Juan Escobar / La trampa del carisma
- Juan Escobar
- 12 abr
- 3 min de lectura
La trampa del carisma: ¿Por qué no basta con ser un buen comediante?
¿Es en serio? ¿Realmente vamos a encargar la conducción de un país a quien mejor nos hace reír o a quien fue un buen presentador de espectáculos? Esta pregunta no busca desmerecer la comedia ni la capacidad comunicativa, sino invitar a una reflexión urgente sobre la naturaleza del poder. En tiempos de crisis y descontento, la simpatía se ha convertido en una moneda electoral peligrosa, que confunde la popularidad con la capacidad de mando.
Nadie en su sano juicio encargaría a un arquitecto brillante la dirección de un hospital, ni confiaría los ahorros de toda una vida a un adolescente de catorce años. No es una cuestión de honestidad o bondad; el arquitecto puede ser íntegro y el joven puede tener las mejores intenciones. El problema es el background. Dirigir una nación, al igual que realizar una cirugía o gestionar fondos de inversión, requiere conocimientos específicos que no se improvisan en un escenario ni se heredan por carisma.
Cabe señalar también que existen buenos y malos backgrounds. Entre estos últimos, pueden mencionarse los comportamientos de muchos de los actuales congresistas, quienes han favorecido a grupos mafiosos o, en algunos casos, a sí mismos de manera ilegal y descarada. Difícilmente alguien confiaría su casa a quien es sospechoso de ser aliado de ladrones o mafiosos, ¿verdad?
Volviendo a la experticia necesaria para conducir un país con éxito, el fondo debe prevalecer sobre la forma. Gobernar no es un evento fortuito; es una disciplina que exige:
ü Visión estratégica y priorización: Un país no se gestiona con ocurrencias diarias. Requiere la capacidad de distinguir lo urgente de lo importante, estableciendo una hoja de ruta que trascienda el próximo titular. La estrategia implica saber qué batallas pelear y cuáles postergar, evitando agotar el capital político en frentes irrelevantes.
ü Capacidad de articulación y negociación: Este es el verdadero motor de la democracia. El gobernante debe dominar la “carpintería política”: el arte de sentar a la mesa a quienes piensan distinto.
ü Alianzas y neutralización: No se trata de aplastar al oponente, sino de contar con la experiencia para convencer a los indecisos, articular aliados en torno a un bien común y, en buena lid, neutralizar bloqueos mediante el respeto a las reglas del juego.
ü Soluciones ganar-ganar: La estabilidad de mediano y largo plazo solo se logra con soluciones sostenibles. Un comediante o presentador puede ganar una discusión con una frase ingeniosa, pero un estadista gana una negociación encontrando puntos de equilibrio donde todos cedan algo para que el país gane todo. Sin esta capacidad de pacto, el gobierno se convierte en un archipiélago de buenas intenciones, aislado por un congreso o una sociedad civil hostil.
En este marco, la discusión no es abstracta, sino concreta. Existen perfiles que sí reúnen condiciones reales de gestión pública. Jorge Nieto Montesinos es uno de ellos. Durante el Fenómeno de El Niño Costero en 2017, se desempeñó como ministro de Defensa, enfrentando una de las crisis más complejas del país, que exigió coordinación intersectorial, despliegue logístico, toma de decisiones bajo presión y articulación efectiva con gobiernos regionales y locales. Esta experiencia no es teórica, sino práctica y comprobable. En un contexto donde abundan candidaturas sin trayectoria o con cuestionamientos, su perfil destaca por combinar conocimiento del Estado, experiencia en gestión de crisis e integridad, atributos escasos en la política actual.
Se dirá, con justa razón, que un comediante o presentador posee una virtud escasa en la política tradicional: la capacidad de comunicar y persuadir a las masas. Es cierto, y no es algo menor. Sin embargo, en un Estado eficiente, la comunicación es un factor delegable. Lo que no es delegable es la visión estratégica ni la capacidad de gobernar. Basta recordar el caso del “Canal del Pueblo”, que los más jóvenes deberían investigar.
En última instancia, el carisma es el envoltorio; la capacidad de gestión es el contenido. Elegir a un líder por su habilidad para entretener es un síntoma de desesperación o, peor aún, de ligereza ciudadana. La política es, quizás, la única profesión donde la falta de formación suele disfrazarse de “autenticidad”.
Gobernar no es un acto de entretenimiento, sino un ejercicio de altísima responsabilidad técnica, emocional y humana. Si seguimos entregando las llaves del Estado a quienes dominan el espectáculo, no debería sorprendernos que, al apagarse las luces y terminar los aplausos, el país permanezca en el mismo lugar, pero con menos tiempo y recursos. Al final del día, el carisma puede ganar una elección, pero solo la idoneidad puede construir una nación.




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