hoy más urgente. La generalización de las guerras, las disputas entre potencias, el cambio climático, las crisis financieras y las alteraciones del comercio internacional configuran un escenario peligroso. Una guerra lejana puede elevar el precio de los alimentos, los fertilizantes, el petróleo y el transporte. Una crisis financiera puede reducir la inversión, el crédito y el empleo. El cambio climático ya afecta el agua, los cultivos, la infraestructura y las ciudades.

 

El Perú no puede limitarse a reaccionar cuando las consecuencias ya han llegado. Necesita leer el mundo, anticipar escenarios, identificar sus vulnerabilidades y preparar respuestas. Gobernar no consiste solamente en administrar el presente, sino también en construir capacidades para enfrentar el futuro.

 

La primera tarea debe ser definir el Perú que queremos. Antes que un candidato necesitamos una visión nacional que establezca cómo producir, qué funciones corresponden al Estado y a la iniciativa privada, cómo relacionar Lima con las regiones, cómo proteger nuestros recursos y qué posición queremos ocupar en el mundo. Sin esa visión, cualquier programa de gobierno termina convertido en una suma de medidas dispersas.

 

El territorio debe ser uno de los puntos de partida. El Perú no puede seguir administrándose como un espacio homogéneo ni como una colección de departamentos desconectados. Nuestra geografía exige articular cuencas, corredores económicos, ciudades intermedias y mercados regionales.

 

Las cuencas permiten gestionar conjuntamente el agua, la agricultura, los ecosistemas, las ciudades, la energía, la minería y los riesgos naturales. Los corredores conectan las zonas productivas con centros de transformación, servicios logísticos y mercados. Las ciudades intermedias deben funcionar como núcleos de servicios, conocimiento y comercio. Esta articulación debe traducirse en producción, empleo e ingresos.

 

Cada región debería preguntarse qué produce, qué compra fuera y qué podría producir competitivamente. Muchas exportan materias primas y, al mismo tiempo, adquieren alimentos procesados, derivados lácteos, insumos agrícolas, materiales de construcción, confecciones y servicios que podrían generarse localmente. Incluso la minería demanda bienes y servicios que no siempre son atendidos por proveedores regionales.

 

Identificar estas posibilidades permitiría agregar valor, desarrollar proveedores y fortalecer a las pequeñas y medianas empresas. No se trata de cerrar las regiones ni de promover economías autosuficientes, sino de evitar que territorios con recursos, demanda y capacidades potenciales pierdan empleo e ingresos comprando afuera lo que podrían producir eficientemente.

 

Pero ninguna transformación productiva será posible sin financiamiento. Los planes, las carreteras y las oportunidades de mercado son insuficientes si productores, cooperativas y empresas no pueden adquirir maquinaria, incorporar tecnología o financiar capital de trabajo.

 

El país necesita una verdadera arquitectura financiera promocional. Las regiones requieren fondos de desarrollo de magnitud suficiente para movilizar inversión privada, asociativa y pública. No podemos conformarnos con programas pequeños y dispersos. Estos fondos deberían apoyar la agroindustria, la innovación, las cadenas productivas, los proveedores regionales y los emprendimientos tecnológicos mediante créditos de largo plazo, garantías y cofinanciamiento.

 

Naturalmente, deben contar con dirección profesional, reglas técnicas, transparencia y controles rigurosos. El riesgo de captura política debe enfrentarse con buena gobernanza, no utilizarse como argumento para renunciar a un instrumento indispensable. El financiamiento es la gasolina que pone en marcha el motor productivo: sin crédito y capital de largo plazo, las oportunidades permanecen en el papel.

 

Esta estrategia debe recuperar también nuestra cultura de cooperación. El ayni, la minka y otras prácticas comunitarias muestran que la acción colectiva ha sido una respuesta histórica frente a la escasez y las dificultades del territorio. Hoy pueden inspirar nuevas formas de colaboración entre comunidades, empresas, gobiernos, universidades y organizaciones productivas.

 

La inversión pública debe evaluarse por las capacidades que genera y no solamente por cuánto se gasta. Una carretera debe integrar mercados; un sistema de riego debe elevar la productividad; una escuela debe desarrollar capacidades; un centro de salud debe fortalecer la prevención; y una universidad debe producir conocimiento útil para su territorio.

 

Todo ello requiere un Estado competente. La discusión no debe reducirse a escoger entre más Estado o menos Estado, sino a construir el Estado que necesitamos. El Gobierno Nacional debe recuperar capacidad estratégica y anticipar escenarios. Los gobiernos regionales deben conducir la articulación territorial y productiva, mientras los municipios fortalecen los servicios y el desarrollo económico local. La descentralización necesita coordinación, capacidades, responsabilidades claras y rendición de cuentas.

 

También necesitamos una democracia que funcione. No basta celebrar elecciones si los partidos no representan a la sociedad, las instituciones pierden legitimidad y distintos poderes condicionan las decisiones públicas. La democracia debe recuperar contenido mediante ciudadanía informada, organizaciones políticas legítimas, justicia independiente, participación social y control del poder. Un proyecto nacional requiere instituciones capaces de sostenerlo más allá de un gobierno.

 

La juventud y la universidad tienen una responsabilidad decisiva. Un país que no ofrece horizontes a sus jóvenes compromete su futuro. Las universidades no pueden limitarse a otorgar títulos ni permanecer de espaldas a los problemas nacionales. Deben investigar el territorio, estudiar el cambio climático, impulsar la innovación productiva y contribuir a la prevención de riesgos.

 

La juventud tampoco debe ser convocada solamente durante las campañas electorales. Tiene que participar en la renovación de la política, la investigación, el emprendimiento, la cultura, la vigilancia ciudadana y el servicio público. Necesitamos jóvenes que cuestionen, pero que también estudien, se organicen, propongan y construyan.

 

El proyecto nacional requiere, finalmente, una concepción moderna de soberanía. Hoy la soberanía no se limita a las fronteras. Significa seguridad alimentaria, agua, energía, infraestructura crítica, tecnología, conocimiento, capacidad financiera y poder de decisión económica. No implica aislarnos, sino relacionarnos con el mundo desde nuestros propios intereses y sin convertirnos en seguidores automáticos de ninguna potencia.

 

El Perú necesita una visión nacional, un Estado competente, nuevas formas de organización y distribución del presupuesto, una democracia efectiva, regiones productivamente articuladas, financiamiento para el desarrollo, universidades comprometidas y una juventud protagonista.

 

No necesitamos otro salvador ni una nueva promesa electoral. Necesitamos una sociedad capaz de comprender su tiempo, anticipar las amenazas y decidir su futuro.

 

Nuestro pasado demuestra que en este territorio fue posible organizar sociedades complejas con recursos mucho menores que los actuales. El desafío no consiste en regresar a ese pasado, sino en recuperar su capacidad para cooperar, organizar el territorio y pensar en el largo plazo.

 

El desarrollo peruano no puede ser una copia ni una respuesta improvisada ante cada crisis. Tiene que ser una construcción productiva, soberana, democrática y colectiva.

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