Julio Schiappa Pietra / Traición y colonización
- Julio Schiappa Pietra
- 18 ene
- 3 Min. de lectura
¿Traición, inteligencia y colonización de Venezuela?
La detención de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 marca el fin de una era y el inicio de una fase de incertidumbre sísmica en América Latina.
Según los servicios de inteligencia occidentales, la captura no fue un evento fortuito, sino el resultado de la operación "Justicia Soberana", una incursión quirúrgica de fuerzas especiales de Estados Unidos en Caracas que extrajo al líder chavista bajo cargos de narcotráfico y conspiración criminal. Y sale a luz una probable traición del General Sobrino, Jefe de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, que se había desvinculado hace meses de Cuba y era, aparentemente, partidario de una negociación con EEUU. Resulta sintomático que, de menos de 50 muertos por misiles norteamericanos, 32 son nacionales cubanos, posibles agentes de la seguridad personal de Maduro. Por eso Maduro y su mujer fueron sacados en piyama del Palacio Presidencial. Operación quirúrgica sí. Pero con uso maquiavélico de contradicciones en el régimen.
Para la prensa internacional, este movimiento representa el regreso agresivo de la Doctrina Monroe, donde la administración de Donald Trump ha decidido eliminar cualquier foco de influencia externa en lo que considera su esfera natural de dominio: America Latina.
El éxito operativo de esta captura radica en el aislamiento previo que Washington tejió durante meses, cortando las líneas de suministros de defensa rusos y limitando el soporte financiero chino.
Sin embargo, para analistas políticos y diplomáticos, el trasfondo es la reconfiguración del mundo en zonas de influencia. Trump busca un acuerdo de "gran escala" con China y Rusia para que cada potencia gestione su propio vecindario sin interferencias.
En este esquema, América Latina corre el riesgo de ser tratada como un territorio de dominio semi colonial, valorado principalmente por su capacidad de suministrar recursos naturales críticos como el litio y el petróleo para la industria estadounidense.
Para el Perú, esta crisis es un arma de doble filo. Por un lado, la caída de Maduro abre la esperanza de una transición democrática que detenga la crisis migratoria, la cual ha llevado a más de 1.7 millones de venezolanos a territorio peruano. Por otro lado, la presión de Trump sobre infraestructuras estratégicas como el Puerto de Chancay —de capitales chinos— coloca a Lima en una posición vulnerable.
La fortaleza del Perú siempre ha residido en su tradición de neutralidad pragmática, hoy rota por la presencia en el Servicio Exterior de un Canciller abiertamente trumpista y un Embajador en Washington que es un economista, totalmente alineado con MAGA, y no un diplomático de carrera. Debilidad extrema que requiere cambio inmediato de los funcionarios citados. La soberanía está en riesgo y requiere el temple de Porras, Pérez de Cuellar, García Bedoya y Rodríguez Cuadros, para hacerla una causa de todo el país.
La amenaza es real: quedar atrapados en una guerra comercial de aranceles punitivos si Perú no se alinea con la visión de Washington. La política de Trump ha demostrado ser efectiva en la eliminación de adversarios, pero su error podría ser la alienación de sus aliados regionales al priorizar el control de recursos naturales, y generar reacciones anti imperialistas sobre la cooperación soberana.
En 2026, la verdadera diplomacia peruana deberá navegar estas aguas turbulentas para evitar que el país se convierta en un daño colateral de la nueva arquitectura global de tres potencias. Estamos avisados.




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