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Juan Escobar / Juventud sin excelencia 

  • Juan Escobar
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Juventud peruana ante una economía que no exige excelencia

Hay momentos en que un país debe mirarse sin maquillaje. El Perú vive uno de ellos. Se habla de crecimiento, de megaproyectos, de puertos de talla mundial y de cifras récord en exportaciones. Pero si tomamos una fotografía honesta del perfil económico nacional, la imagen es menos épica y más estructural: una economía mayoritariamente primaria, con bajo valor agregado, atravesada por una informalidad que supera el 70% del empleo y con amplios espacios donde la ilegalidad compite con el Estado. Ese es el escenario en el que cada año ingresan cientos de miles de jóvenes al mercado laboral.

 

La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué tipo de educación exige realmente esta economía? ¿Qué clase de excelencia profesional necesita?

 

Una economía centrada en la exportación de minerales sin transformación, en agro productos con escaso procesamiento industrial interno y en servicios informales de baja productividad no demanda masivamente científicos, ingenieros de frontera ni técnicos altamente especializados. La minería moderna es intensiva en capital y tecnología importada; emplea relativamente poco personal altamente calificado y subcontrata servicios específicos. La agroexportación genera empleo, pero buena parte sigue siendo operativo. El comercio informal absorbe millones de trabajadores sin requerir cinco años de formación universitaria.

 

No se trata de desmerecer el esfuerzo individual de los jóvenes. Se trata de reconocer una verdad estructural: la economía peruana, tal como está organizada, no presiona al sistema educativo para producir excelencia generalizada. No la necesita en gran escala. Y cuando un sistema productivo no exige estándares elevados, el sistema educativo tampoco siente el mandato histórico de alcanzarlos.

 

Allí radica la paradoja. Durante décadas se expandió la matrícula universitaria bajo la promesa de movilidad social. Se multiplicaron carreras y títulos. Pero el mercado laboral no se sofisticó al mismo ritmo. El resultado es visible: subempleo profesional, egresados compitiendo en ocupaciones que no requieren su nivel de formación y frustración silenciosa.

 

La informalidad actúa como un gran amortiguador de la mediocridad estructural. En un entorno donde siete de cada diez trabajadores están fuera de la formalidad, la competencia no se basa en innovación ni en productividad avanzada, sino en sobrevivencia y reducción de costos. No se exige certificación internacional, ni investigación aplicada, ni actualización tecnológica permanente. Se compite por precio, no por conocimiento.

 

En varias regiones, además, economías ilegales ofrecen ingresos inmediatos sin trayectoria educativa. El mensaje implícito es devastador: estudiar no garantiza una ventaja clara frente a actividades que no exigen excelencia académica. Cuando la estructura productiva no premia el conocimiento, la educación pierde poder transformador.

 

Este es el núcleo político del problema. No estamos ante una crisis exclusivamente educativa. Estamos ante una estructura económica que no necesita, de manera masiva, profesionales de alto nivel. Y mientras no los necesite, la excelencia seguirá siendo excepcional.

 

Romper este círculo no es un asunto técnico menor; es una decisión estratégica. Implica transformar la base productiva para que el país demande ciencia, tecnología, ingeniería, gestión avanzada. Implica elevar el valor agregado de lo que se produce, integrar cadenas industriales, formalizar masivamente el empleo y construir sectores donde la innovación no sea ornamental, sino condición de supervivencia.

 

Sin esa transformación, cualquier reforma educativa será parcial. Podrá mejorar indicadores, pero no cambiará la lógica profunda del sistema. Una economía que no exige excelencia difícilmente la genera. Y una sociedad que no la genera de manera amplia difícilmente podrá competir en un mundo donde el conocimiento es el principal factor de poder.

 

La juventud peruana no carece de talento. Lo que falta es una economía que necesite ese talento de manera sistemática. La verdadera discusión no es si los jóvenes estudian lo suficiente. Es si el país está dispuesto a convertirse en una economía que realmente requiera su excelencia.

 

Esa es la encrucijada. Y es profundamente política.

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