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Pablo Del Valle / Yo daría lo que fuera (1 de 3)

He querido mostrar este relato que escribí alguna vez y he fracasado en toda la línea, total y absolutamente. Nadie lo lee: es muy largo, o eso es lo que piensan los que no lo leen. ¿Y qué les puedo contar?, que estoy deprimido por el robo que han sufrido los de Estruendo mudo Librería + Editorial, que son grandes amigos, y porque ahora mi corazón late más rápido en las librerías?


Por un beso de la flaca yo daría lo que fuera

Al negro Mateo se le vio poco por las cantinas del centro de Lima. En realidad, sólo lo traté una o dos veces, pero porque estaba sentado en una mesa del Queirolo con Juan Ramírez Ruiz -a quien conocía-, seguramente con una botella de media res y la Coca Cola para el cuba libre de rigor. Ahora que Juan Ramírez ha muerto hablan mucho de él ("el teórico del movimiento poético Hora Zero" suelen decir) pero, en fin, yo lo que más recuerdo es una noche que salí del cine club del Museo de Arte, de ver El Ángel Azul de Von Sternberg, director del que decía Marlene Dietrich. Yo estaba hecho polvo por esas escenas tan humillantes, en las que el profesor Unrat termina haciendo el ridículo en un teatro, cacareando como un gallito y con sus buenas plumas en el trasero, y la verdad es que había salido del cine literalmente arrastrándome por el piso, de la humillación compartida, humillación frente a la mujer, frente a su poder sexual, a su atractivo enloquecedor, y había llegado a Las Rejas (uno de los bares más concurridos por los amigos del jirón Quilca), y había encontrado a Juan Ramírez Ruíz que me había servido del trago corto que había en la mesa, y creo que un cuarto de hora después yo ya había perdido la conciencia y simplemente lloraba, lloraba desamparado sin saber a qué atenerme.


Con esto. Juan Ramírez estaba a mi lado, y con los lentes resplandecientes llenos del reflejo de la luz de los fosforescentes de Las Rejas, me abrazó sin saber el motivo de mis penas y aflicciones. Ese es el recuerdo más claro que tengo de él y también de mucho antes, del 84 o 85, cuando nos botaban a la madrugada del Chino Chino, el bar que estaba junto al Parque Universitario. Los empleados empezaban a fregar el piso echando aserrín y pasando el trapo como signo de que ya estaban cerrando el bar, que la noche había terminado y que había que largar a los clientes o borrachos ocasionales, los borrachos que suelen ir hasta las últimas consecuencias. Nos botaban como si fuéramos la peor porquería a esas horas, pero creo que ni nos inmutábamos. Pero bueno, las veces que vi al negro Mateo fueron tomando en Queirolo con Juan Ramírez Ruiz, y hasta recuerdo que hablaron en esas noches de un documental que habían hecho juntos, algo que habían hecho hacia el año 70 donde dibujaban la pobreza de Lima, un cortometraje en blanco y negro, que pretendía ser un duro retrato neorrealista de Lima y sus extensísimos cinturones de pobreza.


Sin embargo, fuera de lo que hablaron ellos dos nunca he vuelto a oír que ese documental siquiera exista. El negro Mateo había estudiado cine en Río de Janeiro a fines de los 60s, y cuando estaba en Lima vivía en Barrios Altos. Él decía que había parado bastante con Chico Buarque de Holanda y la belha genti, todos los genios del bossa nova eran sus patas que lo tenían por algo exótico hasta el mundial de México 70, porque como era un negro peruano y ellos ignoraban que había negros en Perú, entonces resultaba un elemento exótico indispensable para hacer de las tardes y noches de música toda una vasta mescolanza de influencias y diversiones.


Claro, en México 70 ya salieron a flote Julio Baylón, el Nene Cubillas y Perico León, jugadores de la selección peruana de fútbol que enfrentó a Brasil en ese mundial, y el negro Mateo perdió un poco del exotismo que lo hacía atractivo a la mancha que ha dado esa música tan increíble en Brasil. También solía bajar a la playa en Ipanema y en una pequeña cabaña, encontraba siempre solitario, a las diez de la mañana o así, a Vinicius de Moraes que tenía el hábito de sentarse diariamente en la playa a tomar cervezas en esa cabaña, y de otro lado, como había sido embajador de Brasil en España, gustaba mucho de hablar en castellano, así que la compañía del negro Mateo le resultaba del todo grata para practicar nuestra lengua.


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