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Juan Pari / ¿Economía exitosa o país estancado? 

  • Juan Pari
  • 21 jun
  • 4 min de lectura

La campaña electoral ha terminado, pero las preguntas de fondo sobre el futuro del Perú siguen abiertas.

 

Durante los últimos meses escuchamos con insistencia que la economía peruana era una historia de éxito y que el principal desafío nacional consistía en preservar lo alcanzado. La idea parecía sencilla: si algo funciona, no hay que cambiarlo. Sin embargo, detrás de ese discurso quedó una pregunta que pocas veces fue respondida con claridad: ¿éxito para quién y éxito en qué exactamente?

 

Resulta legítimo preguntarse por qué el 70,7 % de los trabajadores peruanos permanece en la informalidad, por qué entre los jóvenes menores de 25 años esa cifra alcanza aproximadamente el 85 %, o por qué el 18,2 % de los jóvenes no estudia ni trabaja. También corresponde preguntarse por qué más de 8,8 millones de peruanos continúan en situación de pobreza y por qué otro 32,8 % de la población vive en condición de vulnerabilidad económica, expuesta a retroceder frente a cualquier crisis de ingresos, desempleo o desaceleración económica.

 

Estos datos no describen problemas marginales ni situaciones excepcionales. Expresan características estructurales de una economía que, pese a registrar importantes períodos de crecimiento, no logró traducir ese crecimiento en empleo digno, productividad generalizada, innovación tecnológica ni bienestar sostenible para las grandes mayorías.

 

No se trata de negar los avances alcanzados en materia de estabilidad macroeconómica. La estabilidad monetaria, la disciplina fiscal y la autonomía del Banco Central constituyen activos importantes que el país debe preservar. Pero también sería un error convertir esos logros en un dogma que impida examinar las debilidades estructurales acumuladas durante décadas.

 

La discusión de fondo no es estabilidad o cambio. La verdadera discusión es si la estabilidad alcanzada ha sido capaz de transformar la estructura económica del país o si, por el contrario, terminó coexistiendo con altos niveles de informalidad, pobreza, vulnerabilidad social y dependencia de actividades de bajo valor agregado.

 

Esa es probablemente una de las preguntas más importantes que el Perú tiene pendiente responder.

 

La estabilidad macroeconómica lograda por el país es un activo importante. Nadie serio plantea renunciar a ella. La disciplina fiscal, el control de la inflación y la autonomía del Banco Central de Reserva forman parte de los consensos que el Perú debe preservar. Pero reconocer esos avances no obliga a cerrar los ojos frente a nuestras limitaciones estructurales.

 

Y allí aparece una contradicción que merece atención.

Durante décadas el país creció impulsado principalmente por la exportación de materias primas y por ciclos internacionales favorables. Sin embargo, ese crecimiento no se tradujo en una transformación profunda de nuestra estructura productiva. La manufactura perdió participación dentro de la economía nacional, la inversión en investigación y desarrollo continúa entre las más bajas de América Latina y millones de trabajadores siguen encontrando en la informalidad la única puerta de ingreso al mercado laboral.

 

En otras palabras, crecimos, pero no cambiamos lo suficiente.

La verdadera discusión económica del Perú ya no debería centrarse únicamente en cuánto crece el PBI. Debería preguntarse qué producimos, cuánto valor agregado generamos, cuánta tecnología desarrollamos y cuántos empleos dignos somos capaces de crear.

 

El reto nacional no consiste solamente en exportar más minerales, más productos agrícolas o más recursos naturales. El desafío consiste en transformar esos recursos en industria, conocimiento, innovación y empleo de calidad.

 

Ese es el horizonte de transformación que el Perú necesita discutir.

Una economía moderna requiere fortalecer los sectores dinámicos capaces de multiplicar productividad y empleo. La agroindustria, la transformación minera, la industria alimentaria, la metalmecánica, la economía digital, las energías renovables, la logística, los servicios tecnológicos y la economía del conocimiento pueden convertirse en motores de una nueva etapa de desarrollo.

 

El país posee recursos, ubicación estratégica y talento humano suficiente para asumir ese desafío. Lo que todavía no logra construir es una estrategia nacional sostenida que articule inversión, innovación, financiamiento, educación y desarrollo productivo.

 

La paradoja es evidente. Mientras el mundo debate inteligencia artificial, automatización y nuevas industrias tecnológicas, gran parte del Perú continúa atrapado en problemas elementales de informalidad, baja productividad y acceso limitado al crédito.

 

Las micro y pequeñas empresas representan más del 99 % de las empresas formales del país, pero una gran mayoría continúa enfrentando enormes dificultades para financiar su crecimiento. Millones de emprendedores sostienen diariamente la economía nacional sin contar con las herramientas necesarias para innovar, expandirse o competir en mejores condiciones.

 

Por eso el debate económico de los próximos años no debería reducirse a defender o cuestionar modelos de manera abstracta. Debería concentrarse en una pregunta mucho más concreta: ¿qué transformaciones necesita el Perú para convertirse en una economía más productiva, innovadora y generadora de oportunidades?

 

La respuesta no puede quedar únicamente en manos del gobierno de turno.

También es una tarea de las universidades, los gremios empresariales, los trabajadores, los gobiernos regionales, los centros de investigación, los colegios profesionales y la sociedad civil.

 

Quizás ha llegado el momento de que el país empiece a exigir metas nacionales de industrialización, innovación tecnológica, empleo juvenil, productividad y desarrollo territorial con la misma intensidad con la que exige estabilidad macroeconómica.

Porque la estabilidad es indispensable, pero no suficiente.

 

La campaña electoral terminó. Los problemas estructurales del Perú no. Y probablemente la discusión más importante de los próximos años no sea quién administra la economía, sino hacia dónde queremos conducirla.

 

La gran tarea pendiente sigue siendo la misma: convertir el crecimiento económico en desarrollo nacional.

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