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Carlos Ginocchio / La farsa y la chirigota (1 de 2)


He vivido el golpe de Estado del general Pérez Godoy contra Manuel Prado, en 1962. En 1963, el general Lindley, comandante del Ejército y ministro de Guerra, desalojó a Pérez Godoy y convocó a elecciones. Fernando Belaúnde Terry, fue depuesto por el general Velasco Alvarado, el 3 de octubre de 1968, y sería derribado por el general Morales Bermúdez, en 1975. Alberto Fujimori produjo el auto golpe de 1992 disolviendo el Congreso, y fue vacado en su tercer e ilegítimo período, en noviembre 2000. En 2016 volvimos al ruedo. Tras un intento de vacancia, Kuczynski renunció en marzo 2018. Su sucesor, Vizcarra, tras disolver el Congreso, fue vacado en noviembre de 2020 por el nuevo Parlamento, reemplazándolo Manuel Merino que, en menos de una semana renunció por la presión de las calles, sucediéndole Francisco Sagasti, hasta que llegamos al profesor Pedro Castillo y su golpe de Estado. Parodiando al vate Manrique: Golpes los de mis tiempos, este fue una cuchufleta copia esperpéntica del fujimorista hace 30 años, afortunadamente.


En las elecciones de 2021, Castillo alcanzó 19% de los votos válidos (11% de la población electoral). En la segunda vuelta ganó por 0.25% (44 mil votos), con un programa radical y vetusto, acompañantes denunciados y/o sentenciados por terrorismo y corrupción, en un proceso sembrado de dudas. Más que victoria, un empate que expresaba la necesidad de transar con las diferentes fuerzas políticas, en especial por los efectos de la pandemia. Sus propuestas de cambio de Constitución no eran una solución, inviables sin mayoría en el Congreso, muchas se encuentran en la Carta Magna, requiriendo su aplicación. Hay quienes continúan con la cantaleta de renovar la Constitución 1993, como si fuese la panacea y lo urgente. La expresión ‘Momento Constituyente’ los conduce al clímax.


Comenzó el maremágnum. Gabinetes provocadores con personas no calificadas, funcionarios impresentables, inexpertos, con antecedentes nocivos. Cinco gabinetes. Ochenta ministros. Maltrato a la policía y a niños con cáncer. Venta de cargos públicos. Indicios de corrupción, muchos propios de pirañitas y raqueteros. Familiares y principales colaboradores involucrados en las denuncias del Ministerio Público, le acusaban de ser la cabeza de una organización criminal. Palacio de Gobierno se convirtió en guarida y algunos Ministerios en centros de la Mafia. Lluvia de millones.


Claras intenciones de perpetuarse. Discurso violento y divisor de los peruanos. Gestión desastrosa incapaz de atender problemas en Salud, Educación, y Seguridad. Promesa de una Segunda Reforma Agraria con incapacidad hasta de comprar urea. Escasez y sobreprecios de alimentos. Mentiras de diálogo y conciliación. Paros, protestas, marchas, contramarchas. Irrespeto a las instituciones públicas. Agresiones a la prensa y confrontación diaria con el Congreso. El Caos que los griegos llamaban ‘abismo oscuro’, ‘masa de materia sin forma’, y Dante Alighieri, ‘el camino al infierno donde se pierde toda esperanza’.


Una renuncia habría sido una salida honrosa. Por menos, el Congreso vacó a Vizcarra y generó la renuncia de PPK. Castillo aseguraba permanecería hasta 2026, apoyado por cuatro ministros cual jinetes del Apocalipsis, y un premier de quien se esperaba cordura y conciliación, pero por senilidad o intolerancia glandular, acabó convirtiéndose en el Lobo Feroz de Perrault, dispuesto a comerse a los tres chanchitos, a Caperucita Roja, y a no dejar títere sin cabeza.


Aníbal Torres declaró en caso de vacar al presidente, correría sangre. Insultó como ‘muchachito tonto’ a un periodista, y llamó narcotraficante a la Fiscal de la Nación. Promotor de prensa alternativa llamando mercenaria a la independiente. Proclamado admirador de Hitler, las embajadas de Alemania e Israel, lo aclararon. Separó al país en buenos y malos. Fue un huracán de categoría 5, en vez del articulador que necesitaba el país.


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