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Saúl Barrera / El soldado de Tarapacá y Arica


– ¿Cuál es a su juicio, doctor Basadre, el más importante significado de la batalla de Tarapacá?


La batalla de Tarapacá es parte de todo un proceso, dentro del conjunto de la campaña terrestre. Para fines de mis investigaciones, yo he dividido la guerra en varias etapas. Primero, la campaña naval, de abril a octubre de 1879, una fase muy honrosa para el Perú, en que, con un solo buque, el Huáscar, el Perú detiene la invasión chilena. Si se hubiese producido el milagro de que esa etapa se prolongase, habría sido posible que se produjese la mediación de potencias extranjeras. Seguidamente viene el segundo acto del drama, o sea la campaña terrestre. Esta campaña creo que puede dividirse en la siguiente forma. Primeramente, la parte en la que actúa el ejército de línea, el ejército profesional. Ésta es la campaña de Tarapacá que incluye diversas acciones, asimismo la batalla de San Francisco que pudo haberse convertido en la catástrofe má­xima, que acaso habría ocasionado la dispersión del ejército pe­ruano del mismo modo que se produjo la retirada de las tropas bolivianas.


Derrotados los peruanos en esta batalla de San Francisco, al dirigirse hacia un cerro en donde estaba el ejér­cito chileno con su artillería moderna y poderosa, se produce la retirada del ejército peruano. Ésta se realiza por tierra, porque ya no teníamos armada. Esa gente marcha hacia Tarapacá. Se trataba de un ejército que había pasado por una serie de su­frimientos, que tenía inmensas dificultades en alimentación, elementos militares, mapas, y en las condiciones más adversas, inclusive en el aspecto de municiones. Habíamos perdido tam­bién la poca importante artillería que tuvimos.


– Si éste fue el ejército que llegó a Tarapacá, tan desprovisto de todo, entonces, ¿cómo se explica la victoria peruana?


Hubo una razón poderosa, pero déjeme agregar algo an­tes. Este desplazamiento tenía por meta buscar contacto con Arica. Dijimos que no tenían mapas. Usaban guías conoce­dores de cada zona. Este ejército formado en su mayoría por militares de carrera y por algunos civiles armados, pasa por el pequeño pueblo de Tarapacá, tierra del Mariscal Ramón Castilla, Los chilenos, convencidos de que estas tropas estaban moralmente liquidadas y físicamente en pésimas condiciones, así como ca­rentes de las armas necesarias, mandaron en su persecución fuerzas compuestas por soldados de las tres armas: infantería, artillería y caballería. Estas tropas encontraron a los peruanos cuando descansaban en el pueblo de Tarapacá, y se desata el combate. Entonces se produce lo que pareciera el gran mila­gro. Las fuerzas peruanas, integradas en su mayor parte por soldados indígenas, escalan determinadas posiciones dominadas por los chilenos. Al mismo tiempo se combate en el pueblo de Tarapacá, casa por casa.


Se producen casos extraordinarios co­mo por ejemplo la captura de cañones chilenos que son luego utilizados por soldados peruanos contra las mismas fuerzas chi­lenas, al tiempo que soldados peruanos van cogiendo fusiles y municiones de los soldados adversarios. En esas condiciones, gracias al arrojo de los soldados indígenas, se gana la batalla, en un episodio que enorgullecería a cualquier ejército de cual­quier parte del mundo. La derrota del ejército chileno se com­pleta en los instantes más cruciales de la batalla con el retorno de una avanzada peruana que había marchado hacia Arica pe­ro a la que se le había enviado un mensajero con la orden de regresar de inmediato.


Así se gana la batalla, haciendo presente que además de la insuficiencia de armamento, nuestras fuerzas no tenían ni caballos ni cañones, o sea que los soldados de estas armas pelea­ron como infantes. Determinar si la ausencia de estas deficien­cias en esta campaña podía haber cambiado el curso de la gue­rra sería entrar en el terreno de la fantasía. Este ejército mal comido, desprovisto de tantas cosas, sigue caminando. Victorio­sos en Tarapacá, conscientes de que su presencia hacía falta en otros lugares, siguieron su caminata hacia Arica. Así pues, a la victoria de Tarapacá sigue la heroicidad de la marcha por el desierto, buscando las rutas más difíciles y peligrosas en pre­visión de nuevos enfrentamientos con las fuerzas chilenas que eran más numerosas por esos lugares. La marcha empieza el 28 de noviembre en Tarapacá, y llegan el 18 de diciembre a Arica. Este ejército, a pesar de las dificultades en alimentos y transportes, en su carencia de armamentos y pertrechos llega entero a Arica.


Esto constituye pues un verdadero himno a las grandes condiciones que tiene el soldado peruano, el soldado indígena. Estaba entre ellos, por ejemplo, el batallón Zepita conformado casi únicamente por soldados indígenas, cuyo jefe era Cáceres, serrano. Y esto responde a la primera pregunta que me hizo sobre el significado que tiene este episodio: demostró la gran capacidad combativa del soldado peruano, el soldado indígena, capacidad que ya había evidenciado desde la época de la guerra de la independencia, protagonizando titánicas y ve­loces marchas a través de la sierra y combatiendo encarnizadamente.


Referencias:

Basadre, Jorge. 1978. Apertura: Textos sobre temas de historia, educación, cultura y política, escritos entre 1924 y 1977. Lima: Ediciones Taller.


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