Carlos Ginocchio / La riqueza de nuestro idioma
- Carlos Ginocchio

- hace 1 día
- 5 Min. de lectura

El castellano proviene del latín como el portugués, francés e italiano. En el siglo V DC - producto de las invasiones de los senones (tribu gala y celta) con Breno, visigodos (influyentes en la formación de España y Portugal) con Alarico, vándalos (población germánica) y alanos (iraníes del Cáucaso) con Genserico - se inició la caída del imperio romano de Occidente y su derrumbe en 476 DC, cuando el caudillo germano, Odoacro – hijo de Edecón, asesor del jefe huno, Atila – depuso al emperador Rómulo, debilitado tras sucesivas luchas intestinas que generaron el abandono de los pobladores de Roma: de 1 millón de habitantes en el siglo IV, quedaban en el colapso aproximadamente 200 mil residentes, al más puro estilo de los venezolanos de hoy. Odoacro no permaneció mucho tiempo en el poder, pues sus aliados lo derrocaron y asesinaron, sembrando el caos, pero esa es otra historia.
Con el desmoronamiento empieza la pérdida de influencia del latín culto de los pobladores romanos, y en España se habla el latín vulgar que, con una fonética, sintaxis y léxico diferente, vocablos griegos, celtas y germánicos, da origen al ‘castellano’, inicialmente en Castilla, y luego en toda la península. Tras diversas vicisitudes por la invasión árabe a la península ibérica, el rey Alfonso X ‘El Sabio’, rey de Castilla y Aragón, lo instituye en 1200 como lenguaje oficial para todos los documentos, y en 1492 con la recuperación del territorio español y expulsión de los invasores árabes por los Reyes Católicos (Fernando e Isabel), el castellano fue declarado el idioma oficial del Reino.
El castellano o español ha recibido influencias de diferentes lenguas, dialectos y hasta jergas. Hoy, es el cuarto idioma más hablado en el mundo por 560 millones de personas en los 5 continentes, tras el inglés con 1,500 millones globalmente, el mandarín con 1,100 millones, y el hindi (hermano del sánscrito) con 600 millones. Según la IA, “el idioma inglés cuenta con más de 171,000 palabras, y aunque hay estudios que incluyen hasta un millón si se cuentan términos técnicos y arcaicos, el vocabulario activo ronda entre 15,000 y 20,000, siendo 3,000 las necesarias para entender 95% del contenido diario. En cambio, el español cuenta con aproximadamente 93,000 palabras reconocidas, aunque un hablante nativo promedio utiliza entre 15,000 y 30,000, y solo 168 palabras representan el 50% de la conversación diaria”;
El español exige 20 veces menos palabras que el inglés para hacerse entender. Es más fonético pues se pronuncia tal como se escribe, y aunque podríamos señalar algunas faltas de pragmatismo como la presencia de la ‘y’, la ‘ll’, y el parecido de pronunciaciones donde la ‘c’, la ‘s’ y la ‘z’ pueden reemplazarse unas a otras, finalmente es más utilitario: en inglés ‘esperar de esperanza’ se dice ‘hope’, y ‘esperar de aguardar’ se dice ‘wait’, y ambas expresiones no coinciden en lo que se desea transmitir. En español, en cambio, es la misma para ambos casos, pero hay ocasiones en las cuales palabras que pese a significar lo mismo, se utilizan con pretensiones de distinción, y en ello está su riqueza: “el puente no se cayó, se desplomó” (José Luis Martínez, gerente de infraestructura vial de EMAPE), “no es plagio, es copia” (César Acuña), e incluso hay expresiones que pese a su fraseología profana y burlesca, se entiende su contenido: “el que esté molesto que se desmoleste” y “los extranjeros que nos atacan son de otro país” (Nicolás Maduro).
Incluyo personajes de fama internacional en el uso de nuestro idioma: Jennifer López: “no he cometido ningún delito. Lo que hice fue no cumplir con la ley”; Sofía Mazagatos: “se me ponen las plumas de gallina”. No nos preocupemos, más allá de dislates adicionales como cuando Christina Aguilera preguntaba: “¿dónde se celebra este año el festival de Cannes?” o Giosue Cozzarelli, Miss Panamá, haciendo uso de sus conocimientos afirmó que “Confucio era un chino japonés muy antiguo que inventó la confusión”, lo real es que todos entendemos – y comprendemos – lo que han querido decir. ¿Todos?, a veces surge un intérprete de lo que quiso decir el orador, como es el caso del reciente comunicado de nuestro gobierno aclarando que el presidente Balcázar no dijo lo que dijo sobre el pueblo judío, sino otra cosa, y fue mal interpretado. Como decía el ‘Cochiloco’ (file mexicano ‘El infierno’, 2010): “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.
Según Ethnologue, centro de investigación sobre inteligencia lingüística, “en la actualidad se utilizan 7,170 idiomas, lenguas vivas y dinámicas, utilizadas por comunidades cuyas vidas están marcadas por nuestro mundo en rápida transformación, y aproximadamente 44% están en peligro de extinción con menos de 1,000 hablantes (en Perú, 21 de las 48 lenguas – 44 amazónicas- están en peligro: taushiro, omagua, resígaro, iñapari, muniche, arabela, chamikuro, y kukama-kukamiria, entre otras), y son 20 las lenguas más habladas por más de 4,000 millones de personas en el planeta”.
Si celebramos un carnaval de lenguas y, cada una con su maquillaje, ganaría sin duda el ‘español’ en toda América Hispana, por lo menos en nuestro país lo haría holgadamente. Una prueba son nuestras recientes elecciones para presidente, senadores y diputados: la ONP distribuyó a tiempo el material para la elección en zonas tan alejadas como Sicuani, Pichanaqui, Puno y Cajamarca, pero no pudo hacerlo en Lima Metropolitana donde es su sede, incluso en Lurín, donde se encuentra el almacén que custodia este material. Las mesas de votación se debieron abrir a las 7 am, y muchas se abrieron tres, cuatro, y hasta cinco horas después, lo cual generó que en Lima casi 1 millón de personas abandonaran los recintos y no votaran (19% no habían sido instaladas a las 3pm). El Jurado Nacional de Elecciones-JNE publica un comunicado con el porcentaje de personas que no votó en las mesas abiertas después de las 8 am, comparándolo con años anteriores, cuando la comparación debió ser la cantidad de personas que no votaron en las mesas abiertas después de las 11am o 12 del día, Bien decía Winston Churchill que “hay tres tipos de mentiras: las piadosas, las fuertes, y las estadísticas”.
Se cambiaron a las Fuerzas Armadas como transportistas y se seleccionó una empresa privada que carecía de la logística y vehículos para cumplir con el servicio, e incluso se bajó la valla de exigencias – algo común y penoso hoy en instituciones privadas – para contratarla, dejando de lado otras más experimentadas. Se encontraron actas en tachos de basura, otras con irregularidades, y muchas con sospechas de adulteración. Papeletas rayadas y con errores para ser anuladas. El software contratado por más de un millón de soles, no funcionó. Hasta ahora se tienen dudas de los digitadores, su nacionalidad y capacidades. El jefe de la ONPE ha renunciado y está investigado por la Fiscalía. Llueven críticas de todos los sectores, inclusive de uno de los periodistas más conocidos y hepáticos. La solución es difícil, y la más adecuada son elecciones complementarias en las mesas que se abrieron tres o cuatro horas después. El calendario electoral no justifica pasar por agua caliente esta situación. Ya hubo un antecedente el año 2000 cuando se anularon las elecciones y Valentín Paniagua asumió ocho meses la presidencia hasta la realización de nuevas en 2001.
Cualquier solución desatará críticas y dejará dudas, pero retornando con nuestro magnífico idioma (que posiblemente Antauro Humala lo prohíba junto con la religión cristiana), la mayoría de personas reconoce se trata de un fraude (RAE: delito o acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica al Estado y/o terceros), pero hay los interesados (observadores extranjeros entre ellos que ganan buenos honorarios por visitar el país para alojarse en buenos hoteles y comer en los mejores restaurantes) que les dicen “irregularidades” (RAE: anomalía, aunque también malversación, desfalco, cohecho u otra inmoralidad en la gestión o administración pública o en la privada). Entonces, no se ha producido un fraude, sino irregularidades. Esa es la riqueza de nuestro idioma: dos palabras que pareciera tienen significados diferentes, pero al final es el mismo. En ambos casos, configuran un delito.
¡PLOP! diría Condorito, pero le respondo: ¡Que viva Quincho Barrilete! ¡Que viva el idioma español!




Comentarios