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Víctor Castañeda / La utopía de lo que puede pasar




Mirando la fotografía línea arriba, me pregunté (al estilo Zavalita) en qué momento se jodió el Perú. La verdad no creo haya sido en los últimos veinte años, pues siempre estuvo aquí presente la maldita desigualdad. Tal vez si vivieran Raúl Porras, José Matos Mar o Aníbal Quijano, lo explicarían mejor de lo que intentaré, pero si de algo me puedo jactar, es que en mis propias palabras diré algunas cosas, que se han mantenido distantes en el tiempo y la historia, empecemos pues.


Hace un tiempo, cuando leí por primera vez a Maria Rostworowski me impresionó mucho la crudeza con que narra la historia de los Pongos en el Incanato, de los cuales es muy irrisorio lo que se sabe, pero que cualquier similitud a piltrafa humana le calza perfecto, y es que era la imagen de ese hombre que antes que pisara suelo el Inca, cual alfombra humana, se deslizaba boca abajo para sobre su espalda soportar la humanidad del hijo del sol. Sinónimo que ya desde entonces existía desigualdad y abuso de las élites.


Luego, vendría la colonia que extendió esto, exacerbando el odio y resentimiento del indio, en palabras de Mariátegui, a su clase opresora. Para precisar esto de forma contundente, puedo decir que Pedro Zulen, el importante historiador peruano chino, investigó el tema, encontrando que desde la colonia al año 1925 se dieron más de 4000 rebeliones indígenas, lo cual dice mucho de un indio nunca realmente dominado, y que tampoco estuvo conforme con ese proceso de dominación instaurado.


Ya en la República esto fue, en palabras de Adela Cortina, la aporofobia de no mirar al pobre así pase en frente de sus narices, hecho que se dio hasta muy entrado el siglo XX, y que solo con gritos libertarios como los de Haya de la Torre y Mariátegui, se evidencio un descontento social que aumentaba y llegaba a la gran capital embestida por grandes olas de migrantes.


Velasco, Alan y Fujimori, trataron de corregir esto dándole espacio al migrante a través de la formalidad, la posesión de tierras, vivienda y empleo, pero lo cierto es que solo dinamizó esta vorágine social hacia algo que aún en este tiempo y en el fondo de sus entrañas no cambia: “la asunción al cerro”, la invasión del terreno y por ende más aporofobia y discriminación social.


Quisiera explicarlo de otra manera, pero busco aproximarme nuevamente dentro de esa fotografía arriba, y ver cómo vive esa gente, qué se lleva a la boca y qué piensa de la patria que lo acurruca en la punta de un cerro ofreciéndole solo precariedad, indiferencia y olvido. Trato y trato de pensarlo y vienen a mi mente los quilombos o Favelas brasileños como imágenes de guetos marginados por la miseria, que viven un mundo ancho y ajeno, donde difícilmente se podía construir algo.


Hoy que los días pasan y no se habla de la amplitud de esta crisis, una reflexión o proyecto alternativo es necesario y urgente, pues el ejecutivo está viendo todas sus brechas juntas como la peor pesadilla de su vida en cincuenta años. Tal vez, no haber dejado llevar a cabo la revolución silenciosa de clases medias por demandas de servicios sociales (educación, salud y trabajo) que, de haberse hecho, sería otra la historia para todos, sea el problema originario.


Por otro lado, pensar que solo el gobierno nos va sacar del problema es una utopía, trae una mochila con más peso del que puede cargar. Pero si hay algo que hacer, es sacar el peso de la indiferencia a desarrollar políticas públicas con sensatez, buscando la mejor conducción de esta nueva sociedad que va dejando el coronavirus.


Finalmente, una segunda oportunidad para la revolución de las clases medias está por inundar toda Latinoamérica, claro que hay grupos más liberales y otros más comunitarios, por lo que debemos estar preparados para construir esta nueva sociedad sabiendo dónde están las fuentes de valor en todo el Perú: Feminismo, Multiculturalidad, Innovación, Asociatividad, Redes Humanas y No Humanas de repente sean una de las salidas. O como dice su santidad “Amar al prójimo como a uno mismo”.


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