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Embajador Jorge Castañeda / Perú y Estrategia de USA 

  • Embajador Jorge Castañeda
  • hace 3 horas
  • 3 Min. de lectura

El Perú y la Estrategia de Defensa Nacional 2026 de los Estados Unidos,

La publicación el 23 de enero de 2023 de la Estrategia de Defensa Nacional 2026 de los Estados Unidos, derivada directamente de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, representa una guía militar de gran alcance que, si bien se enfoca principalmente en la competencia con China y Rusia, tiene también implicancias significativas para terceros países. Para el Perú, el impacto central radica en una atención estratégica renovada y más intensa por parte de Washington en el ámbito de la defensa, derivada del énfasis de la NDS en las alianzas como "multiplicador de fuerza" decisivo y de la prioridad de la NSS en fortalecer la cooperación en el hemisferio.

 

La convergencia entre ambas estrategias genera un escenario de oportunidades y desafíos complejos para Perú. Geopolíticamente, Perú gana relevancia estratégica en la visión de Washington debido a su ubicación en el Pacífico Sur, su membresía en la Alianza del Pacífico y sus recursos naturales críticos. Esta dinámica no es del todo nueva; se inscribe en una relación histórica de cooperación en defensa entre los Estados Unidos y Perú que ha tenido altibajos, y cuyo nuevo capítulo debe entenderse a la luz de la competencia estratégica contemporánea.

 

Esta convergencia se traduce en una oferta ampliada de cooperación en defensa, que incluye entrenamiento, ejercicios conjuntos, y asistencia en áreas críticas para Perú como la vigilancia marítima en el Pacífico Sur, la ciberseguridad, y la lucha contra amenazas transnacionales. Esta cooperación, alineada con el concepto de "interoperabilidad por diseño", presenta una oportunidad valiosa para modernizar capacidades. Sin embargo, es crucial analizar qué tan específicas y vinculantes son estas ofertas. Por ejemplo, una mayor cooperación en ciberseguridad o vigilancia marítima, aunque beneficiosa, podría generar dependencias tecnológicas y de inteligencia concretas, como la adopción de sistemas de comunicación o software que atan a Perú a plataformas y protocolos estadounidenses a largo plazo, limitando su flexibilidad futura. Asimismo, podría crear expectativas explícitas o tácitas en Washington de que Perú asuma mayores responsabilidades y costos en la vigilancia regional, desviando recursos de prioridades domésticas urgentes.

 

El desafío estratégico más considerable radica en la lógica binaria de competencia entre grandes potencias que impregna la Estrategia de Defensa Nacional 2026. Esta podría presionar a Perú para que clarifique su postura en un escenario donde China es, simultáneamente, su principal socio comercial y el rival estratégico prioritario de Washington. Existe un riesgo tangible de que Perú sea arrastrado a dinámicas de alineamiento que limiten su autonomía. Gestionar esta presión requiere no solo de una postura diplomática hábil, sino también de un consenso interno no fácil de alcanzar entre los diferentes actores políticos, económicos y militares, cuyos intereses respecto a Estados Unidos y China pueden divergir significativamente. La definición interna de prioridades es, por tanto, un proceso político complejo y no un mero ejercicio técnico.

 

En el contexto regional sudamericano, la Estrategia de Defensa Nacional 2026 podría acentuar las divisiones existentes. Sin embargo, esta visión de una polarización simple entre países "pro-Washington" y "pro-Beijing/Moscú" puede ser excesivamente estática. La realidad es más fluida: países como Brasil o Argentina navegan sus propias relaciones complejas con las grandes potencias, y la región en su conjunto muestra una marcada resistencia a los alineamientos automáticos. Esto significa la necesidad de fortalecer los marcos de cooperación regional para abordar amenazas transnacionales de manera colectiva, evitar quedar aislado y, crucialmente, diversificar las asociaciones de defensa con terceros países (por ejemplo, de Europa o Asia-Pacífico) para evitar dependencias exclusivas.

 

En conclusión, el impacto neto de estas dos estrategias estadounidenses será positivo para Perú solamente si se actúa con una estrategia clara y soberana, capitalizando la cooperación para modernizar las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional y fortalecer su seguridad interior, sin permitir que el país se convierta en un peón dentro del tablero de la competencia global. La clave reside en una diplomacia hábil, una definición interna de prioridades que incorpore las voces de todos los sectores relevantes, y una cooperación basada firmemente en el beneficio mutuo y el respeto a la autonomía estratégica. Finalmente, cualquier avance en esta agenda de defensa debe ser transparente y debatido públicamente, considerando sus implicancias no solo geopolíticas, sino también para la asignación de recursos nacionales y el equilibrio entre seguridad y derechos ciudadanos.

 


 

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