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Jose Luis Zavala / Unos tanto y otros tampoco

Piero Palacios, antaño activo militante de un partido político de izquierda devenido en empresario, recordaba la facilidad con la que llegó a ser presidente del directorio de la fábrica cuyo sindicato lideraba ya por varios años, y subió cuando su partido llegó al gobierno gracias al voto popular.


Poco a poco se había instalado en la gran oficina, ordenó que removieran la mesa del directorio y los cuadros de los anteriores dueños y directores a quienes la empresa les había sido expropiada y puso ahí su escritorio, la foto de su esposa y las de sus hijos y unos cuantos libros e idearios socialistas que, en ese momento, eran su biblia.


Quince años más tarde, observaba por la ventana como sus trabajadores marcaban tarjeta a la entrada y a la salida y chequeaba el estado de sus cuentas en el Banco de la Nación dos o tres veces al día. Como es lógico suponer, había cambiado de vecindario y, ahora que vivía en la casa de uno de los antiguos dueños de un banco local, ya casi no se acordaba de su casa con piso de tierra en San Martín de Porres.


Atendía reuniones con otros miembros del partido, comían de todo y en abundancia y regaban estas reuniones con diversos licores importados. Había comprado los muebles de su casa en tiendas europeas y los había ingresado al país liberados de impuestos gracias a sus contactos en el partido que ahora ocupaban diferentes posiciones dentro del inmenso aparato estatal que controlaba casi todo.


Su vida no podía ser mejor, hasta que una noche se despertó temblando, agitado y sudoroso. Su esposa le preguntó “Piero, ¿Qué te pasa?”, una vez que terminó de tomar agua de un vasito de cristal de roca que tenía en su mesa de noche, contestó “Tuve una pesadilla horrible, soñé que llegaban los comunistas y nos quitaban todo”.


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