Roxana Orrego / Contradicciones y sostenibilidad
- Roxana Orrego
- 16 feb
- 5 Min. de lectura
Contradicciones y sostenibilidad: el devenir de nuestros valores en un mundo en continua transición
La historia de la humanidad, así como las historias personales, están basadas en contradicciones.
Ante el caos imperante, la reciente elección de Donald Trump y nuestro proceso electoral en ciernes, tendemos a buscar líderes salvadores, con mano dura, con la ilusión de que nos devolverán el orden ansiado ante tanto caos; pero, con pocas excepciones, la historia ha demostrado que esto es más escapismo que una solución real. A nivel social como personal no sólo es la fuerza la que realmente resuelve el problema, sino un proceso interno que comunica y pone en orden nuestras prioridades, que es capaz de establecer concesiones por un bien más grande y, sobre todo, que acepta la pluralidad, imponiendo respeto y no miedo.
En Perú a los 204 años de la declaración de su independencia, las contradicciones han marcado su historia política y social y han caracterizado su endeble democracia atrapada en ciclos de inestabilidad y corrupción. Su riqueza sigue sin poder ser gestionada a favor del bien común y los conflictos socioambientales son constantes, siendo mejor aprovechada por mafias ilegales. En cada proceso de elección el sistema político se debilita generando nuevas crisis. Estas tensiones no son solo peruanas sino son el reflejo de un mundo que avanza en medio de paradojas, negociaciones de poder y confrontaciones.
En Estados Unidos, el nuevo presidente ha generado fuertes contradicciones que denotan su propio caos interno: se presenta como defensor de la fe, pero impulsa deportaciones masivas que afectan a comunidades religiosas. Proclama la paz, mientras sus acciones en Gaza generan crisis humanitarias. Defiende el patriotismo, pero socava la diversidad e inclusión que han definido la identidad de EUA. Su retiro del Acuerdo de París, entre otros, ignorando que dicho acuerdo fue el resultado de décadas de negociaciones entre naciones y un intento de balancear el desarrollo económico con la sostenibilidad ambiental denota a un gobernante cuyo concepto de éxito parece individualista, donde el bienestar no se construye en conjunto, sino a expensas de otros.
Si optamos por la posición de que los valores son construcciones sociales y no intrínsecos al ser humano, es evidente que veamos en este nuevo gobierno un salvavidas. Pero, si vamos al punto medio y tratamos de leer el devenir de la historia como una evolución de valores, podríamos decir que la sostenibilidad, aunque aún no se consolida como un principio ético universalmente aceptado, es una tendencia irreversible.
En las últimas décadas, la sostenibilidad se ha ido consolidando como un valor clave en el discurso global, pero su primacía no es incuestionable. Mientras que la digitalización y la inteligencia artificial avanzan desde la lógica, la eficiencia y la optimización, la sostenibilidad representa un principio ético emergente. No es solo una estrategia de gestión, sino una forma de comprender el mundo desde la interdependencia y la responsabilidad. A diferencia de otras tendencias puramente tecnológicas, la sostenibilidad busca integrar el progreso con una conciencia ética, asegurando que el desarrollo no se haga a costa del bienestar de las futuras generaciones. Quizás por eso su afianzamiento viene siendo lento y no exento de debates sobre si representan un cambio estructural evolutivo de la humanidad o si son estrategias que buscan mantener el statu quo bajo una nueva narrativa.
La pluralidad de sociedades, de ideologías y de instituciones demuestra que la gran construcción de valor de este siglo es la sostenibilidad. Curiosamente, su impulso no vino de los movimientos ambientalistas, sino de los sectores financieros y técnicos. Los principios ASG (ambientales, sociales y de gobernanza), iniciados en la década de los setenta, o la emisión de bonos verdes a inicios de los 2000, fueron hitos relevantes impulsados desde el ámbito financiero.
Desde mi experiencia gestionando programas de inversión en sectores productivos y ambientales, así como liderando proyectos y entes normativos, he visto de primera mano cómo las contradicciones entre mercado y sostenibilidad son reales, pero no insalvables. A pesar de las resistencias, la sostenibilidad avanza porque la evidencia es innegable: la degradación ambiental y el cambio climático ya no son meras proyecciones, sino realidades tangibles que exigen acción. En eso, todos parecemos estar de acuerdo, lo que parece dividirnos es el cómo enfrentamos ese desafío al cual unos han contribuido más que otros.
Estos problemas locales que alcanzan un nivel de discusión mundial surgen de la propia dinámica del devenir de las sociedades. Ante ello, la axiología diría que las contradicciones que observamos en el desarrollo de las sociedades son un reflejo de la diversidad y la complejidad de los valores en juego. En el siglo XX, esa contradicción llevó a la gran discusión de si todos los seres humanos tenían la dignidad del ser humano, el cual por siglos había sido un principio cristiano. Sin embargo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 sentó las bases laicas y hoy es un principio fundamental: todos somos iguales en valor y ante la ley. No fue un diálogo fallido ni un saludo a la bandera, sino una base ideológica que aún sigue en constante desarrollo y aplicación.
El Acuerdo de París también lo fue. Fue la conclusión de un largo diálogo entre naciones que se fundamenta en la evidencia y la preocupación global de los límites del planeta y la necesidad de un mejor manejo. Ante ello, que el presidente actual de los EUA renuncie a ese acuerdo no lo desmorona; lo convierte en un capítulo más, en una pieza más en la historia de la construcción de las sociedades. El rumbo está claro.
Las contradicciones son parte esencial de la construcción de nuevas realidades. No son malas en sí mismas sino al contrario, han sido el motor del cambio y han permitido que ciertos valores se consoliden con el tiempo. En mi opinión, las tendencias sostenibles son más fuertes y persistentes que las visiones de gobernantes de turno.
El modelo de mercado imperante, con los valores que lo sustentan, ha contribuido a generar daños ambientales que amenazan la supervivencia global y la calidad del ambiente natural. Eso no lo hace intrínsecamente malo, sino un modelo de desarrollo en evolución. Como ejemplo, la creciente migración de lo rural a lo urbano exacerba las crisis sociales, ambientales y los desencuentros, como lo vemos en Lima, pero también nos invitan a la necesidad de un cambio. Por otro lado, el retorno a lo “sostenible” como modo de vida —es decir, el estar en contacto con la naturaleza, espacios limpios y alimentos orgánicos— es solo posible para ciertos segmentos sociales.
Es evidente que avanzamos lento y con retrocesos, quizás contradictorios, pero avanzamos. Las jerarquías sociales y los sistemas de valores han cambiado con el tiempo, y seguirán haciéndolo a medida que la humanidad redefine sus prioridades.
De dictaduras está plagada la historia y la democracia sigue siendo un ideal hacia el cual avanzamos lento y con retrocesos, pero avanzamos. A nivel social tanto como a nivel personal, no es la fuerza la que realmente resuelve el problema y elimina el caos, sino un proceso interno que pone en orden nuestras prioridades, que es capaz de establecer concesiones por un bien más grande y, sobre todo, que acepta la pluralidad, imponiendo y gobernando desde el respeto y no desde el miedo, el cual genera rechazo y venganza y a la larga, retroceso. Podría decirse que el principio central es la coherencia entre lo que valoramos y cómo actuamos, pues son nuestras acciones las que finalmente consolidan o desmoronan los valores que proclamamos.
Ahora bien, hay algo en ese devenir histórico, algo en esos valores intrínsecos y en esas discusiones mundiales que nos trasciende en el tiempo humano pero que definitivamente marca el rumbo de nuestra existencia como especie. La voluntad humana, la decisión personal tanto como la voluntad colectiva hacen la diferencia.
La única vía posible —más aún ahora, con la arremetida de la inteligencia artificial— es empoderarnos de lo que nos hace humanos y de lo que nos sustenta como especie: la tierra. La naturaleza.








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