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Jorge Arevalo Y Victor Vasquez / Comunidades en nuestro medio (2 de 3)

En el mundo rural común resulta encontrar dizques promotores de ONG de las izquierdas llevando solo discursos de desarrollo y de su supuesta justicia social pero nunca involucrándose en verdaderos proyectos productivos, esperar lo hagan es como pedir que llueva, en un período de sequía en Piura, Y los de derecha, lo primero que van a planificar es como levantarse la plata del proyecto que le arrancaron al Estado o a empresarios incautos. Ambos ineptos y ladrones, terminan destruyendo a las comunidades en un abrir y cerrar de ojos, como ya lo han hecho en la mayoría de casos.


Inmersas en su círculo vicioso, las comunidades campesinas como institución familiar, social, económica y política, ni siquiera se da cuenta, del paso de las oportunidades, frente a sus narices. Organizarse para ser más productivos, no llama la atención de la prensa, el enfrentamiento que genera heridos y muertos gana primeras páginas de los diarios y largos comentarios en la televisión y eso encaja en los planes electorales.


Las comunidades en general, tienen recursos naturales, pero no tienen capacidad, ni intención de convertirlos en riqueza. Rechazan de antemano cualquier propuesta que les haga llegar la empresa privada. Ese rechazo automático a la empresa privada, es uno de los aportes de la izquierda, que logró posicionar esa actitud entre los comuneros.


Algunos proyectos productivos que se plantearon en las comunidades, fueron llevados por las ONGs, manejadas por los izquierdistas y cuando se terminó el fondo donado, desaparecieron los proyectos, porque dichos proyectos tienen por lo general un carácter asistencialista.


Las comunidades deben asimilar, que en alianza con el verdadero empresariado privado pueden convertir los recursos naturales en riqueza, pero eso supone arriesgar y salirse del cuadro paternalista del Estado que tanto les gusta y pregonan los camaradas. Y cuando no consiguen la paternidad del papá Estado, se les da por explicar que existe ausencia del Estado.


Para tener mejor idea del potencial dormido que representan las comunidades se tiene que según los resultados del III Censo Nacional de Comunidades Nativas y I Censo Nacional de Comunidades Campesinas (INEI – 2017), representan alrededor del 10 % de la población nacional, son en total 9,385 organizaciones de las cuales 2,703 son comunidades nativas y otras 6,682 son comunidades campesinas; en términos de titulación se sabe que cerca del 70 % son territorios titulados.


Esta inseguridad jurídica en la propiedad no solamente genera constantes conflictos sociales y de vecindad, sino que da pie para el creciente tráfico de tierras, esta realidad es conocida y unos dicen promovida desde el propio Estado por la forma engorrosa y burocrática para su titulación la misma que puede durar hasta 25 años.

Es muy común escuchar decir a los comuneros, que en su territorio no existen oportunidades. Las oportunidades se crean y como tal, las comunidades deben tener en principio, sus propios inventarios de recursos naturales y de capacidades, entre otros elementos de planificación. El siguiente paso, es mirar el mercado para saber que demandan los consumidores, tanto en cantidad, como en calidad. Un tercer paso, la búsqueda de aliados para no empezar de cero.


Si las comunidades, no se arriesgan a dar un giro de ciento sesenta grados, están condenadas a seguir siendo bolsones de pobreza y grupos manipulables en cada proceso electoral. El mercado es amplio, la empresa privada ha tocado la puerta de las comunidades. Pero si siguen repitiendo aquello del vals del Cholo Abanto: “Pues faltando todo, todo nos alcanza”. No hemos dicho nada.


Información de una realidad ajena al siglo XXI y al crecimiento económico


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