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  • Foto del escritorMiguel Dávila Gagliardo

Miguel Dávila / Iniciando el viaje hacia el heroísmo


Dedicado a toda la primera línea de atención a los desastres climatológicos que vive nuestro país, entregados por propia decisión, y que mantienen su empeño, con la imagen mental perenne en los suyos.


Temprano en la mañana firme y atento, gustaba de la brisa fresca, madrugador fiel a su disciplina forjada en el mar desde los 14 años.


Miguel María deja su casa en la calle de Lezcano, una de las que conforma el Jirón Huancavelica en el centro de Lima. Cierra con cuidado el enorme portón colonial, para no retumbar el ambiente, pues en casa aún dormía su menor hija y su hijo recién nacido, con éste último sumaban 8 sus dependientes. Se empeñaba con mucho éxito en mantener un perfil bajo, por eso nació un 27 de julio, para no quitarle protagonismo a la patria.


Era un jueves de mayo, esos que aún amanecen mojados y al mediodía calientan un poco. Llevaba puesto un saco largo y oscuro, preocupaciones rondaban por su cabeza, pero no destruían su alma ni empeño. Tapaba su cabeza con un sombrero de paja toquilla que le hacía recordar su tierra y el suave tacto de su padre sobre su cabeza.


Su cara se mostraba tranquila, aunque una discusión con su esposa, lo había dejado pensativo sobre el futuro de su familia. ¿Qué harán si él les faltara?, una posibilidad clara, ante el peligro de las labores en las que viene poniendo toda su dedicación.


Llegando a la esquina se encuentra con María y su hijo Colán, otros paisanos madrugadores que vivían con él y ayudaban a su esposa en la casa; los quería como familia e incluso Colán lo acompañaba en alguna de sus faenas en el mar. Se despidió de ellos con un abrazo, tomó uno de los nuevos vehículos que se habían integrado al transporte urbano de Lima, "tranvías a sangre" les decían; este lo llevó hasta la puerta de los descalzos del Rímac, lugar predilecto para buscar claridad en sus decisiones y en las que Pedro, un franciscano de 66 años lo ayudaba.


Unas dos horas más tarde llegó a su embarcación en el Callao, en el tren vespertino desde Lima, viaje de 30 minutos entre campos que serían luego su añoranza.


Frente a él, estaba esa embarcación gris de metal, atravesada por líneas de tonalidades naranjas verticales que relucían ante los últimos rayos de sol del día, mostraban su abundante castigo de la sal del mar y escaso mantenimiento. Como su nave, él mostraba una gran humildad y entrega, aunadas a siempre dar soluciones y no quejas, estos son para su familia el mejor incentivo para estar orgullosos de su entrega, ante la indiferencia de las autoridades que deberían dar mejores y mayores recursos para su cruzada.


Sentado frente a la mesita de esa pequeña habitación ubicada a un lado de la sala de máquinas que empezaban a arrancar, consiguió la privacidad para escribirle unas notas a su esposa. Su preocupación: el cuidado de sus hijos y cómo atender las finanzas familiares en época de crisis, escribió: “[…] suplicarte me otorgues tu perdón si creyeras que yo te hubiera ofendido intencionalmente. […] pedirte atiendas con sumo esmero […]la educación de nuestros hijos idolatrados. […]Todo lo que poseo de fortuna, adquirida honradamente, está reducido a lo siguiente…”, describe con detalle alguno de sus ahorros y al mismo tiempo las deudas que debe honrar y le preocupan.


Luego prosigue: “Me lisonjea la idea que, al separarme de este mundo, tengan mis hijos un pan que comer, pues no dudo que la Nación te otorgue por lo menos mi sueldo íntegro, si es que muero en combate”, luego de esas palabras, selló la carta con la fecha de 8 de mayo de 1879 y las firmó con dos palabras, dos de las más queridas palabras inmortales, solo dos palabras que enorgullecen a los peruanos y extranjeros, solo ellas podrían tener el honor de ir escritas al final, colocadas allí para la eternidad: "Miguel Grau".



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