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Alejandro Narváez / Mandato de Bancos centrales 

  • Foto del escritor: Alejandro Narváez
    Alejandro Narváez
  • hace 40 minutos
  • 4 min de lectura

Bancos centrales: mandato dual versus mandato único

 

El falso dilema entre estabilidad de precios, trabajo digno y desarrollo productivo

Los bancos centrales tienen hoy un poder enorme sobre la economía. Una decisión sobre la tasa de interés puede encarecer o abaratar el crédito, mover el tipo de cambio, enfriar o estimular el consumo, postergar inversiones y afectar el empleo. Sin embargo, conviene decirlo con claridad: la política monetaria es necesaria, pero no es omnipotente. Puede ayudar a contener la inflación, pero no puede producir combustibles, alimentos, fertilizantes, semiconductores, ni construir puertos, carreteras ni generar ni empleo formal de calidad.

 

El objetivo de este artículo es analizar por qué algunos bancos centrales de países desarrollados tienen mandato dual —estabilidad de precios y empleo—, mientras que en el Perú y en muchos países en desarrollo predomina un mandato único, centrado en la estabilidad monetaria. La pregunta es especialmente relevante cuando la inflación está en un dígito y, en buena parte, responde a factores de oferta y no a un exceso de demanda interna.

 

El mandato dual y el mandato único

El debate de fondo es si los bancos centrales deben preocuparse solo por la estabilidad de precios o también por el empleo. En los países desarrollados, el caso más conocido es la Reserva Federal de Estados Unidos, que tiene un mandato dual: estabilidad de precios y máximo empleo. Esta arquitectura institucional reconoce una tensión real: una economía no puede ser evaluada únicamente por la inflación si, al mismo tiempo, deteriora el empleo, debilita los salarios o destruye tejido productivo.

 

En cambio, en el Perú y en muchos países en vías de desarrollo, el mandato suele ser único o predominantemente monetario. En el caso peruano, el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) tiene como finalidad preservar la estabilidad monetaria. Esta prioridad tiene una explicación histórica: el país sufrió una hiperinflación traumática a fines de los años ochenta, asociada al desorden fiscal, monetario e institucional. Por ello, la autonomía del BCRP y su concentración en la inflación fueron una respuesta razonable para recuperar confianza, proteger la moneda y evitar que el gobierno de turno usara la emisión como mecanismo de financiamiento del gasto público.

 

La diferencia, por tanto, no responde solo a una preferencia técnica. Tiene raíces históricas, institucionales y políticas. Los países desarrollados suelen tener mercados laborales más formales, estadísticas más confiables, monedas fuertes, menor vulnerabilidad cambiaria, política fiscal más potente y bancos centrales con reputación consolidada. En ese contexto, mirar el empleo no se interpreta necesariamente como abandono de la disciplina antiinflacionaria.

 

En los países en desarrollo, el temor es distinto: que un mandato amplio abra la puerta a la presión política, al populismo monetario, al financiamiento indirecto del déficit fiscal o a la manipulación de tasas con fines electorales. Por eso se privilegió el mandato único: blindar al banco central frente al poder político. El argumento no es menor. En economías con instituciones frágiles, proteger la independencia monetaria es importante.

 

La inflación no siempre nace de la demanda

Pero una cosa es entender esa página de la historia peruana y otra muy distinta es convertirla en dogma permanente. Si la inflación está en un dígito y casi siempre dentro del rango meta que los propios bancos centrales se han fijado y, además, buena parte de ella proviene de factores de oferta —combustibles, alimentos, fertilizantes, transporte, tipo de cambio, conflictos geopolíticos o disrupciones logísticas—, entonces la pregunta es legítima: ¿por qué seguir actuando como si toda inflación fuese exceso de demanda interna?

 

Subir la tasa de interés puede moderar el gasto, pero no aumenta la producción de alimentos, combustibles, fertilizantes o energía. Puede enfriar la economía, pero no elimina los cuellos de botella productivos. Esa es la gran limitación de aplicar una medicina monetaria a una enfermedad productiva. Cuando la inflación nace de la escasez o de costos importados, el alza de tasas puede reducir la demanda, pero también puede golpear el crédito, la inversión, el consumo y el empleo.

 

A largo plazo, inflación alta y empleo digno no conviven. La inflación elevada reduce salarios reales, encarece el crédito, deteriora expectativas, desalienta inversión y golpea con más fuerza a los hogares pobres. Pero a corto plazo, una desinflación mal calibrada puede destruir pequeñas empresas, restringir crédito y aumentar el desempleo. El arte de la política monetaria consiste en bajar la inflación con el menor daño posible sobre la producción y el trabajo.

 

América Latina no puede descansar solo en sus bancos centrales

En América Latina, y en particular en el Perú, este debate es urgente. La región no puede descansar solo en sus bancos centrales. Si un país importa combustibles, fertilizantes, bienes de capital, insumos industriales y tecnología, cada shock externo puede convertirse rápidamente en inflación interna. Por eso, la estabilidad de precios no es solo un asunto monetario; también es política productiva.

 

El Perú necesita seguridad energética, infraestructura logística, competencia efectiva, reservas estratégicas, diversificación de proveedores, agricultura moderna, industria básica, mejor transporte y protección focalizada para los hogares vulnerables. También necesita una política fiscal aliada, no enemiga. Si el banco central sube tasas mientras el Estado gasta mal, invierte poco o subsidia sin criterio, la desinflación será más costosa. Pero si la política fiscal impulsa productividad, alimentos, energía e infraestructura, el ajuste monetario puede ser menos doloroso.

 

Además, la credibilidad depende de las estadísticas. Si los datos de inflación, empleo, informalidad, crédito o actividad económica son dudosos, incompletos o poco confiables, el banco central pierde fuerza. La política monetaria no solo administra tasas; administra confianza. Y la confianza exige transparencia, independencia técnica y comunicación clara.

 

El banco central moderno debe mirar la inflación, pero también el empleo, el crédito, la liquidez, el tipo de cambio, el apalancamiento y los precios de los activos. Una economía puede tener inflación baja y, al mismo tiempo, incubar una crisis bancaria, bursátil o inmobiliaria. Por eso, la estabilidad monetaria debe dialogar con la estabilidad financiera y con la economía real que crea riqueza.

 

Conclusión

El Perú no necesita debilitar su banco central ni someterlo al poder político. Necesita urgente ampliar el debate. La estabilidad monetaria es indiscutible, pero no suficiente. Una inflación baja con empleo informal masivo, salarios débiles y crédito caro no es éxito pleno. Precios estables sin empleo digno son una victoria incompleta; empleo sin estabilidad de precios es una ilusión que termina en pérdida de poder adquisitivo.

 

Por tanto, el reto peruano consiste en superar ese falso dilema. Una economía sana no es aquella que solo baja la inflación, sino aquella que logra estabilidad, producción, empleo decente y confianza social.

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