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Juan de Dios Guevara / Tener Memoria 

  • Foto del escritor: Juan de Dios Guevara
    Juan de Dios Guevara
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

La memoria frente a la trampa: Cómo despertar del fanatismo y recuperar el país que nos robaron

 

Raya en lo incomprensible. Si un ciudadano se detiene a observar su día a día —el costo de la canasta básica, el miedo a la extorsión al abrir su negocio, la falta de medicinas en las postas o la educación precaria de sus hijos— la conclusión lógica sería exigir un cambio radical. Vivimos en un país inmensamente rico, pero donde el 52% sufre de inseguridad alimentaria y la anemia infantil oscurece nuestro futuro.

 

Sin embargo, presenciamos un fenómeno que desafía toda racionalidad: el amor fanático hacia los mismos políticos que han originado, o agravado, esta tragedia. Es una devoción que aísla al líder de sus actos, como si el hambre y el estancamiento no tuvieran firma ni apellido. ¿Cómo es posible amar políticamente a quienes te han arrebatado el derecho a vivir en una sociedad próspera? Esta idolatría es el síntoma de una sociedad que ha reemplazado el pensamiento crítico por la fe en caudillos.

 

El origen de la década perdida

Para entender cómo salir de esta pesadilla y no volver a caer en la trampa, necesitamos hacer el ejercicio más temido por la clase política peruana: tener memoria.

 

Todo país tiene un punto de quiebre, y el nuestro tiene una fecha clara: el año 2016. En aquellas elecciones, la lógica dictaba que un Ejecutivo técnico sumado a una mayoría parlamentaria absoluta podían haber impulsado reformas estructurales y catapultado nuestro crecimiento. Tenían el poder para hacer historia de la buena. En su lugar, presenciamos cómo la incapacidad de aceptar los resultados electorales y la falta de madurez democrática lo destruyeron todo. Se eligió el camino de la obstrucción destructiva, abriendo la caja de Pandora que nos ha costado ocho presidentes en menos de diez años.

 

La captura del Estado y la arquitectura de la trampa

A partir de ese quiebre, el poder se mudó al Legislativo. Hoy nos enfrentamos a un Congreso con más del 90% de rechazo ciudadano, que ha operado de espaldas a la realidad nacional. Han modificado más de la mitad de la Constitución original sin consultar a la ciudadanía, ajustando las reglas a su medida. Hemos visto cómo se tejen alianzas incomprensibles, cómo se compromete el futuro financiero de nuestras ciudades y cómo fortunas construidas sobre la mercantilización de la educación se usan para copar el sector público con afiliados partidarios, matando la meritocracia.

 

El sistema que enfrentamos a tres semanas de las urnas no es un accidente; es un diseño premeditado. Nos presentan un escenario con más de 35 candidatos presidenciales con un solo objetivo: la dispersión del voto consciente. Quienes hoy detentan el poder saben que son repudiados, pero confían ciegamente en su «voto duro». Su estrategia matemática es macabra: si logran que el voto de protesta se fragmente en decenas de opciones, ellos podrán ganar y mantener el control con porcentajes ínfimos. Dividen para reinar, apostando a que una cédula confusa obligue al elector abrumado a marcar los símbolos de las mafias que ya conoce.

 

La herida abierta y el fantasma del aislamiento

A esta crisis institucional se suma una herida social que sigue sangrando: la represión brutal que dejó más de 50 compatriotas fallecidos, cuyas muertes siguen esperando justicia y respuestas claras.

 

Lejos de buscar la reconciliación o el fortalecimiento de la justicia, vemos hoy a liderazgos en las encuestas que proponen, con total ligereza, retirar al Perú de la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Nos venden el aislacionismo como un acto de «soberanía», cuando en realidad es un escudo para la impunidad.

 

Pero más allá del imperativo moral, hay una realidad económica aplastante: ¿qué inversionista serio, qué capital global va a apostar por un país que acumula pasivos en derechos humanos, inestabilidad crónica y corrupción sistémica? El dinero huye de la barbarie. Un país que patea los tratados internacionales y no respeta la vida de sus ciudadanos jamás será admitido en la OCDE ni se convertirá en el hub logístico y comercial que Sudamérica necesita.

 

El antídoto: Castigo democrático y voto estratégico

Desde esta tribuna, el mensaje debe ser claro y contundente: no podemos premiar a los verdugos. En un Parlamento que ha operado como un bloque para blindar la impunidad, no cabe la indulgencia ni para los autores intelectuales ni para los cómplices silenciosos. Quien calló y levantó la mano para avalar la destrucción institucional, es tan responsable como quien la propuso.

 

Si entendemos que la trampa es la dispersión, nuestra única salida es la concentración. No podemos darnos el lujo de enamorarnos de la candidatura «ideal» si esta solo tiene un 1% de intención de voto y no pasará la nueva valla del 5%. Eso es hacerle el juego al sistema. Tenemos que votar con frialdad estratégica.

 

Busquemos en la papeleta aquellas opciones democráticas, institucionales y técnicas —desde el centro, la academia o la tradición republicana sensata— que tengan viabilidad real. Elijamos equipos, no mesías. Elijamos trayectorias limpias, no promesas vacías.

 

El fanatismo nos ha costado una década de retroceso. Es hora de dejar de amar a los políticos y empezar, por fin, a amar al Perú. El castigo democrático y la llave de nuestro futuro están en nuestras

 

manos; usémoslos con sabiduría.

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