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Carlos Anderson / La Testosterona del Poder

El próximo martes 26 de julio se llevarán a cabo las elecciones para la mesa directiva del Congreso de la República. Pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, lo que está en juego no es solo la posibilidad de dirigir al parlamento, si no—probablemente--de dirigir los destinos del país en caso se produzca una cadena de sucesión presidencial. La posibilidad de hacerse de semejante cuota de poder ha despertado el apetito de las 11 bancadas representadas, y causado más de un descalabro y reacomodo partidario para la conformación de por lo menos tres listas variopintas que han de entrar en competición.


Y es que, el poder—lo sabemos bien--es un potente afrodisiaco. Stendhal decía: “El poder, después del amor, es la primera fuente de felicidad”. Pero—en una interesante vuelta de tuerca—pareciera que, para los políticos, no hay mayor felicidad que el amor al poder. Y el poder—obtenerlo o perderlo—puede afectar los niveles de testosterona, tal y como demostrara Kevin Le Bar, del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de Duke en un muy citado artículo académico publicado en el 2009.


La moderna economía del comportamiento ya había demostrado que existe una estrecha relación entre la hormona masculina—la testosterona—y nuestra propensión al riesgo. A mayor nivel de testosterona, mayor capacidad para tomar y aceptar riesgos. A menor nivel de testosterona, lo contrario. Ese mismo año, otro estudio académico—esta vez de las universidades de Northwestern y Chicago—habían demostrado más allá de toda duda, que la testosterona en las mujeres (sí, las mujeres también producen esta hormona) influye en su capacidad para alcanzar el éxito en el mundo de las finanzas.


Pero volvamos al poder—entendido como el poder político. En toda contienda política—como son las elecciones—los seres humanos producimos cortisol y testosterona. Hay estrés y la testosterona sirve para amortiguar el cortisol, conocido como “la hormona del estrés”. Los estudios de los neurocientíficos demuestran que en quien gana una elección, su nivel de testosterona aumenta al tiempo que baja su nivel de cortisol. Al revés para quienes pierden una elección: baja la testosterona y aumenta el cortisol. Por eso nadie quiere perder: las derrotas causan dolor.


Así que, la semana próxima, una vez conocido el resultado de la elección, los niveles de cortisol en el Congreso de la República han de alcanzar su máxima expresión. Habrá—entre las listas perdedoras—muchísimo dolor. La lista ganadora, por su parte, exudará testosterona y se aprestará a enfrentar el reto inmediato de devolverle al parlamento un mínimo de credibilidad. Para ello, quien se erija como presidente(a) del Congreso de la República deberá demostrar prontamente que tiene las cualidades necesarias no sólo para dirigir los asuntos relacionados con el primer poder del Estado, sino para—en caso sea necesario—dirigir los destinos de la Nación.


En este sentido, nos jugamos un albur. Porque el presidente o presidenta del Congreso no ha de ser elegido(a) el martes próximo—necesariamente—por sus cualidades personales o por su demostrado liderazgo, sino por la fuerza de los votos que le dan sustento a la “lista” finalmente ganadora. De ahí la importancia de escoger bien a la hora de confeccionar las listas y, sobretodo, a quien las encabece. Para ello, cada grupo parlamentario debería contemplar las cualidades de liderazgo que exige el momento actual: democrático, maduro, conocedor de los asuntos de Estado, capaz de admitir errores y fracasos, sensible a las necesidades de la ciudadanía, imbuido de un profundo amor por el Perú y capaz de ofrecerle al país una visión de futuro. Eso no es garantía de nada, pero es el primer paso en el camino para salir de la crisis más absurda de la muchas veces absurda historia política del Perú.


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