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Fernando Villarán / Auge y caída neoliberal (1 de 2)


Auge y caída del orden neoliberal


(Publicado previamente en la Revista Ideele N°308. Enero – Febrero 2023)


Para este artículo, he tomado prestado el título del libro de Gary Gerstle [1], historiador y profesor de la Universidad de Cambridge. Fue considerado por el Financial Times como el mejor libro no ficción en el 2022. La revista Finance and Development del Fondo Monetario Internacional ha publicado recientemente una entrevista al autor realizada por Sunil Sharma [2], profesor de la George Washington University.


Uno de los aportes más importantes del libro es su original definición de “orden político”: cuando un modelo económico y político es asumido por los partidos principales, la clase empresarial, los medios de comunicación y es aceptado por la población que lo percibe como un medio efectivo para mejorar sus condiciones de vida. Es decir, un “orden político” supone alcanzar un cierto nivel de eficacia económica, apoyo social y consenso político. En Estados Unidos, esto ocurrió con el “orden del New Deal”, desde los años treinta hasta los setenta, impulsado por Roosevelt, y ocurrió también con el “orden neoliberal”, desde los ochenta hasta el 2008, impulsado por Reagan.


La prueba definitiva para calificar como “orden político” a ambos períodos es que los partidos de oposición también lo aceptaban; este fue el caso del presidente Eisenhower (1953-1961), así como Nixon y Ford (1969-1977), del partido republicano, que aceptaron a plenitud el orden del new deal diseñado por los demócratas con el apoyo de Keynes; y también fue el caso de Clinton (1993-2001) y Obama (2009-2017) del partido demócrata, que aceptaron plenamente el orden neoliberal implementado por los republicanos, con las ideas de Friedman.


La caída del orden del New Deal vino con el proceso de “stagflación”, mezcla de inflación con estancamiento de los setenta, desatado por la guerra Árabe-Israelí y el espectacular aumento de los precios del petróleo. La caída del orden neoliberal vino con la feroz crisis financiera del 2008, propiciada por la desregulación de los bancos de inversión, que paralizó la economía mundial en el 2009. Aunque la “caída” de este orden está en debate, es claro que desde entonces la economía mundial crece a la mitad de los años anteriores.


Así como hemos reconocido que el orden neoliberal es el único que hemos tenido en la República, también tenemos que reconocer que ni el fujimorismo actual, ni los grupos de intereses privados que existen en el Congreso, son capaces de construir un nuevo “orden”; ellos son la causa de la inestabilidad y el desorden. El gobierno de Boluarte y Otárola nos propone un régimen cívico-militar autoritario y represivo para alcanzar el “orden”; se olvidan que ese camino ya fue recorrido por los gobiernos militares de Chile, Argentina, Brasil y Uruguay, los que, a pesar del baño de sangre que realizaron en sus respectivos países, no lograron impedir que retornara la democracia, e incluso la izquierda al poder.


Si analizamos la historia del Perú podemos concluir que en la mayor parte de nuestra historia republicana nunca tuvimos un “orden político”, que calce con la definición de Gerstle. Lo que hemos vivido en casi la totalidad de los 200 años de República ha sido una continua inestabilidad económica, persistente descontento social y reiterado desorden político. Es cierto que hemos tenido diversos intentos de darle estabilidad y orden a la economía y a la sociedad peruana, pero ninguno de ellos pudo consolidarse, ni entregar bienestar a la población.


Después de los primeros cincuenta años de República, de caos puro y duro, protagonizado por caudillos militares, el primer intento de construir un cierto “orden político” vino de parte del civilismo. Manuel Pardo (1872-1879) asume la presidencia con la intención de organizar un gobierno democrático moderno y eficiente, sueño que fue abruptamente frustrado por la guerra del Pacífico. También podemos poner en este mismo grupo, a dos intentos similares: el orden antiimperialista de Haya de la Torre, y el orden socialista de Mariátegui, en la década del veinte del siglo pasado, que nunca llegaron a plasmarse. Fernando Belaúnde (1963-1968) intentó establecer un orden democrático desarrollista, pero fue frustrado por el golpe militar. El intento más ambicioso de establecer un “orden político” fue el del general Velasco (1968-1975) con su “gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas”, ni capitalista ni comunista; duró escasamente 7 años, y fue cortado de raíz por el golpe de Morales Bermúdez. Luego regresamos al desorden relativo con el segundo Belaúnde, y al caos absoluto con el primer García.


Todos estos intentos no sólo no lograron un mínimo de años de duración como para asentarse, generar estabilidad y producir resultados tangibles en la población, sino que todos ellos tuvieron una fuerte oposición política y social, alimentando y potenciando nuestra ancestral fragmentación social y política. Es decir, ninguno de ellos cumplía la prueba mínima propuesta por el profesor Gerstle como para ser denominados “orden político”.


En realidad, hay que reconocer que, en toda nuestra historia republicana, el único período que se podría denominar como de “orden político” es el neoliberalismo, que empezó con Fujimori en 1990 y que duró hasta el 2016, con Kuczynski; nada menos que un total de 26 años. Durante ese período se logró estabilidad económica, significativo consenso político, y un mayoritario respaldo de la población que sintió los beneficios del crecimiento económico y de las novedosas políticas sociales.


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