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Víctor Vásquez / Jaime Salomón / Jhair Vásquez / Agricultura, brechas y promesas (2 de 7)

Agricultura, brechas y promesas (2 de 7)


2. El maíz amarillo duro: hacia una mirada diferente

Si bien el amarillo duro es uno de los cultivos con un peso relevante en el VBP agrícola y con una creciente demanda del sector avícola, en los últimos once años mostró una caída constante en la producción, pasando de 5,1 % en el 2007 a 3,8 % en el 2018. Esa incongruencia se explica por al acelerado crecimiento del sector avícola relacionado a la dependencia externa de este insumo.

La realidad es que la producción interna nunca ha estado en capacidad de abastecer la creciente demanda interna nacional. Por ejemplo, en el 2007 la producción interna fue de 1,12 millones de toneladas y 11 años después de 1,26 millones; es decir, con un crecimiento acumulado de solo 12,6 %; mientras que la importación tuvo un incremento del 126% pasando de 1,56 millones de toneladas en el 2007, a 3,5 millones en el 2018.

El crecimiento de las importaciones sigue siendo uno de los motivos para discusiones; muchas de ellas de carácter político y basadas en argumentos falaces, como que el gran culpable han sido los Tratados de Libre Comercio – TLCs suscritos por el Peru y los países de más alta demanda e ingresos del mundo. Internamente sus defensores argumentan que esta política de apertura compite de manera desleal con la producción interna, afectando directamente los ingresos de los productores.

La verdad frente a estos argumentos, cargados de medias verdades, se encuentran en el real desbalance existente entre el crecimiento de la producción interna de maíz y los subsectores pecuarios demandantes del maíz. Mientras que en los últimos años la productividad agrícola maicera (rendimiento) ha tenido un crecimiento promedio del 1,4 % anual y la superficie cosechada del 1,6 %, los crecimientos no satisfacen la creciente demanda internas del subsector avícola, que mostró un crecimiento anual del 7,5%. El crecimiento interno de la demanda se explica por el mejoramiento de los ingresos de la población resultante del crecimiento económico de algunas regiones

Así, se esconde una sola y gran verdad, que a pesar de la realidad, muchos de los elegidos por el pueblo no desean enfrentar y reconocer la falta de existencia de una política de Estado en materia agraria; siendo lo que oficialmente existe un alejamiento de la construcción de una agricultura competitiva y rentable para los productores y para la sociedad, por los bajos crecimientos agrícolas extensivos, por la escasa y restrictiva oportunidad de financiamiento, por las populistas medidas de protección (SFP) y por los recientes anuncios de restricciones a las importaciones. Se debe entender que el continuar con la “seudo política agraria” es seguir condenando en la miseria a cientos de miles de productores maiceros, sobrecargando en costos a los consumidores y, sobretodo, dejando de aprovechar las nuevas y rentables oportunidades que se derivan de los mercados globales (TLCs), que es un espacio que la agricultura moderna sigue conquistando alrededor del mundo.

Mientras la actividad maicera sigue envuelta en muchas medias verdades allegadas a la falsedad y que solo alimentan los argumentos para seguir conviviendo con la falta de productividad y competitividad; la realidad es que se requiere la re-conceptualización y reconfiguración productiva que esté sustentada en el análisis de nuestras privilegiadas oportunidades comparativas, desterrando aquel falso mito que dice “podemos y tenemos que autoabastecernos de maíz”.

2.1. Mirando la realidad

Estructuralmente, la producción de maíz amarillo duro está sustentada en la mediana agricultura con el 67 % de la producción interna, que representa el 36 % de la población de casi 200 mil productores maiceros. Mientras, la pequeña propiedad genera el 33 % de la producción interna, representando el 64 % del total de productores. Esta configuración nos susurra que el maíz amarillo duro es un cultivo socialmente gravitante y que genera 16.6 millones de jornales (Gráfico 1).

Los países que aportan grandes volúmenes en el mundo utilizan grandes extensiones (EE.UU., Argentina o Brasil); mientras en nuestro país el promedio de unidad productiva está entre 0,7 y 9 hectáreas. Esta gran desventaja explica el por qué no somos competitivos.

Si el enfoque es reducir la brecha de importaciones deberíamos manejar una estrategia de costo – beneficio buscando que los beneficios sociales y económicos sean mayores a los costos que representaría el asignar recursos para la producción interna.

Otro indicador de estímulo para la producción de maíz amarillo duro es el precio en chacra que reciben los productores, que al final terminan explicando -en parte- los niveles de rentabilidad del cultivo. Al respecto, entre el 2007 al 2018 el precio corriente en chacra aumentó en un promedio de 6.8 % anual, pasando de 0.60 soles por kilogramo en el año 2007 á 1.05 soles por kilogramo en el 2018; pasando la producción nacional de 1,12 millones de toneladas en el 2007 á 1,26 millones de toneladas en el 2018, es decir, un incremento anual de solo 1,15 %.

También es necesario analizar y comparar el comportamiento y composición de los costos de producción. Cerca del 55 % de los insumos en el cultivo del maíz están dolarizados y el tipo de cambio repercute directamente en el valor final. A estas influencias, se suma la prevalencia del comercio informal (venta en chacra) y de los intermediarios, como la baja influencia de los agricultores en la fijación de los precios .

Desde inicio del año 2004 está vigente el sistema de franja de precios, implementado como mecanismo de “compensación” más que de protección a la producción local esperando con ello reducir las importaciones de maíz “subsidiadas”. A pesar de la existencia de este mecanismo de gravamen a las importaciones, los volúmenes han tenido un crecimiento acentuado: en el año 2000 se importaron 0.854 millones de toneladas, en el 2007 se importó un total de 1,56 millones de toneladas, mientras que en el 2020 un total de 3,70 millones de toneladas; es decir, un incremento de 137.2 % (ritmo anual de 10.6 %). (Tabla 1).


Siendo el maíz amarillo duro un producto global (commoditie), el origen de las importaciones está muy relacionado a los acuerdos comerciales que el Perú mantiene; por ejemplo, en el periodo 2007 – 2018 las importaciones provenientes de los Estados Unidos de Norteamérica, pasaron del 27% al 94% del volumen total, desplazando a las provenientes de Argentina que pasaron del 71% al 6%.

El maíz amarillo duro cumple una función importante dentro del sistema agropecuario considerando que el 20% es utilizado para alimentar a las crianzas familiares, un 0,6 % como auto insumo (semilla) y casi el 80 % tiene como destino las granjas porcinas y los centros de preparación de alimentos balanceados. Otro hecho real es que la producción interna de maíz está relacionada a la alta informalidad de los productores maiceros y no está necesariamente articulada a la gran y mediana industria avícola.

En este contexto, está la presencia dominante de agentes de intermediación en el comercio interno, de una industria avícola formalizada y usuaria mayoritaria de las importaciones, así como el sistema de franja de precios vigente; todos están impactando en forma diferenciada en la evolución interna del cultivo de maíz que, por sus resultados en términos rentabilidad y competitividad interna, valdría la pena sean revisadas de manera urgente en pro de la búsqueda de mecanismos más eficientes para alentar una productividad y consecuente competitividad real y sostenible del productor maicero en particular.


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