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Yaneth Arteta / Hacia una educación formativa moral (1 de 2)


El comportamiento poblacional en general (ciudadanos y autoridades), nos viene mostrando su más cruda debilidad en las circunstancias del COVID-19, y aun cuando los diversos escenarios de este comportamiento merezcan un análisis más amplio, nuestro artículo de hoy se circunscribe básicamente al comportamiento de la población en torno a las medidas restrictivas para frenar la pandemia del COVID-19, con manifestaciones entre las conservadoras, respetando las normas, hasta las más audaces y esquivas.


Precisando el escenario, es posible que ¨quedarse en casa¨ haya sido una de las medidas del aislamiento social que contribuyeron a la disminución de una ¨mayor¨ propagación de la pandemia, sin embargo, esta medida no fue lo suficientemente acatada por personas que salieron a la calle por necesidad y sin ella, y salir sin necesidad se pudo evidenciar en las distintas clases sociales y económicas vulnerando las restricciones para el control de la infección.


Los noticieros de la televisión por varios días mostraron el afán de salir a la calle sin aparente necesidad, y entre los muchos, un adolescente con reprimenda y ¨cachetada¨ del capitán Cueva, intentaba su reflexión ante el riesgo de no quedarse en su casa, actitud por cierto en exceso en el anhelo del control de la sociedad para que se cumplan las normas de aislamiento social. Cachetada que, si bien fue una exageración, lo fue más el escarnio que la sociedad en gran parte hizo de ello.


Pero fíjense que un par de días después o algunos más, vemos en la TV, que una madre con una actitud de protección para ella y su familia y de reprimenda y furia para su hijo por salir de casa, lo golpea con la chancleta para que retorne a su hogar, igualmente otra madre en enojo e ira, aplaude que la policía se lleva a su hijo a la comisaria por encontrarlo en la calle en pleno estado de emergencia, recriminándole por su conducta indisciplinada ante el riesgo de la infección.


En el primer escenario de indisciplina, por un lado, para las fuerzas del orden se asume la represión cuestionadora de su conducta hasta una sanción extrema, no sé el grado de lo justo o injusto, mientras que para el infractor una tolerancia pasiva, aun cuando pueda desencadenar el contagio y la muerte. En el segundo escenario (días después), se aprecia otras infracciones a la vida/muerte y una conducta activa de reprimenda al transgresor por parte de la propia madre, he ahí las ciudadanas. En ambos escenarios se produce una doble moral de la valoración las infracciones, justas o injustas dependerá del valor y la protección a la vida.


Pues toda acción tiene una reacción. Después de la cachetada ¨Cueva¨ como hoy se conoce, y sobre todo por la medida disciplinaria ¨excesiva¨ a la que fue sometido, las fuerzas del orden claramente reprimieron su accionar para el control social, y se sumó la tolerancia pasiva, medida que fue muy bien aprovechada por miles y miles de peruanos para el descontrol social, dado por un lado el ¨exceso¨ de proteccionismo a la indisciplina (primer escenario) y por otro, el ¨exceso¨ en la dimensión de críticas y medidas disciplinarias. Escenario que, si bien ha sido aislado, condujo a una gran repercusión de efectos sociales de desacato a las normas de prevención ante el COVID-19, conjugación de excesos que posiblemente están contribuyendo a un tercer comportamiento de ¨exceso¨, cuyo efecto lo vemos hoy en los miles de muertos por la pandemia COVID-19.

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