Alejandro Narváez / El dinero es político
- Alejandro Narváez

- 1 mar
- 5 Min. de lectura

El dinero es político, siempre lo ha sido
Una de las ficciones más persistentes de la economía convencional es la idea de que el dinero es neutral, un simple velo técnico que facilita el intercambio y no altera las relaciones sociales de fondo. Esta narrativa, repetida en manuales y discursos oficiales, ignora un hecho histórico y empírico elemental: el dinero es una institución política, creada, regulada y utilizada por el poder, y casi nunca de manera neutral. Desde el patrón oro hasta el actual sistema monetario fiduciario, el dinero ha servido para ordenar jerarquías, disciplinar sociedades y proteger intereses específicos. No es casual que los grandes debates monetarios coincidan con periodos de crisis, guerras y reconfiguraciones del poder global. Aquí presento algunas preguntas incómodas y respuestas para desmontar esas narrativas.
¿El dinero es neutral?
La neutralidad del dinero es más un supuesto metodológico que una realidad histórica. En la práctica, los cambios monetarios alteran precios relativos, redistribuyen ingresos y afectan de manera desigual a trabajadores, empresarios, deudores y acreedores. Keynes (1920), en su libro “Las consecuencias económicas de la paz”, ya advertía que “no hay medio más sutil y seguro de subvertir la base existente de la sociedad que corromper la moneda” El dinero, lejos de ser neutral, reordena ganadores y perdedores, especialmente en contextos inflacionarios o deflacionarios.
¿Para quién funcionaba el dinero durante el sistema del patrón oro?
El patrón oro (1870 - 1914), idealizado por la ortodoxia como sinónimo de estabilidad y disciplina, funcionaba esencialmente en favor de los acreedores. Al anclar la oferta monetaria a la disponibilidad de oro, se imponía una rigidez que obligaba a los países deficitarios a ajustar vía deflación, caída de salarios y recesión. Polanyi (1944), en su obra “La gran transformación” mostró cómo este sistema sacrificó el empleo y el bienestar social para preservar la “confianza” de los mercados financieros internacionales. En otras palabras, el patrón oro no era neutral: protegía el capital financiero, y castigaba a las economías periféricas y a los trabajadores.
¿Y en el sistema monetario actual: para quién funciona el dinero?
El abandono del patrón oro no eliminó el carácter político del dinero, solo lo transformó. En el sistema fiduciario contemporáneo (1971), el dinero es creado mayoritariamente por el sistema bancario a través del crédito, bajo la supervisión de los bancos centrales. Formalmente, estos últimos buscan estabilidad de precios, en la práctica, suelen priorizar la estabilidad del sistema financiero. La evidencia posterior a la crisis financiera de 2008 es elocuente: rescates bancarios, expansión monetaria masiva y socialización de pérdidas, mientras la recuperación del empleo y los salarios fue lenta y desigual (Stiglitz, 2012).
Manipulación monetaria: ¿mito o realidad?
Hablar de “manipulación” monetaria no implica teorías conspirativas, sino reconocer que las decisiones monetarias son decisiones políticas. La fijación de tasas de interés, los programas de compra de activos o las intervenciones cambiarias como viene haciendo el BCRP en los últimos meses (Narváez, febrero 2026) benefician a ciertos sectores más que a otros. Los periodos de tasas ultra-bajas favorecen a los grandes deudores y a los mercados financieros. Los ajustes monetarios bruscos, en cambio, castigan a hogares y pequeñas empresas. Como advierte Minsky (1986) en su trabajo “Estabilizar una economía inestable” la estabilidad monetaria prolongada tiende a generar inestabilidad financiera, al incentivar comportamientos especulativos.
¿Quién controla el dinero y en beneficio de quién se gestiona?
Formalmente, los bancos centrales son instituciones independientes. Materialmente, operan dentro de un entramado de poder económico y político. Su “independencia” suele significar autonomía frente a gobiernos de turno, pero no necesariamente frente a los intereses del sistema financiero. En muchos países, la prioridad de la política monetaria es anclar expectativas de inflación y proteger el valor de los activos financieros, aun cuando ello implique sacrificar crecimiento o empleo. Como señala Epstein (2005), la independencia de los bancos centrales no es neutral: refleja una preferencia institucional por los acreedores (prestamistas). Siempre ha si así.
Dinero y poder: una relación estructural
El dinero es poder porque permite decidir qué se produce, quién accede al crédito y en qué condiciones. Y el poder, en cualquier sistema social, tiende a concentrarse. La concentración bancaria, la financiarización de la economía y el peso creciente de los mercados de capitales refuerzan esta dinámica. No es casual que una parte significativa de las utilidades globales se concentre en el sector financiero, incluso en periodos de bajo crecimiento real (véase caso Perú 2025). El dinero, así, deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo.
El dinero es demasiado importante para dejarlo al azar
La idea de que los mercados financieros se autorregulan ha sido desmentida repetidamente por la historia. Desde la Gran Depresión de 1929 hasta la crisis financiera global del 2008, el “azar” del mercado ha requerido siempre la intervención del Estado para evitar colapsos sistémicos. Sin embargo, estas intervenciones suelen ser asimétricas: se rescata al sistema financiero, pero se exige austeridad a la sociedad. Como advertía el papa Francisco (2015), “la economía no puede seguir confiando en la mano invisible del mercado” cuando ésta produce exclusión y desigualdad.
Estabilidad monetaria versus estabilidad económica
Uno de los errores más persistentes es confundir estabilidad monetaria con estabilidad económica. Un país puede tener inflación baja y, al mismo tiempo, alto desempleo, precariedad laboral y desigualdad, ejemplo, el Perú. La obsesión por el índice de precios puede invisibilizar problemas estructurales más profundos. El viejo Keynes (1936) lo planteó con claridad: el objetivo último de la política económica debe ser el empleo y el bienestar, no solo la estabilidad monetaria.
¿El sistema monetario está diseñado para defender a los acreedores?
Históricamente, sí. Tanto en el sistema patrón oro como en el sistema actual, las reglas monetarias tienden a proteger el valor real de las deudas y los activos financieros (acciones, bonos, fondos de inversión, etc.). La inflación es tratada como el enemigo principal porque erosiona el poder adquisitivo del capital financiero, mientras que la deflación —mucho más dañina para la economía real— suele ser subestimada. Esta asimetría revela el sesgo estructural del sistema monetario en favor de los acreedores (prestamistas).
El poder de los bancos centrales: ¿técnico o político?
Los bancos centrales no son meros árbitros técnicos. Sus decisiones son políticas y tienen efectos distributivos y sociales profundos. Determinan quién accede al crédito, a qué costo y con qué riesgos. En contextos de crisis, se convierten en actores políticos de primer orden, capaces de sostener o hundir sectores enteros de la economía. Negar este poder es negar la realidad.
Conclusión
El dinero nunca ha sido neutral ni apolítico. Ha sido, y sigue siendo, un instrumento de poder. Cambian los sistemas —patrón oro, dinero fiduciario, finanzas digitales—, pero persiste la pregunta central: ¿al servicio de quién se organiza el sistema monetario? Mientras el dinero se gestione prioritariamente para proteger a los acreedores y al capital financiero, la estabilidad monetaria seguirá coexistiendo con inestabilidad social. Repensar el dinero no es un ejercicio técnico, sino un debate político y ético impostergable para quienes queremos una sociedad menos desigual y más humana.




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