Victor Vasquez / La Trampa del Mal Menor
- Victor Vásquez
- hace 1 día
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La Trampa del Mal Menor: Un futuro hipotecado
El ciudadano peruano vuelve a la encrucijada de elegir por el "mal menor", una inercia que arrastra desde hace cinco quinquenios con resultados que muestran el saqueo al Perú: un hundimiento sistémico reflejado en presidentes presos por corrupción, brechas sociales abismales y el ensanchamiento de odios. Este resentimiento, sembrado exprofeso, se ha convertido en el combustible perfecto para justificar a una izquierda, muchas mimetizadas con el terror, que se dice redentora, pero saqueadora en las regiones.
La política ha perfeccionado el eslogan efectista como droga para un país con sin memoria. Por un lado, Fuerza Popular —actor con dominio absoluto desde el Congreso— lanzando la promesa de "defender a los pobres", cuando su historial revela uso del poder para el blindaje de intereses particulares y su supervivencia política. Por otro lado, las izquierdas pasaron de “no más pobres en un país rico” a "los pobres primero", a pesar de que sus gestiones regionales han sido fábricas de corrupción y convivencia/patrocinio con organizaciones criminales y economías subterráneas; su logro, democratizar la miseria.
La credibilidad de estos extremos se desmorona ante una realidad indiscutible; ninguno lo hizo cuando pudo. Para Fuerza Popular, el Legislativo ha sido una trinchera de poder antes que una herramienta de cambio; para las izquierdas, el gobierno ha sido un botín de reparto antes que un motor de justicia. Estas promesas no son planes de gobierno, son estrategias de asalto al Estado que utilizan la pobreza como el motor emocional para capturar el poder y hacerse del botín.
Este escenario de polarización extrema, no es un accidente. Al mercantilismo extractivista le conviene un país dividido para seguir operando bajo la mesa, mientras que a la izquierda radical le sirve el caos para justificar su afán refundacional. En este damero, el pobre no es el protagonista, sino el pretexto. Sus discursos, aunque opuestos, coinciden en un interés perverso; necesitan que el sistema siga siendo precario para que sus promesas de "salvación" sigan teniendo mercado cada cinco años.
Entonces, elegir hoy no es un acto de convicción, sino de gestión de daños. Para el ciudadano forzado a votar, su decisión no debe basarse en promesas de salvación —ya probadas como falsas—, sino en la capacidad de resistencia del sistema frente a sus impulsos destructivos. Implica evaluar qué bando ofrece un margen, aunque sea mínimo, para que la sociedad civil, la prensa constructiva y la inversión no colapsen; es decir, votar por el actor que sea más "frenable" por las instituciones que aún quedan en pie.
Dicho esto, lo que nos espera es una profundización de una crisis de legitimidad. Si gana la derecha mercantilista, el país asistirá a un gobierno de espaldas a la calle, donde la estabilidad se comprará con favores políticos. Si gana la izquierda radical, sufriremos un asedio constante a la propiedad y al mercado, empujando a los más pobres a una dependencia absoluta del Estado. En ambos casos, el Perú no encontrará la prosperidad, sino una tregua precaria.
La tarea ciudadana no termina en la urna, sino en la vigilancia extrema; gane quien gane, el objetivo de estos grupos será capturar el botín estatal, dejando al pueblo, una vez más, como el invitado de piedra en el banquete por el saqueo nacional.




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