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Fabiola Morales / El arco del puente 

Foto del escritor: Fabiola Morales
Fabiola Morales
hace 6 minutos
3 min de lectura

Desde la antigüedad, los arcos han tenido un significado que va mucho más allá de su función arquitectónica. Han servido para sostener grandes estructuras, pero también para señalar entradas, marcar límites, celebrar acontecimientos y dar la bienvenida a quienes llegaban a una ciudad. Un arco es, en esencia, un umbral: un lugar de paso entre un espacio y otro.

 

Y justamente por ello, los arcos monumentales terminaron convirtiéndose en parte de la identidad de las ciudades. Su presencia se incorporó a los recorridos cotidianos, al paisaje urbano y a la memoria de generaciones enteras.

 

Lima también tuvo su propio umbral: el “Arco del Puente” fue uno de los elementos más reconocibles del paisaje de nuestra ciudad. Vinculado al histórico Puente de Piedra y al tránsito entre Lima y el Rímac, fue testigo del crecimiento y de las transformaciones de la ciudad. Miles de limeños y visitantes pasaron frente a él y bajo su estructura.

 

Pero las ciudades cambian. Sus edificios se transforman, sus calles se amplían, aparecen nuevas necesidades y, en ocasiones, determinados elementos de su patrimonio desaparecen físicamente. Esto es lo que le ocurrió al Arco del Puente.

 

El Arco del Puente fue una construcción de piedra y ladrillo con la inscripción Dios y el Rey, que se erigió en el año 1700, uniendo las márgenes del río Rímac. Por ser Lima una zona sísmica, la portada sufrió varios movimientos telúricos, a los cuales sobrevivió con ciertas averías. Pero su pétrea armazón no logró salir muy bien parada del gran terremoto de 1746 que asoló Lima.

 

Más de una década tuvo que esperar el arco para ser reparado y engalanado con un reloj. Con el transcurrir del tiempo, parte de su rutina fueron las construcciones, reconstrucciones y transformaciones que dieron lugar a distintas versiones del monumento; el cambio más significativo lo marcaron los aires de la república que se plasmaron al cambiar la frase inicial por la de “Dios y la Patria”.

 

A fines del siglo XIX, en 1879, el arco dejó de formar parte del paisaje urbano de Lima tras sufrir un incendio que destruyó gran parte de su estructura.

 

Sin embargo, desaparecer físicamente no significó desaparecer por completo, ya que su imagen permaneció en las fotografías, en los grabados, en los documentos y en los planos que nos permiten saber que estuvo allí. Y permaneció, sobre todo, en la memoria de una ciudad que todavía puede reconocer en aquellas imágenes una parte de su propia historia.

 

La Municipalidad de Lima, a través de PROLIMA, ha asumido la tarea de resguardar la presencia que tuvo aquella estructura, de ponerla en valor y de levantar nuevamente sus pilares para reconstruirla. Gracias a evidencias históricas, arqueológicas, arquitectónicas e iconográficas, esta meta es posible, ya que se enmarca en los acuerdos internacionales de conservación. Todo este trabajo y proyección se puede observar en la muestra “Renacer: El Arco del Puente de Lima” que se ha inaugurado en la Galería Pancho Fierro en el Palacio Municipal.

 

El sentido de esta exposición radica en su nombre: “Renacer”. Porque renacer no significa simplemente reconstruir algo que desapareció. Significa volver a poner en diálogo el pasado con el presente. Significa preguntarnos qué elementos de nuestra historia queremos conservar, qué significado tienen para nosotros y de qué manera podemos devolverles un lugar en la ciudad sin negar el paso del tiempo.

 

Este proyecto será un umbral entre generaciones, entre quienes conocieron el Arco y aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de verlo.

 

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