Yefferson Llonto Y Brenda Vallejo / Brecha de género en Perú
El talento que el Perú deja en la banca: la brecha de género que vuelve a pasar factura
El Perú retrocedió 37 posiciones en el Índice Global de Brecha de Género 2026 y quedó en el puesto 94 de 145 economías, con una puntuación de 0,70 de acuerdo a lo detallado por el Foro Económico Mundial, lo que involucra que no es una sentencia sobre el potencial de las peruanas, sino una advertencia sobre la distancia que todavía existe entre el talento disponible y las oportunidades para convertirlo en ingresos, liderazgo y poder de decisión.
La caída merece atención, pero también una lectura rigurosa, considerando que el índice compara la paridad entre mujeres y hombres en cuatro dimensiones: participación y oportunidades económicas, educación, salud y supervivencia, y empoderamiento político. Descender en el ranking no significa necesariamente que todos los indicadores nacionales hayan empeorado en la misma proporción, pues la posición también depende del desempeño de las demás economías. En el caso peruano, el informe registra una variación anual de -0,034 puntos; los 37 puestos perdidos son una señal comparativa que debe analizarse junto con las brechas concretas.
La pregunta central no es solo si las mujeres estudian o trabajan, sino en qué condiciones lo hacen y hasta dónde pueden avanzar. Una economía puede incorporar a más mujeres al mercado laboral y, aun así, mantener barreras para acceder a empleos productivos, salarios competitivos, cargos directivos y espacios donde se decide la asignación de recursos. La igualdad formal abre puertas; la igualdad efectiva exige que estas conduzcan también a mejores oportunidades y trayectorias profesionales sostenibles.
Figura 1. Perú: paridad de género por indicador de la formación al poder de decisión, 2026

El panorama global confirma que las mayores dificultades se concentran en el poder económico y político. En 2026, el mundo ha cerrado el 69,2% de la brecha medida por el índice. La paridad alcanza el 96,9% en educación y el 96,2% en salud, pero baja al 61,7% en participación y oportunidades económicas y apenas al 22,1% en empoderamiento político. La diferencia muestra que acceder a la formación no se traduce automáticamente en igualdad de ingresos, jerarquía laboral o influencia pública.
Figura 2. Perú: puntuación por subíndice, 2025 y 2026 frente a los promedios regional y mundial

Para el Perú, el reto va más allá de aumentar la matrícula educativa o aprobar normas de igualdad. Se necesita observar qué ocurre entre formación y empleo, entre empleo y promoción, y entre participación pública y acceso real a las decisiones. La distribución desigual de las tareas de cuidado, la informalidad y las interrupciones laborales pueden limitar la continuidad profesional de muchas mujeres.
El informe también alerta sobre la calidad de las oportunidades en la economía digital. La inteligencia artificial puede ampliar la productividad, pero también reproducir desigualdades si las mujeres quedan subrepresentadas en ocupaciones técnicas y puestos que orientan inversiones. En los datos internacionales examinados por el Foro, las mujeres representan cerca de la mitad de quienes realizan anotación de datos, pero alrededor de una quinta parte de quienes desarrollan e implementan soluciones de inteligencia artificial. La transformación digital no será inclusiva por el solo hecho de ser tecnológica.
Siendo necesario que primero, se convierta los indicadores en una agenda pública verificable, con metas sobre brechas salariales, empleo formal, acceso a puestos directivos, emprendimiento y representación política. Segundo, fortalecer los servicios de cuidado y las condiciones para compatibilizar responsabilidades familiares y trabajo remunerado. Tercero, promover procesos de selección y ascenso transparentes, junto con formación técnica y digital conectada con empleos de calidad. Finalmente, evaluar las políticas por sus resultados, no solo por las normas aprobadas o las actividades ejecutadas.
Las empresas también deben revisar escalas salariales, transparentar los criterios de promoción y ampliar el acceso de las trabajadoras a capacitación tecnológica. La maternidad y las pausas por cuidado no deberían convertirse en penalizaciones permanentes para sus carreras. En el Estado, la igualdad debe reflejarse tanto en la contratación como en los puestos de dirección y en la distribución presupuestaria. No basta con que las mujeres estén presentes: importa que puedan influir en las decisiones.
El Perú necesita convertir la igualdad de oportunidades en una política sostenida, con presupuesto, responsables, metas y evaluación pública. Retroceder 37 puestos debe servir para corregir el rumbo, considerando una economía competitiva no puede darse el lujo de dejar a la mitad de su talento esperando en la banca.
En conclusión, el retroceso del Perú en el Índice Global de Brecha de Género 2026 constituye una señal de alerta sobre los desafíos pendientes para construir una economía más inclusiva, competitiva y equitativa. Aunque se han registrado avances en el acceso a la educación y en la participación de las mujeres en distintos ámbitos, persisten barreras que limitan sus oportunidades de acceder a empleos de calidad, posiciones de liderazgo y espacios de decisión económica y política. Frente a este escenario, el país necesita trascender las declaraciones de igualdad y convertirlas en políticas públicas efectivas, con presupuesto, metas medibles y mecanismos de evaluación que permitan reducir las desigualdades. Asimismo, el sector privado debe asumir un papel activo mediante prácticas laborales transparentes, oportunidades de desarrollo profesional y una mayor incorporación de mujeres en puestos directivos y sectores tecnológicos. El verdadero desafío no consiste únicamente en recuperar posiciones en un ranking internacional, sino en garantizar que el talento de las mujeres contribuya plenamente al desarrollo del país. El Perú no podrá alcanzar un crecimiento sostenible mientras una parte de su capital humano continúe enfrentando obstáculos para progresar; por ello, cerrar las brechas de género debe entenderse no solo como una exigencia de justicia social, sino también como una condición estratégica para fortalecer la productividad, la innovación y la competitividad nacional.




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