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Fabiola Morales / Tiempos de vacas flacas


El ministro de Economía y Finanzas, Alex Contreras, acaba de reconocer esta semana que el país ha entrado a una etapa de “recesión”, es decir, de contracción del ciclo económico, durante dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo del PBI; ha caído la inversión, el consumo y la producción de bienes y servicios; los negocios venden menos, por la merma del poder adquisitivo de la población y baja el empleo.


Los especialistas afirman que estamos frente a uno de los peores momentos, después de casi 25 años de crecimiento de la economía, particularmente, de aquella etapa de crecimiento sostenido entre el 2004 al 2019, en que se logró reducir la pobreza del 59% al 20%, ampliando el volumen de personas que accedieron a la clase media, escenario esperanzador para todo país emergente.


No hay que olvidar, sin embargo, que hemos pasado por una pandemia sorpresiva que nos ha golpeado con el fallecimiento de, al menos, 200 mil peruanos; por un gobierno populista y particularmente corrupto que espantó la inversión y acabó en un golpe de Estado; por el fenómeno climático Yaku que afectó la industria pesquera y produjo sequía agrícola; por duras protestas políticas, localizadas, particularmente, en la región de Puno y el Sur; todo lo cual, ha tenido sus consecuencias en el frenazo de la economía.


Las consultoras económicas, coinciden en afirmar que, nuestras cuentas cerrarán en rojo este año y para paliar esta situación, el gobierno ha solicitado al Congreso un Crédito Suplementario, que le permita un poco de oxígeno para superar en parte esta situación, como es lógico, solo a corto plazo y ante la emergencia anunciada de un Fenómeno de El Niño ad portas que sería -ojalá que no- de gran intensidad.


Frente a esta situación de vacas flacas en la economía, se vuelven los ojos críticos en busca de culpables, antes que de ayudas y alternativas de solución. Los empresarios le echan la culpa al gobierno de la situación y, particularmente, a “la clase política”. El gobierno maquilla la realidad y afirma que la falta de confianza del inversionista produce este bajón cíclico. Muchas empresas y ciudadanos se tornan paternalistas, esperando siempre que la ayuda venga solo del Estado.


Si bien el Banco Central de Reserva cumple un papel impecable en preservar la estabilidad monetaria e implementa políticas para frenar la inflación -la misma que ya vivimos en el pasado con cifras inconmensurables- el Estado, en general, deja mucho que desear; porque los entes públicos se multiplican a través del tiempo, como también la burocracia que abulta el presupuesto con un gasto corriente ineficiente.


El gobierno central tiene 19 ministerios y el número de empleados públicos los podremos calcular, pero nunca sabremos cuántos son; a lo cual se suma la burocracia de los gobiernos regionales y locales, tantas veces “clientelista”; los organismos autónomos y el sinnúmero de instituciones del Estado inflan el presupuesto innecesariamente. En épocas de vacas flacas, hay que empezar por casa, ajustándose los cinturones y esto lo saben todos los que administran sus presupuestos familiares.


Los grandes inversionistas multinacionales son como golondrinas que van buscando dónde pueden ganar más; pero los nacionales, deben tener más camiseta e involucrarse en la búsqueda de soluciones para mejorar nuestra economía y no huir en masa con su dinero bajo el brazo, como ha sucedido.


La crítica es fácil, pero en estos momentos todos necesitamos confiar en nuestro propio esfuerzo para mejorar la calidad del gasto y de la inversión, sin tomar decisiones precipitadas.



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