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Manuel Bernales / ¿Qué nos deja este año? (1 de 2)


Los trillonarios ganan más y crece la pobreza

¡No teníamos una pandemia tan destructiva, incierta, dolorosa y con tanta opinión sobre ella desde hace un siglo! No teníamos mundialización ni globalización como ahora, que se envían vehículos no tripulados tan lejos como no podemos imaginar (pero sí ver en la Internet). En medio de esta pandemia –cuyo origen seguirá marcado por la polémica, medias verdades y creencias ancilares de dogmas y pasiones encontrados– los súper trillonarios están logrando más ganancias, a la vez que la pobreza extrema y la desigualdad mundial crecen y hace más daño.


Pocos han seguido, el imparable desarrollo de industrias militares de estados capitalistas desarrollados, subdesarrollados y de China, con creciente comercio regido por el poder y la autoridad y no por el mercado libre. Tampoco hay mercado libre para las vacunas, sino prioridades estratégicas en la oferta y en su aplicación a escala de cada Estado. Mellado el multilateralismo y el orden mundial prepandemia, poco puede hacer el sistema de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud (OMS), si los poderes mundiales Estados y empresas no les impulsan.


Contados estudiosos –a lo Piketty, estructuralistas, no reduccionistas, no solo marxistas– ya habían mostrado las tendencias a la desigualdad mundial. Y renovadores del marxismo en los años del sovietismo, que continúa con ajustes en pocos Estados, también evidenciaron que las nuevas clases en poder del Partido y del Estado construían desigualdad.


Las economías más poderosas enfrentan graves problemas locales, continentales y mundiales como el impacto del Cambio Climático y una transición energética que no camina al ritmo que el desafío planetario impone. Regímenes republicanos o no, basados en constituciones democráticas, están remecidos o socavados por oleadas de inefectividad, pérdida de legitimidad, estabilidad y participación política.


Los partidos vienen siendo reemplazados por líderes populares, con y sin comillas, y por actores que hacen gala de más demandas que ofertas de soluciones de conjunto. Son grupos de interés diversos que no agregan o integran, sino que quieren prevalecer e imponer sus relatos, posiciones o ideologías, algunas xenófobas, nacionalistas y autoritarias, no amparadas en un discurso internacional políticamente correcto.


Sin embargo, los Derechos Humanos actualizados y proclamados desde la fundación de las Naciones Unidas, la democracia como sistema de vida y de gobierno, y los Estados constitucionales de derecho, siguen siendo fuente y referencia mejores que las vigencias internacionales políticas, jurídicas e ideológicas, previas a la victoria de los Aliados y luego a la descolonización del mundo


El crecimiento de Estados y actores no estatales, en una estratificación internacional del poder evidentemente poliárquica, con agrupamientos regionales de intereses y estrategias cruzadas, complica y demanda mejoras de doctrina e institucionalidad complejas, nada fáciles para un mejor orden y gobierno mundiales. Hay quienes sueñan con un imperio mundial, y todos los días vemos movimientos demográficos, religiosos, políticos, culturales y militares concentrados en los viejos continentes, inseparables de antiguas y nuevas utopías que matan.


Las presiones externas dominantes sobre nuestro Estado no podrán ser encaradas sino con gran esfuerzo y sacrificio, compartidos con justicia y equidad, porque hemos perdido estatura estratégica en lo económico y político, ¿o acaso somos ejemplo de gobernabilidad ni qué decir gobernanza? Nuestras fronteras reales están debilitadas, su porosidad se ha incrementado, los tres niveles de gobierno están dando paso sin pausa a la aplicación de estrategias, tácticas y decisiones de autonomismo en nombre de propiedades ancestrales y la armonía medioambiental, mientras el vecino sub hegemónico y las potencias continental y extracontinentales, despliegan sus operaciones económicas políticas y militares sobre América del Sur. ¿Nadie sabe para quién trabaja?


Nos quedan, pese a todo, recursos humanos y naturales para salir adelante a condición de pedir lo imposible: no nos suicidemos y superemos el reino de la opinopatía y la opinocracia. Estos males impiden buenos acuerdos perfectibles en agroindustria, forestería y pesca con inversiones sostenibles, mayor productividad, satisfacción de mejor consumo interno y exportación, con base en productividad por persona y factor, a la vez que compartiendo beneficios, no aumentando desigualdades. Estas son tan malas como las ideologías que matan y como la endémica y más que bicentenaria corrupción.


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