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Juan Escobar / Ayacucho: universidad y mercado laboral 

  • Juan Escobar
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Universidad y mercado laboral en Ayacucho: formar profesionales para una economía que no los absorbe

 

En Ayacucho, el debate sobre la educación superior suele centrarse en la calidad o el acceso. Sin embargo, el problema de fondo es otro: la desconexión entre la formación profesional y la estructura real del mercado laboral. No se trata solo de cuántos profesionales se forman, sino de para qué tipo de economía se les está formando.

 

Ayacucho representa alrededor del 1.2% del PBI nacional. Es una economía pequeña, poco diversificada y con limitada capacidad de generar empleo calificado. Su base productiva está predominantemente sustentada en un agro de subsistencia, acompañada por actividades económicas de baja escala, informales y orientadas a mercados locales.

 

En este contexto, no existe un tejido empresarial capaz de absorber de manera sostenida profesionales en áreas como ingeniería, economía, administración o agroindustria. Este dato redefine el problema: mientras la universidad forma perfiles pensados para economías dinámicas, la realidad regional está marcada por baja productividad y escasa generación de valor.

 

El resultado es una brecha evidente: profesionales preparados para un mercado que, en gran medida, no existe en su entorno inmediato. Los egresados enfrentan así tres caminos: migrar, subemplearse o adaptarse a una economía que no demanda plenamente sus capacidades.

 

La situación se complejiza al observar la coexistencia de dos tipos de mercados profesionales. Por un lado, las profesiones vinculadas a la economía —agronomía, ingeniería, economía, administración— dependen del dinamismo productivo, hoy limitado. Por otro, las profesiones de orientación social —educación, salud, ciencias sociales— encuentran en el Estado su principal espacio de inserción, condicionado por el presupuesto y la disponibilidad de plazas.

 

La universidad forma para ambos ámbitos, pero sin una estrategia que reconozca sus diferencias ni articule su desarrollo con la realidad regional. El resultado es sobreoferta en determinadas carreras, presión sobre el empleo público y frustración creciente entre los jóvenes profesionales.

 

Frente a este escenario, no basta con mejorar la calidad educativa. Se requiere un cambio de enfoque. La universidad debe asumir un rol activo en la comprensión y transformación de su entorno: vincular la formación con el territorio, las comunidades y las unidades productivas reales, por más pequeñas que sean. Incorporar prácticas en campo, trabajo con productores, proyectos de desarrollo local y aprendizaje basado en problemas concretos deja de ser complementario para convertirse en una condición necesaria.

 

En ese proceso, el voluntariado puede ser una herramienta estratégica. No solo fortalece el compromiso social, sino que permite a los estudiantes comprender las dinámicas económicas del territorio y desarrollar capacidades prácticas. Sin embargo, estas iniciativas deben formar parte de una estrategia institucional sostenida.

 

El reto de fondo es mayor: repensar el rol de la universidad en una región donde la economía no está estructurada para absorber profesionales. No puede limitarse a formar para un mercado inexistente; debe contribuir a ampliarlo, mejorando la productividad, fortaleciendo capacidades locales y promoviendo innovación en pequeña escala.

 

Esto implica entender que, en regiones como Ayacucho, la formación profesional no puede desligarse de la transformación económica. El desafío se amplía en el contexto global. La Cuarta Revolución Industrial, marcada por la digitalización, la automatización y las nuevas tecnologías, está redefiniendo la producción y el empleo. Las brechas ya no son solo territoriales o económicas, sino también tecnológicas y de conocimiento.

 

Si regiones como Ayacucho no logran adaptarse a estas transformaciones, el riesgo es profundizar su rezago. Esto obliga a formar no solo para la economía actual, sino también para una que aún no se consolida en el territorio, pero que inevitablemente llegará.

 

La universidad tiene así una doble responsabilidad: responder a la realidad inmediata y anticipar las condiciones de un nuevo modelo de desarrollo. Porque el desafío no es solo cerrar brechas. Es evitar que se vuelvan irreversibles.


 

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