Juan Pari / La energía que nadie gobierna
- Juan Pari
- hace 29 minutos
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La energía que nadie gobierna: el vacío estratégico del Perú.
En el Perú se discuten muchas cosas en política. Corrupción, seguridad, economía, incluso reformas institucionales. Pero hay un tema que casi nunca aparece en el debate nacional, ni en el Congreso, ni en las campañas presidenciales, ni siquiera en los programas de gobierno: la política energética del país.
Y eso es extraño, porque la energía está detrás de casi todo. Del transporte, de los alimentos, de la inflación, de la industria, de la estabilidad económica. Sin embargo, cuando ocurre una crisis energética, el país parece siempre sorprendido, improvisando respuestas, como si fuera algo inevitable o externo.
El problema es más profundo. El Perú no es que tenga una mala política energética. El Perú simplemente no tiene una política energética.
Lo que tiene es un conjunto de decisiones fragmentadas, tomadas en distintos momentos, sin una visión estratégica que articule seguridad de abastecimiento, infraestructura crítica, mercado interno y estabilidad económica.
Los últimos acontecimientos lo muestran con bastante claridad.
Hace poco una ruptura en el sistema de transporte de gas desde Camisea dejó al país enfrentando la posibilidad de quedarse sin GNV durante varios días. El transporte público entró en tensión, miles de conductores comenzaron a hacer filas y el gobierno tuvo que salir a explicar que la reparación tardaría cerca de dos semanas, y como “política”: Arréglense como puedan.
La situación revela algo incómodo: el país depende prácticamente de una sola tubería para transportar el gas que mueve buena parte del transporte urbano. Una sola infraestructura. Una sola línea. Cuando falla, el problema técnico pertenece al operador privado, pero la presión social y política cae inmediatamente sobre el Estado.
Es una paradoja bastante peruana: infraestructura privada, crisis pública.
Este problema no se limita al gas. Algo parecido ocurre con los combustibles. El Perú compra petróleo de países cercanos como Ecuador o Colombia. Pero NO LO COMPRA DIRECTAMENTE. Lo compra a través de intermediarios, traders ubicados en centros financieros internacionales. Singapur, Suiza, Bahamas, entre otros.
Y además lo hace, en buena medida, mediante compras spot. Es decir, compras pequeñas, frecuentes, muchas veces cada tres días, eso significa comprar con urgencia permanente, pagando el precio del momento y aceptando condiciones de mercado que favorecen al vendedor. Y los pocos barriles que se compran de las empresas que extraen cerca de la refinería de Talara, se compra a precios internacionales como si se las trajera de medio oriente.
En términos simples: comprar así es comprar caro.
Una refinería que opera con petróleo caro inevitablemente ve deteriorarse su rentabilidad. Pierde margen, pierde competitividad, pierde estabilidad financiera. Luego aparece el argumento conocido: la empresa no funciona, no es viable, hay que replantear su futuro.
Pero ninguna refinería del mundo puede operar con ventaja si su insumo principal se compra de la forma más cara posible.
Mientras tanto, el mercado interno de combustibles está bastante concentrado. Un número reducido de empresas domina la distribución y comercialización. No es un mercado pequeño, es un mercado relevante para la economía peruana, pero sin un ancla estratégica clara que garantice estabilidad cuando el entorno internacional se vuelve turbulento.
Y el entorno internacional, justamente, se está volviendo cada vez más turbulento.
Los conflictos en Medio Oriente lo recuerdan constantemente. Refinerías atacadas, rutas energéticas bajo amenaza, tensiones entre potencias regionales. Cada evento de ese tipo empuja el precio internacional del petróleo hacia arriba. Los mercados reaccionan, los traders ajustan precios, las empresas trasladan costos.
El mercado hace lo que sabe hacer
El problema es que cuando el precio sube demasiado, cuando la inflación empieza a sentirse, cuando el transporte se encarece y los alimentos suben, el mercado traslada sus costos al consumidor final, no responde ni asume los costos sociales y políticos. El que responde es el Estado.
Por eso todos los países, incluso los más liberales, mantienen algún tipo de política energética. Reservas estratégicas, planificación de infraestructura, contratos de largo plazo, diversificación de fuentes, protocolos de crisis. No para reemplazar al mercado, sino para evitar que una crisis energética se transforme en una crisis económica y social.
En el Perú ese debate no existe. Cuando se habla de energía se habla de precios, de subsidios, de rescates financieros o de privatizaciones. Se discuten síntomas, no la arquitectura del sistema.
El caso de Camisea también entra en ese debate. El proyecto transformó el panorama energético del país, nadie puede negarlo. Pero también dejó preguntas abiertas sobre la estructura del sistema, la concentración de infraestructura y la capacidad del país para enfrentar interrupciones. Cada ruptura del ducto nos estaría mostrando esa vulnerabilidad.
Al final todo conduce al mismo punto: el Perú ha construido su sistema energético como una suma de proyectos, contratos y mercados, pero no como una estrategia nacional.
Por eso cada crisis aparece como una sorpresa. Por eso cada problema termina resolviéndose con medidas de emergencia. Y por eso, también, el tema energético casi nunca aparece en la discusión política de fondo.
Resulta llamativo que en un país que aspira a crecer, industrializarse y reducir la pobreza, el tema de la seguridad energética sea casi invisible en el debate público. Más llamativo aún que quienes buscan gobernar el país rara vez lo coloquen en el centro de sus propuestas.
La energía no es un asunto técnico menor. Es un asunto estratégico.
Un país puede vivir con muchas debilidades institucionales. Pero si no tiene claro cómo se abastece de energía, cómo protege su infraestructura crítica y cómo responde cuando el mercado internacional se vuelve inestable, como es el caso que nos impone la guerra en el golfo pérsico. Estamos caminando permanentemente al borde de una crisis.




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