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Alejandro Narváez / Las elecciones y el dólar 

  • Foto del escritor: Alejandro Narváez
    Alejandro Narváez
  • hace 7 horas
  • 5 Min. de lectura

Las elecciones y el dólar: miedo, especulación y poder

El dólar vuelve a ser utilizado como termómetro del miedo político en el Perú. Su reciente subida no puede explicarse únicamente por fundamentos económicos, ni imputarse al avance de la izquierda peruana en las recientes elecciones. Lo que existe es una mezcla peligrosa de factores: incertidumbre electoral, especulación financiera, mensajes de miedo recurrentes de medios de comunicación, una actuación del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) que merece ser discutida con serenidad (no con devoción) y la alarma infundada de la élite económica peruana ante un proyecto de cambio del modelo económico imperante. En una economía parcialmente dolarizada, el tipo de cambio no solo expresa oferta y demanda de divisas: también expresa poder, desconfianza y capacidad de algunos sectores para convertir el miedo en precio.

 

Factores de la apreciación del dólar 

El primer factor detrás de la subida del dólar es la incertidumbre electoral. Reuters informó que el avance de Roberto Sánchez, generó nerviosismo en los mercados por sus propuestas de nueva Constitución, revisión de contratos mineros y mayores impuestos a la riqueza o ganancias extraordinarias, combate a la brecha de desigualdad y la búsqueda de una mayor equidad en el país.

 

Pero una cosa es decir que los mercados reaccionan ante la posibilidad de un gobierno de izquierda, y otra muy distinta es afirmar que la izquierda “causa” directamente la subida del dólar. No hay evidencia verificable de que Roberto Sánchez y la izquierda estén detrás de la apreciación del dólar. Lo que sí existe es una reacción natural: empresas, bancos, fondos, casas de cambio y familias compran dólares por temor a un futuro incierto en un país inmersa en una profundad crisis política. En economía, muchas veces la expectativa produce el hecho: si todos creen que el dólar subirá, compran dólares; al comprar, efectivamente lo hacen subir.

 

El problema es que esa desconfianza no nace en el vacío. Se alimenta de una narrativa repetida hasta el cansancio: si gana la izquierda, el dólar se dispara; la izquierda es peligrosa, debe ser derrotada, etc. Así se fabrica una profecía autocumplida. Algunos analistas de medios de dudosa reputación no están explicando el mercado; están ayudando a producirlo. Cuando un analista advierte todos los días que Roberto Sánchez sería un “peligro” para la estabilidad, no solo describe un riesgo: contribuye a instalarlo en la psicología colectiva.

 

El segundo factor es la memoria de Pedro Castillo. En 2021, el dólar llego a S/ 4.049 en medio de la incertidumbre por el rumbo económico del nuevo gobierno, la composición de su gabinete y el debate en aquel entonces sobre la continuidad de Velarde en el BCRP.  Ese momento reveló que el mercado de divisas temía aparentemente a un presidente de izquierda; y quizás el mayor temor seria, que se toque el “santuario” monetario: el BCRP. Cuando Castillo ratificó a Velarde, cerró el año con S/ 3.960, mostrando que la continuidad de Velarde actuaba como señal de tranquilidad para los agentes económicos.

 

La comparación con Castillo, sin embargo, debe hacerse con cuidado. Castillo ya era presidente cuando el dólar superó los S/ 4; Sánchez todavía es candidato. Castillo había nombrado gabinete y enviaba señales poco claras; Sánchez aún no gobierna. Por tanto, el mercado no está castigando hechos consumados, sino posibilidades. Y cuando el mercado castiga posibilidades antes de que ocurran, deja de comportarse como termómetro neutral y empieza a comportarse como actor político.

 

El tercer factor es el BCRP. La crítica es legítima: si el Banco Central compró dólares cuando el dólar caía a inicios de 2026, ¿por qué no vende con la misma fuerza cuando sube por tensión electoral? El Reporte de Inflación de marzo de 2026 señala que entre enero y febrero el BCRP realizó compras de US$ 9.663 millones en 2026.  Si el Banco Central interviene con fuerza cuando el dólar cae, pero actúa con mayor cautela cuando el dólar sube en plena campaña electoral, la percepción pública puede ser que tolera una señal de miedo favorable a ciertos intereses.

 

Por otro lado, la remoción de Julio Velarde no debería ser traumática si se respeta la institucionalidad. Ningún país serio depende eternamente de una sola persona. Velarde ha sido una figura importante para la estabilidad monetaria, pero convertirlo en irremplazable es una exageración peligrosa. El problema no es que termine su mandato; el problema sería reemplazarlo por alguien sin solvencia técnica, independencia ni credibilidad. La estabilidad del BCRP debe descansar en reglas, no en idolatrías personales.

 

El cuarto factor son las élites económicas. ¿No quieren que la izquierda gobierne el país? La respuesta, aunque incómoda, parece evidente. Una parte importante del poder económico peruano desconfía de cualquier proyecto de cambio del modelo económico o que cuestione contratos, impuestos, rentas extractivas o distribución del poder.

 

Eso no significa que toda preocupación empresarial sea ilegítima. Un país necesita reglas claras, inversión privada, estabilidad jurídica y responsabilidad fiscal. Pero otra cosa muy distinta es presentar cualquier propuesta de reforma o cambio como salto al abismo. En el Perú, las élites suelen llamar “populismo” a toda reforma que afecte sus privilegios, mientras llaman “confianza” a la preservación de un modelo que convive con pobreza, informalidad y desigualdades estructurales profundas.

 

Esas preocupaciones pueden tener una base racional si las propuestas son ambiguas o técnicamente débiles. Pero también pueden convertirse en campaña de miedo cuando toda reforma se presenta como “comunismo”, “expropiación” o “destrucción del país”, etc. Ahí el análisis deja de ser económico y se vuelve propaganda maliciosa para desprestigiar a la izquierda y mantener el status quo.

 

El quinto factor es la fragilidad institucional. Reuters informó que una encuesta de Ipsos mostraba un empate técnico entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, ambos con 38%, en una segunda vuelta marcada por tensión política, denuncias de fraude no acreditadas por observadores europeos y respaldo de la OEA al proceso electoral. En ese ambiente, el dólar sube porque el país no confía en sus instituciones, en sus partidos, en sus candidatos ni en sus consensos mínimos.

 

Por ello, culpar solo a Sánchez sería una salida fácil. El dólar sube por Sánchez, sí, en la medida en que su eventual victoria es leída por el mercado como riesgo. Pero sube también por quienes exageran ese riesgo, por quienes compran dólares para especular, por quienes usan el miedo como arma electoral y por un sistema económico que ha convencido a millones de peruanos de que la estabilidad solo existe si gobiernan los mismos de siempre o que Velarde es el único que puede presidir el BCRP incluso desde “más allá”.

 

El sexto factor es el rol de los medios y opinólogos. Algunos analistas no explican el mercado: ayudan a fabricarle fantasías. Cuando se repite diariamente que Roberto Sánchez sería un peligro, se induce a la población a comprar dólares antes de que ocurra cualquier cambio real. Es la vieja profecía autocumplida: se anuncia el incendio, la gente corre, el mercado se altera y luego los mismos voceros dicen que el pánico prueba que tenían razón. El dólar, en ese escenario, no solo refleja miedo; también es usado para producir miedo.

 

Conclusiones

La subida del dólar responde a varios factores: incertidumbre electoral, temor infundado a un gobierno de izquierda, especulación, mensajes alarmistas de medios tradicionales y opinólogos de dudosa reputación, dudas sobre la continuidad de Velarde en el BCRP y fragilidad institucional.  Las élites económicas tienen razones para preocuparse si las propuestas son imprecisas, pero no tienen derecho a convertir el miedo en chantaje político.  Finalmente, el BCRP debe explicar mejor su intervención cambiaria. Y el país debe entender algo elemental: cuando el dólar sube antes de que el ciudadano vote, no siempre habla la economía; muchas veces habla el poder.


 

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