top of page

Juan Pari / Crecimiento sin transformación 

  • Juan Pari
  • hace 16 minutos
  • 4 Min. de lectura

Crecimiento sin transformación: los límites del modelo peruano

Durante años nos han repetido que el Perú tiene un modelo económico exitoso, ordenado, incluso envidiable. Se habla de estabilidad, de crecimiento, de responsabilidad macroeconómica. Y es cierto, el país ha crecido. Pero cuando uno baja de las estadísticas macroeconómicas a la vida real, a ver lo que pasa en el trabajo, en las familias, en los niños, la historia cambia. Y cambia bastante. Porque el problema del Perú no es que no crezca, el problema es que crece sin transformar su economía ni mucho menos mejorar las condiciones de vida de los peruanos.

 

Hay que decirlo sin rodeos: el Perú sigue siendo, en esencia, un país primario exportador. Exporta materias primas e importa valor agregado. Esa es la base del modelo. Según el Banco Central de Reserva, más del 60% de las exportaciones provienen de minerales, lo que confirma una estructura dependiente de la extracción. Y eso se traduce en algo bastante concreto: exportamos oro, pero no hacemos joyería; exportamos cacao y café, pero no controlamos el negocio final; exportamos fibra de alpaca, pero el valor lo capturan en las prendas confeccionadas por marcas extranjeras. En otras palabras, exportamos riqueza “en bruto” pero el desarrollo se construye en otros países.

 

El problema no es que el Perú no produzca. Produce bastante. El problema es que no transforma. Y ahí está el punto que no está en el debate público. Porque el empleo no está en la extracción, está en la transformación. Los países que generan empleo de calidad no se quedaron vendiendo materias primas, industrializaron, agregaron valor, construyeron cadenas productivas. El Perú, en cambio, se quedó a mitad de camino. Extrae, exporta y depende.

 

Esa estructura económica tiene consecuencias directas sobre la población. No es casualidad que más del 70% del empleo sea informal. Eso significa que la mayoría de los peruanos trabaja sin estabilidad, sin protección y con bajos ingresos. Y eso no se explica por falta de esfuerzo individual, se explica por un sistema que no genera suficiente productividad. Porque sin industria, sin valor agregado, no hay cómo sostener salarios dignos. Lo que hay es sobrevivencia.

 

Pero el impacto no se queda en el mercado laboral. Va mucho más allá. Se mete en la vida cotidiana, en la alimentación, en la infancia. En el Perú, más de un tercio de los niños pequeños tiene anemia. Y eso no es un dato más, es una alerta estructural, porque la anemia en la primera infancia afecta directamente el desarrollo del cerebro. Y ahí está el punto que debiera preocupar más que cualquier indicador macroeconómico: el desarrollo del cerebro de los niños está directamente ligado al desarrollo de las capacidades futuras del país.

 

Un niño con anemia no solo tiene un problema de salud, tiene una limitación en su capacidad de aprendizaje, en su desarrollo cognitivo y en su productividad futura. Entonces lo que está pasando hoy es bastante serio: el Perú no solo está gestionando mal el presente, está comprometiendo su futuro. Está debilitando su capital humano. Está reduciendo su capacidad de competir, de innovar, de crecer de manera sostenida. Es, en términos claros, someter al riesgo la gestión y el desarrollo no solo del presente, sino del futuro de la patria.

 

Y todo esto no es casualidad, responde a un mismo patrón. Una economía que no transforma genera baja productividad, eso genera empleo informal, eso genera bajos ingresos, eso limita el acceso a una buena alimentación, y eso termina reflejándose en anemia infantil. Es un círculo que se repite. Y que el modelo económico reproduce.

 

Y, cuando alguien intenta salir de ese círculo, aparece otra barrera: el crédito. En el Perú, el financiamiento para pequeñas y medianas empresas es caro, con tasas elevadas y un sistema financiero concentrado. Entonces pasa algo bastante contradictorio: se le pide al emprendedor que crezca, que se formalice, que industrialice, pero se le dan las peores condiciones financieras para hacerlo. Así no se construye industria, así se bloquea.

 

En este contexto, el debate político sigue atrapado en una falsa discusión. Se plantea si el problema es más mercado o más Estado, como si esa fuera la disyuntiva central. Pero no lo es. El problema es que el país no tiene una estrategia de transformación productiva. Porque ningún país desarrollado se quedó exportando materias primas. Todos tomaron decisiones para industrializar, para agregar valor, para construir capacidades internas.

 

Entonces cuando hoy se dice que el modelo peruano es exitoso, hay que preguntarse en qué sentido. ¿Es exitoso un país donde siete de cada diez trabajadores son informales? ¿Es exitoso un país donde más de un tercio de los niños crece con anemia? ¿Es exitoso un país donde el valor agregado se genera fuera? Si eso es éxito, es un éxito bastante extraño y limitado.

 

Lo que está en juego hoy no es un debate ideológico, es una decisión estructural. Seguir con un modelo primario exportador que crece en cifras, pero no transforma la economía, o apostar por un cambio que implique industrialización, valor agregado y empleo en el territorio. El Perú no es pobre. Es un país que produce riqueza, pero no la transforma. Es un país que crece, pero no construye capacidades. Y lo más grave, es un país que está comprometiendo su futuro mientras sigue celebrando su “estabilidad”.

 


 

Comentarios


bottom of page